El Gerente (parte 2)

Por Luis Payán

“Al contrario, Sr. Black, el placer es mío. Es todo un honor recibir a bordo a un hombre con tan esquitas cualidades como las suyas.” Dijo, guiñando un ojo, mientras estrechaban la mano. “Tómese estos días. Compre obsequios para sus hijos, salgan a pasear en familia, hágale el amor a su esposa, y el lunes, a primera hora, nos vemos aquí. ¿Qué le parece, Sr. Black?”, continuo mientras lo acompañaba a la salida del edificio. El Sr. Thomas actuaba como si delante de él estuviese su nuevo trabajador estrella. Sus ojos brillaban, y no precisamente de apreciación. No cabía duda que la entrevista fue un éxito. El único detalle era que no recordaba lo que sucedió.

“E…Excelente. Nos vemos ese día, y de nuevo gracias por la oportunidad.” Dijo lo primero que le vino a la mente. El Sr. Thomas asintió, y entró de nuevo al edificio. Maik no tenía ni idea de lo que acaba de suceder, ni tampoco sabía qué hacer a continuación. El contrato estaba firmado por ambas partes. Tenía sus respectivas copias en una carpeta beige, cortesía de la casa supongo. Hasta descubrió una nota con un número telefónico, firmado al reverso por una tal Julia B. Por alguna razón sentía los brazos aporreados, como si acabase de salir del gimnasio después de una rutina completa de bíceps y tríceps. En seguida recordó al primer aspirante saliendo de la sala de entrevistas revisando de manera frenética sus documentos. Se dio cuenta que actuaba de la misma manera. “¿Seguirá la segunda fase?”, pensó, recordando al viejo guardia de seguridad escoltando a cada uno de los aspirantes a la habitación del fondo. 

Llevaba todos los documentos consigo y hasta más. Y por alguna razón, aquella idea de no dejar nada lo invadió, resultándole extrañamente tentadora, pero  las copias que pretendía dejarles las llevaba consigo, y no recordaba que hayan sacado más durante el transcurso de la entrevista con el Sr. Thomas. Cualquier intento de evocar un recuerdo solo le producía un dolor punzante en la cabeza. Volvió a revisar los documentos que llevaba. El contrato era legítimo, incluso estaba estampado, cosa que le pareció exagerado.  “No… Sería una pérdida de tiempo. Esto quiere decir que… El puesto… es mío.”, pensó, soltando una pequeña carcajada. Tanto el guardia de seguridad, como el sujeto de intendencia, voltearon a verlo. Ambos tenían una expresión de pocos amigos, como si aquella efímera expresión de felicidad no concordase con aquel sitio. Conseguir el puesto era lo que le importaba, y ahora que era suyo, lo demás salía sobrando. Extrañas o no las cosas, dio un paso hacia delante a lo desconocido y salió victorioso. 

“Buenas noches.” Dijo Maik. Ningún comentario por parte del guardia de seguridad, parado en el umbral del centro de atención a clientes.

Introdujo la llave de su coche, quitó el seguro, y antes de abrir la puerta para regresar a casa, después de un largo día, el guardia de seguridad lo detuvo, agarrándolo de la muñeca. “Usted no debería estar aquí, joven.” El guardia parecía estar en medio de un trancen. Las pupilas de sus ojos se tornaron en un blanco pálido y tenía la vista fija al cielo. “Asegúrese de no dejar nada y huya, huya lo más lejos que pueda. Incluso si eso significa salir de la ciudad. Usted no debería estar aquí. No debería. No debería…” La voz del viejo se extinguía poco a poco. Maik sintió escalofríos al imaginar al viejo, con una sardónica sonrisa, destazando a los aspirantes uno por uno. Convirtiéndolos en pedacitos. Llenando y llenando bolsas de basura para luego desecharlas en los grandes contenedores negros.  Y como un destello plateado, comenzó a escuchar la voz de Sr. Thomas dentro de su cabeza: “Llamémosles clientes especiales.” 

