
Por Missael Mireles
Acepté la invitación del señor Fajardo, velador del cementerio, a pasar una noche ahí. Me dijo que no era con fines paranormales, aunque yo lo había supuesto; para mí, se trataba de un evento de la misma normalidad que una cita en un café, o una reunión en casa de mis amigos. Llegué al sitio indicado, donde sólo había autos estacionados en las calles aledañas. Yo no sentí miedo en ningún momento, más no puedo decir que estaba tranquilo del todo: me sentía intrigado, un tanto inquieto, por el hecho de no saber a ciencia cierta el por qué me había invitado el velador a aquel oscuro lugar, pero todo el tiempo confíe en él, en su palabra de que no se trataba de algo malo, o perturbador. La fachada del camposanto me recordaba a la del Panteón de Belén. “Bueno, ya dijo que no hay nada terrorífico en todo este asunto, no esperes toparte con vampiros ni apariciones”, me dije bromeando.
-¡Buenas noches, joven! Bienvenido- dijo el señor Fajardo saliendo por la puerta principal. Respondí cordialmente a su saludo, justo en cuanto me encontré frente a la reja de punta semi ovalada. El velador se apresuró en abrirla. – Adelante, ya lo están esperando.
“¡Ah chinga!” exclamé por dentro. ¿Quién me esperaba? Curiosamente no pensé en un intento de secuestro ni nada por el estilo, dado que, de nuevo, mi confianza en el señor Fajardo era abismal, y distaba de ser el tipo de persona metida en malos asuntos. Me limité a seguir el asunto con toda naturalidad. El cementerio no estaba tan oscuro como me lo imaginaba, teniendo en cuenta su apariencia antigua y muy sutilmente descuidada, pero, al menos, no se olvidaron de la iluminación interior.
Caminé por el sendero empedrado que dividía dos terrenos de tumbas, algunas tan sólo lápidas, otras artísticamente bien talladas en piedra o mármol. No faltaban aquellas en las que se erguía una estatua pequeña de Jesucristo, o de algún arcángel. El camino pedregoso me condujo a una construcción peculiar, semejante a la mezcla de un mausoleo y un quiosco.
-Primero hay que entrar ahí, joven- habló de repente el señor Fajardo, sin haberme fijado si estuvo tras de mí todo el tiempo.
-¿Qué hay ahí, señor?
-Ah, ya lo verá- agregó sonriendo. Ambos subimos las escaleras del recinto. Dentro había fotografías enmarcadas en los muros, y después de revisarlas, me percaté de que eran escenas de mi vida, hasta ese entonces. Había imágenes de situaciones simples, pero uy disfrutables para mí: la primera vez que conocí el Café Moliere en Providencia, actualmente de mis preferidos, la primera vez que vi Hombres de negro en el cine con mis padres (me daba miedo el villano), y otras de mayor impacto, como mi graduación y la primera vez que toqué en un festival de música con mi banda de rock alternativo.
Pero no sólo había fotografías de esa índole. Las distintas agresiones que sufrí en mi adolescencia, la vez que me expulsaron de la primera prepa en que estuve, todos esos días oscuros en los que me aterraba vivir. Reconozco que en ese instante logré sentir algo de inquietud, por la naturaleza de aquel conjunto de imágenes y el sitio en que me encontraba.
-Esto es importante.
-¿Por qué?- cuestioné intrigado.
-Paciencia, joven, dentro de poco lo sabrás- el señor Fajardo me indicó que lo siguiera.
Salimos del quiosco, o el mausoleo, y dimos vuelta hacia nuestra izquierda, en dirección a otro camino pedregoso, nada diferente al anterior.
-Aquí tienes qué continuar sólo.
-Muy bien- asentí. El señor Fajardo dio media vuelta, no me percaté del momento en que se había alejado por completo, fue como si sólo hubiese…desaparecido. Continué avanzando por el pasillo empedrado, entre un escenario que no me aterraba del todo; percibía nostalgia, y un curioso indicio de que había algo familiar en ese sitio, como si ahí hubiese una parte de mi ser.
-¡Cuánto has progresado!- exclamó una misteriosa voz a mi alrededor. No era humana-. Me da mucho gusto verte así.
-Gracias…emmm…- miré en todas direcciones.
-Aquí, detrás de ti.
-¿Dónde?
-La tumba que tienes en frente- la voz provenía de un sepulcro de mármol, vieja y desquebrajada-. No sabes lo sorprendido que estoy, me enorgulleces.
-De nuevo, gracias. Disculpa la pregunta: ¿Exactamente con quién estoy hablando?
-Soy Miedo, espero no incomodarte.
-¡Ah! Pues…no, para nada.
-¡Qué bien! Precisamente a eso me refiero, ¿no te das cuenta? Tantos años que estuviste evadiéndome, permitiendo que me apoderara de ti, sin dejarte vivir tu vida.
