Nunca fueron míos

Por Alejandra Maraveles

Esos zapatos se veían preciosos en el catálogo, dorados como los había estado buscando. La espera a que llegaran a casa estuvo cargada de ansiedad. Cuando llegaron casi brinco de felicidad. Eran los zapatos que había deseado desde que recordaba.

Abrí la caja, sostuve la respiración, los vi brillar bajo la luz de la lámpara. Eran justo como se veían en las fotos. Saqué el zapato izquierdo y lo miré de cerca… el color no era opaco, sino que brillaba con ese fulgor que no se puede captar tan fácilmente por la cámara.

Saqué el zapato derecho y seguí apreciando cada costura, cada detalle del mismo. Con los dos zapatos fuera de la caja los coloqué en el piso para hacer la primera prueba. Desde que los compré había imaginado cómo se verían en mis pies, así que no podía esperar más.

Al tratar de ponerme el primer zapato, me sentí cual hermanastra de Cenicienta, el zapato no me entraba… traté lo mismo con el segundo y el mismo resultado. La decepción me inundó mi cuerpo. Le hablé a la chica de la venta por catálogo y me comentó que era el par más grande que había de ese diseño.

Lo práctico habría sido cambiarlo por otro diseño, por alguno que hubiera tallas más grandes, o tal vez, con un modelo más adecuados para mis pies. Pero eran tan bonitos… mi sentido común falló y me quedé con el par de zapatos que no me quedaban.

Decidí mandarlos al zapatero para que los amoldara, con eso sería suficiente, me dije. Un par de semanas, me advirtió el hombre, yo acepté. Los dejé como quien deja a sus hijos a cuidado de extraños. Camino a casa pensaba en que una vez que me los regresara podría ponérmelos.

Pasaron las dos semanas, fui por ellos, esperé a estar en mi cuarto, no necesitaba otra humillación pública. Se veían un poco más anchos, pero una palomilla de realidad revoloteaba en mi cabeza “No lo suficiente” me gritaba. Y ésta tenía razón. Al volver a probarlos obtuve el mismo resultado que antes, no me entraba el pie completo.

La decepción creció en mí, me sentí frustrada porque después del tratamiento que le había hecho el zapatero sería imposible regresarlos, tampoco podría usarlos. Había desperdiciado mi dinero, mi esfuerzo, mi paciencia y mi tiempo.

Los dejé en el fondo de mi clóset.

El tiempo pasó y un día decidí hacer limpieza profunda en mi cuarto, incluyendo el armario. Para ese momento ya ni siquiera recordaba a los zapatos, habían pasado un par de años, los zapatos intactos en su caja, que había adquirido algo de polvo. Los saqué y volví a admirar, ya no me parecían tan espectaculares como antes, seguían siendo lindos, pero ya no los quería. Tomé la caja y los llevé a la sala para regalarlos.

Regresé a mi cuarto, donde hice montones de ropa para donar o tirar. El clóset se veía más limpio y despejado, pensé en comprar algunas piezas nuevas ahora que tenía espacio para guardarlas.

Fui a la sala con las bolsas, pero cuando llegué, no vi la caja de los zapatos dorados . Por un momento incluso dudé si la había puesto sobre el sofá, volví a mi cuarto y por más que rebusqué no estaban. Entonces, regresé sobre cada uno de mis pasos y estaba segura de haberlos dejado justo donde recordaba..

Hasta la fecha no sé con precisión que sucedió con el par de zapatos dorados, lo único que sé es que hay cosas que jamás debieron ser parte de tu vida, y a pesar de lo raro de su desaparición, que podría darle vueltas a mi cabeza, sólo me confirmó que esos zapatos nunca fueron míos.

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