Utopía

Por Maik Granados

El olor a café y tocino despertó a Billy. Abrazó a su oso Teddy, su compañero de sueños. Una voz suave recorrió las escaleras hasta su habitación en el piso de arriba: «¡Billy, hijo, ven a desayunar!». Se incorporó con pereza. Metió sus pies en unas pantuflas de peluche con forma de pollito y bajó tranquilo hasta la cocina, abrazando a Teddy. Ahí estaba su padre con el celular en una mano poniéndose al día con las noticias, y en la otra sostenía una taza de café.

«Buenos días, campeón».

«Buenos días, papá».

Su madre lo apuró a tomar su lugar en la mesa. Supuso que ella sonreía, pues le daba la espalda mientras lavaba la vajilla. Billy estaba feliz, tenía mucho tiempo sin sentirse así…

Un golpe en el estómago le arrebató el sueño: «¡Párate, cabrón! ¡Órale, escuincle! ¡Aquí te vas a hacer hombre! ¡Aplícate de aprender a ser sicario o te va a cargar la chingada! ¡Muévete, cabrón!».

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