-Bueno, digamos que no supe cómo relacionarme contigo, más bien, nadie sabe, o casi nadie, pero en verdad me hiciste pasar muy malos tiempos. Es curioso: los recuerdo todos, aunque…ya no afectan, sólo están ahí, ¿sabes? En ese “baúl” de mis memorias, pero hasta ahí. Ni siquiera sé si deba llamarles cicatrices.
-No es necesario- la voz de Miedo se tornó comprensiva-, porque estarías dando por hecho que fueron cosas que te marcaron: las cicatrices son indicios de heridas, y muchas veces se quedan marcadas en la piel por siempre. En cambio, esos malos recuerdos forman parte de etapas de tu vida que ya no existen, y jamás volverán, y si optas por llamarlos “cicatrices”, me estás dejando seguir presente dentro de ti, porque, sin darte cuenta, al mirar esas “cicatrices”, estarás pensando en mí.
-Oye qué buen punto- le sonreí a la tumba-, nunca se me había ocurrido pensarlo de esa forma, pero no te voy a mentir: si era muy difícil lidiar contigo, sobre todo cuando estabas más presente. Varias veces llegué a jurar que me habías ganado.
-Bueno, no está de más disculparme por todo eso, pero quiero que sepas que llegué a tu vida sin la intención de obligarte a perderla, simplemente fui parte de tu camino, de cada paso que has dado hasta ahora. Ahí te va un ejemplo: imagínate a un herrero trabajando en una espada, ¿ok? Es muy probable que él termine lastimado en su trabajo, y ni se diga cansado, exhausto, pero él nunca piensa en abandonarla labor, a pesar de esos obstáculos. Después de todo eso, se percata de lo valioso de su esfuerzo, pues, al final, tiene en sus manos la espada más poderosa que ha visto.
-Pues sí, tienes razón, el indicio de que el proceso terminó valiendo la pena, aunque no se siente así mientras lo vives.
-Nadie te puede negar que no sea pesado- clamó una voz distinta-, ni siquiera nosotros, pero, tal cual como dijo Miedo, lo que importa es el resultado.
-Nuestra plática ya terminó, Dolor también quiere hablar contigo. Ve hacia la tumba de la esquina, donde termina el pasillo.
-Ah, me parece bien. Muchas gracias, Miedo- me despedí del sepulcro para después seguir sus indicaciones. La siguiente sepultura tenía un ángel hincado tallado en piedra, con los brazos cubriendo su pecho-. ¿Eres Dolor?
– ¡Claro! Me da gusto que te hayas animado a visitarnos.
-Bueeeeno, la verdad no me esperaba nada de esto, pero aquí estamos.
-Perfecto, ya verás que nuestra velada valdrá la pena, dalo por hecho. ¿Te digo algo? Noté que nosotros debíamos tener una plática, sí o sí, desde que entraste al mausoleo- percibí el tono sorprendido en la voz de Dolor.
-Creo que sé a lo que te refieres: por las fotos de las memorias “oscuras”, ¿verdad?
– ¡Exactamente! Desde ahí supe que debías hablar conmigo. Cuéntame: ¿cómo te hicieron sentir esas imágenes?
-Pues…- titubeé-, digamos que pensativo. Fue como si esas “secuelas” aún estuvieran en mí; claro que no me es del todo agradable acodarme de todos esos sucesos, pero…no sé, siento que estoy aprendiendo a quitarles poder. Algunas todavía me sacan un poco de onda, otras solo me molestan, pero muchas ya perdieron el efecto, tal cual dejaron de ser dolorosas, o negativas, y sólo se volvieron eso, recuerdos- miré hacia el mausoleo-. Tal vez debo seguir avanzando con eso.
-Te diré algo: si esto fuera la lotería, ya te hubieras ganado el premio mayor. Todo, tal cual, todo lo que dijiste fue muy acertado. Al igual que Miedo, yo no aparecí en tu vida para echártela a perder, aunque así parecía en ocasiones, pero esto ya lo sabes: yo me manifiesto en las personas con la intención de ayudarlos a crecer y a forjar su espíritu, tal cual, como el ejemplo del herrero y la espada, pero me aflige (fíjate en la ironía), que no todas las personas me ven con esa perspectiva, y se dejan vencer por mí. No puedo culparlos, no está en mi poder obligarlos a que tengan el enfoque contrario hacia mí, y, a veces, llego a pensar qué falló en esa misión.
-No creo que sea así- le dije-, más bien son experiencias que uno prefería no vivir, pero, como no se pueden evitar, desconocemos cómo sobrellevarlas, y eso es lo que pesa.
-Eso lo comprendo. Aun así, estoy muy complacido con tu caso; yo sabía que ibas a tener éxito enfrentándome en tu camino, y aquí estás. En verdad me enorgulleces: diste el paso que necesitabas, y a partir de ahora, continuarás evolucionando.
