
Por José G. Vargas
El humo de cigarro, de esos rojos para machos, invadía los rincones de la sala, entretejido con el olor a humedad y a whisky añejo. Jorge Armando, sentado sobre una silla vieja de madera manchada por hongos. Fijó la mirada en el esqueleto envuelto en un manto negro erguido ante él y se llevó el cigarro a la boca. Sus movimientos, aunque lentos, asomaban un esfuerzo por controlar el impulso de huir o pelear. La mano le temblaba.
—No temo morir, ni te tengo miedo —dijo él. Esforzó la voz para que tuviera tono de reto.
—Deberías.
La voz de la Santa sonó desde cada rincón del inmueble y, al mismo tiempo, desde su cabeza.
—Soy un hombre de poder —dijo Jorge Armando. Abrió las piernas y enderezó la espalda—. He vivido como tal. Tuve mucha gente, también bastantes enemigos. Nosotros respondimos cuando ellos nos atacaron.
—Sí —dijo ella, girando el cuello con un chirrido—. Viviste como hombre malvado con poder.
—No —dijo él mientras se acomodaba el cuello de la camisa—. Hace veinte años era un pobre diablo; necesitaba dinero y mando. Te recuerdo que tú me lo diste y yo lo tomé.
La Santa dejó caer la mandíbula como si se fuera a carcajear, pero del sólo emitió un momento mudo, hasta que su voz sonó de nuevo con un eco que rebotaba dentro de la casa. Jorge Armando se encogió y cerró las piernas.
—Te di poder —el tono de ella era monótono—. Destruiste vidas con lo que te di.
—¿Y qué querías que hiciera? —su voz alcanzó un tono chillón— ¿Qué dejara que nos atacaran? ¿Querías que mis enemigos mataran y cortaran en pedazos a mis muchachos sin que yo los castigue?
La Santa no respondió. Los segundos se convirtieron en minutos, y estos en una eternidad. Jorge Armando dejó caer el cigarro y apretó el descanso de la silla con las manos. No lo importó encajarse astillas. Quería correr, quería regresar en el tiempo y seguir siendo un pobre diablo, pero estaba anclado en su silla ante los huecos oculares de la Santa que juzgaban los acto de su vida.
El silencio continuó.
—¿Por qué no me contestas? —dijo entre dientes Jorge Armando.
Nuevamente, ni una gesticulación.
Empezó a jadear—. Sí, fui malvado. Maté. Torturé. Gente murió bajo mis órdenes. Pero tú me entregaste a esta vida. ¡Tú me creaste!
—Siempre fuiste así. El poder sólo definió la forma de algo que ya eras.
—¡No! —Un temblor violento se apoderó de él de pies a cabeza. Perdió el control de sus esfínteres y mojó su entrepierna. El calor de la orina se escurrió hasta empapar el calcetín dentro de su bota derecha.
—En poco tiempo morirás. Tú. Tu alma.
El corazón de Jorge Armando parecía querer saltar de su caja torácica. No podía controlar su respiración. No logró articular alguna palabra coherente. Se mordió los labios hasta que el sabor a hierro infiltró su lengua. Quizá el dolor le regresaría la cordura.
—No puede ser. Dame la oportunidad de enmendar mi camino.
Debajo de su manto, la Santa asomó una guadaña.
Silencio.

