A SAN JERÓNIMO 

Por Maggo Rodríguez 

En la infancia, se me inculcó la solemnidad propia de la oración, el templo y todo aquello propio de las prácticas de la religión católica; obedecí y me inclinaba hasta cuando no era necesario. Así fue, hasta que en una clase de la preparatoria el maestro Trujillo, ex seminarista y representante de lo políticamente incorrecto de esa época, nos retó a reflexionar el por qué de tal sumisión, aún si somos pecadores, ¿por qué entrar cabizbajos a la casa de nuestro Padre Dios que amoroso nos espera y nos perdona? 

Por eso me dirijo a ti, San Jerónimo, como un buen amigo incondicional. Sé que no soy perfecta, a veces miento y no siempre voy a misa, pero te juro que no robo ni mato, excepto a los zancudos, ya sabes, es que me aterra que por su culpa me dé el famoso dengue. 

Hoy, en las vísperas de tu día, quisiera pedirte un par de cositas. Está bien, son un montón, pero vamos empezando: 

Bendice a los que trabajan la tierra, a los jornaleros, ladrilleros y todos los que labran la esperanza de un mejor mañana cada vez que sus manos tocan el lodo. Sí pues, son medio borrachos, pero es que el sol les acompaña todo el día y la sed es canija. También acuérdate de los que salen a laborar aun cuando no ha amanecido, porque a veces los conductores usan la carretera como circuito de Fórmula 1. 

Cubre con tu luz a quienes están lejos de su hogar, no es fácil la vida en un mundo que a veces olvida que todos somos hermanos. Permíteles que, cuando sea el tiempo, regresen con bien a una casa donde hay corajes, discusiones y regaños, pero también mucho cariño y unión. 

Cuida a todas las madres que siempre dan lo mejor de sí, las que rezan por sus hijas y por sus jijos. Intercede por sus ruegos, por aquellas que sufren ausencias. Tú conoces a las mujeres de tu comunidad y sabes que hasta en el más sencillo de los taquitos entregan todo su amor a los suyos. 

Te pido por todos los abuelitos, por quienes ha sido posible mantener viva la tradición de tus fiestas. Ellos nos enseñaron y curaron con las medicinas de sus padres; los que nos cuentan mil historias o una historia mil veces. Porque en sus canas y arrugas se manifiestan la fragilidad de la vida y lo duro de roer de un hueso como forense. 

A los enfermos, concédeles recuperar su bienestar, sé que son tan fuertes como los mezquites que hay en los caminos. Conforta los dolores que los aquejan para que puedan gozar del canto de las aves por las mañas y del brillo de las estrellas por las noches. 

Ilumina a la juventud desenfrenada que te ofrece la cucharilla que de lejos llevan para armar tu altar. Seguramente bailarán y brindarán en tu nombre, San Jerónimo, son ovejas descarriada, pero al fin borricos de tu rebaño. Enséñales el buen camino, guíales a pesar de que se pongan berrinchudos y no quieran entender. 

Y ya por último te pido por mí. No te encargo un amor porque ese ya se lo pedí a San Antonio en julio. Tú mejor que nadie sabes lo que necesito, aboga por mí y por todos con papá Dios, que mi fe es ciega por ti. Aunque esta vez no pueda visitar tu casa, te felicito desde aquí, amigo San Jerónimo.