-Gracias, Dolor. Hubo una etapa en la que sólo dejaba fluir todo, intentando ser paciente conmigo mismo, mientras me limitaba a simplemente vivir, a veces de manera “automática”, y me di cuenta de algo: a veces es sólo cuestión de darle tiempo al tiempo, y poco a poco, uno vuelve a estar bien.
-Ahora que lo mencionas, hay alguien más que quiere hablar contigo: dirígete a la cripta blanca que está en el andador, la de la reja negra. Yo no tengo nada más que decirte, salvo volver a felicitarte- la voz de Dolor se volvió suave. Le agradecí sonriendo, y caminé en dirección al andador continuó, dando vuelta hacia la derecha.
-Buenas noches- dije acercándome a la cripta blanca.
– ¡Mira nomas! – clamó aquella tercera voz-, no fue hace mucho que yo seguía presente dentro de ti, ¡pero uf! Siento que ni siquiera te reconozco. ¿Cuándo fue la última vez que lidiaste conmigo, así cañón?
-No sabría responderte, ¿me puedes decir quién eres, por favor?
– ¡Ah perdón! Se me fue. Soy Desesperanza.
-Uuuuhhhh, vieja amiga. Creo que fue hace un año cuando volví a tener trifulcas contigo. Después de eso, te has mantenido tranquila.
-Si es cierto, ya me acordé. ¡Y cómo no le iba a bajar a mi intensidad, si te estás esforzando demasiado! Te voy a decir la verdad: pensé que te iba a tomar más tiempo, ya ves que nuestra relación se puso algo…difícil, pero me dejaste impactada.
-De hecho, es lo que quisiera preguntarte: ¿por qué fuiste así conmigo?
-Sólo te diré que los tres, Dolor, Miedo y yo, teníamos un objetivo, y me gustaría compartirte esta frase: hasta la luz más pequeña tiene el suficiente poder para brillar en la oscuridad. ¿Y qué crees? Esa era nuestra misión: ayudarte a encender esa luz, la cual siempre ha estado dentro de ti. Tú eres ese resplandor, que ahora dista de ser pequeño. Es más, eres incluso incandescente, y seguro ya te habrás percatado de ello- tras escuchar las palabras de Desesperanza, me sentí conmovido.
-Eso me gustó, la verdad, aunque, no sé, a veces pienso en la forma en que hubiese sido todo si ustedes no fuesen tan severos.
-Bueno, no serías quien eres ahora, o puede que te hubiera tomado mucho más tiempo lograr esta nueva versión, ¿no crees?
-Pues sí, sin embargo, varias pensé en…rendirme.
-Pero no lo hiciste. Olvida esos pensamientos que tuviste durante tu camino, no importan, solamente fueron eso, pensamientos, o ideas, no hechos. Imagina que estás corriendo un maratón, y al principio de la carrera ibas lento, sin ánimos, pero tú continúas avanzando, ¿o te detienes a pensar en la forma en que puedes retroceder, volver al inicio, y empezar con otro ritmo, y con más ánimo?
-No, no realmente, no tendría sentido, dado que lo importante es terminar el maratón.
– ¡Tú lo has dicho! Lo importante es el camino, no el tiempo, ni los obstáculos, y eso ya lo sabes, por eso estás aquí, con el valor suficiente para hablar con nosotros, y la determinación para seguir avanzando en tu propio maratón, en tu propia vida.
-Si, eso creo. No siempre pienso en eso, pero si hay muchas ocasiones, sobre todo recientes, en que si me reconozco a mí mismo lo mucho que he progresado.
-Y nunca dejes de hacerlo, en verdad, nunca, cada paso cuenta, sea chico o grande, sea lento o muy veloz. Antes de terminar, quiero que sepas una cosa: puede que, en algún punto, vuelvas a toparte con nosotros, pero ya no será como antes, porque esa luz en tu interior ha crecido, y seguirá creciendo, al punto de ser comparable con el amanecer. Entonces, ya no tendremos poder sobre ti, solamente seremos, por decir así, parte de tus memorias.
-Tienes razón, y ahora les estoy agradecido, a los tres. En verdad confío en llegar a ese punto que me acabas de decir.
-Así será…- fue lo último que dijo Desesperanza.
Y entonces desperté.
El día de hoy, lo primero que hice al llegar al consultorio de mi psiquiatra, el Dr. Ezequiel Fajardo, sobre ese peculiar y agradable sueño: no omití ni un sólo detalle sobre esa aventura de mi subconsciente.
-Por algo yo era el velador, e hice muy bien en pedirte que fueras a ese lugar- dijo el Dr. Fajardo-, y puedo asegurarte que tanto Miedo como Dolor y Desesperanza te dijeron la verdad. Ahora sabes que, en ese cementerio, yacen todas esas heridas que poco a poco has logrado sanar.
