OFREZCO

Por Stephanie Serna

Lo siento…

Escribí como última frase en la carta que posteriormente deslicé debajo de la puerta de mi rommie, no sin antes preguntarme cuánto tardaría en leerla. 

Considerando mi orgullo y el de Vanessa juntos, eso daba como resultado una cifra enorme de tiempo. Nuestra ley del hielo se había apoderado del departamento por más de dos días, mientras tanto, un altar de muertos esperaba inconcluso en una esquina de la diminuta sala.

Lo observo un momento, pensando en que faltaremos a la tradición por primera vez desde que tengo memoria. Había sido mi culpa por haber aplazado mi disculpa hasta el 2 de noviembre.

Vanessa y yo siempre habíamos sido precavidas: desde niñas, nos preparamos con todos los elementos del altar durante la última semana de octubre para que, sin importar lo que sucediera, nosotras pudiéramos recibir el día de todos los santos con la ofrenda lista.

Recuerdo lo mucho que nos divertíamos haciendo la cruz de sal, deshojando las flores de cempasúchil e intentando hacer la figura de los catrines en el papel picado, aunque siempre resultara un desastre sin forma.

Cada año, buscábamos a una persona diferente a quien dedicar el altar: algún artista, pariente lejano o personaje de película. A nuestra corta edad, era la única manera que teníamos de aproximarnos a la muerte.

Hasta que llegó el año en el que ella se nos acercó. Desde entonces, una cara conocida formó parte del altar.

Aquel primero de noviembre, Vane colocó la foto con una solemnidad que nunca había visto en su rostro. Su madre miraba desde lo más alto de la ofrenda cómo cambiábamos nuestros juegos de siempre por un ritual lleno de cariño, comenzando por preparar los platillos que ella solía ofrecernos y terminando por limpiarnos las lágrimas la una a la otra.

Así transcurrieron los años, a veces en mi casa, a veces en la suya, y ya que logramos la independencia, en la nuestra. Pero eso estaba a punto de cambiar.

El 31 de octubre de ese año, mientras yo colocaba los niveles del altar, Vanesa me confesó su más reciente deseo: mudarse a la capital.

Me enfurecí, no estaba lista para dejar ir nuestro tiempo, nuestra tradición, nuestra inocencia, pero sin querer había arruinado el ritual con mi reacción.

Aunque llevaba casi dos días enteros sin interactuar con ella, decidí darle a Vane un poco más de tiempo. Salí a la calle a buscar las flores que hacían falta. En pleno 2 de noviembre, un pequeño ramo de flores de cempasúchil me costó más que uno de rosas rojas, las favoritas de mi mejor amiga. Esperaba que aquel derroche de cursilería consiguiera ablandar un poco la dura coraza que yo misma había construido a su alrededor.

Abrí la puerta y la encontré llevando un par de calaveritas de azúcar hacia el lugar donde había iniciado la pelea. Sonreí con cuidado, temiendo que por mi gesto, ella se diera la media vuelta para volver a su guarida, pero se detuvo su mirada en las rosas, luego en mí y soltó una carcajada, jamás había sido capaz de negarme un perdón. La abracé, ella susurró una palabrota en mi oído. Reímos y continuamos con el ritual. El último.

En el fondo, sabía que acabaría, como todo, como el mismo día de muertos.