“Le sugiero que consulte a un psiquiatra. Con su permiso, pero pasare a retirarme.” Dijo Maik, intentando zafarse, pero el guardia lo apretó con más fuerza. “¿Pero que le sucede?, ¿Acaso se volvió loco?”, pensó, empujándolo contra el carro de a un lado. “¡¿Qué cree que está haciendo!?, Suéltame en este mismo instante.”, pero el guardia, haciendo oídos sordos, seguía en su trance, salpicando sus disparates. “¡Huya, Maik!, ¡huya!, ¡huya!, y no mire atrás.” No veía otra cosa en el reflejo de los ojos del guardia, más que un viejo asustado y atormentado por los desvaríos de una vida tumultuosa. Estaba sorprendido de la fuerza del anciano. Miró alrededor en busca de ayuda y fue cuando vio al sujeto de intendencia mirándolos a través de la pared de cristal del centro de atención a clientes. Los veía sin expresiones faciales. Sin moverse de su lugar, como si fuese un objeto más decorando las instalaciones. 

“¡Hey!, ayuda. Llama al Sr. Thomas. A este viejo se le zafaron los tornillos.” Podía sentir como las uñas del viejo se abrían paso por su piel, desgarrándole los tejidos. Comenzaba a cansarse, pero el viejo seguía empujándolo con el vigor de un joven de dieciocho años, y poco a poco, comenzaba a ganarle terreno. El intendente dio su negativo con el dedo, y se dispuso a seguir con sus deberes, como si la escena que se llevaba a cabo delante de sus ojos formara parte del paisaje urbanístico.

“¿Acaso todos perdieron el razón?”, Maik miró alrededor en busca de ayuda, pero estaban solos. Estaba tan concentrado en el viejo que no se dio cuenta que los cajones del estacionamiento del local estaban repletos, pero no había señales de vida por ningún lado. Ninguna alma perdida vagaba por las calles nocturnas. Las luces de las farolas públicas se volvieron tenues. Pues la noche cada vez, se tornaba más oscura. Los carros de los demás aspirantes seguían estacionados. Parecían haber sido abandonados hace tiempo. Los edificios de alrededor envejecieron. Las calles estaban más agrietadas que nunca, pero el centro de atención a clientes relucía como una perla bajo las profundidades del océano. 

El viejo ahora era quien dominaba el duelo. “No puedo dejarte ir.” El color de los ojos del viejo volvió a su normal café oscuro, pero su mirada seguía perdida. Una mirada hueca. Al viejo se le frieron los circuitos, y puede que de manera consciente. 

“¿Qué fue de los demás aspirantes?”, preguntó Maik, recordando el rechinido de la llanta del contener de basura. 

“No fueron aptos para el puesto.” Dijo sonriendo. 

Maik notó pedazos de carne entre los dientes del anciano, y el olor que desprendía de su boca casi lo hace vomitar. Tragó saliva mientras intentaba contenerse. A la vez, sentía que le aplastaría la muñeca en cualquier momento. “Suéltame, no sé de qué hablas, pero te juró que no diré nada. ¡Por favor suéltame!, ¡duele!, ¡duele mucho!”

“Chillas como cerdo. Acaso eres uno vestido de seda, como los otros aspirantes. Te hare chillar de verdad. Ya verás.” Dijo, empujándolo contra el coche a su espalda. El impacto lo sofocó. Maik intentaba, tanto recuperar el aliento, como mantenerse de pie, pero le resultó imposible, cayendo al suelo de rodillas. 

“Hijo de puta, ¡Te matare!”, dijo Black entre dientes.

“¿Cómo me llamaste?”, el viejo lo sujetó de la camisa, obligándolo a ponerse de pie. “Los cerdos no matan persona. Escuchaste ceeerdito. ¡Vamos, chilla!”, dijo, dándole un puñetazo en el diafragma. Las rodillas de Maik volvieron a azotar contra el suelo. “¡No te escucho!, ¡Que chilles maldito hijo de perra!”, Le escupió en la cara sin dejar de patearlo. Maik empezaba a ver borroso y la voz del viejo se distanciaba con  cada golpe.

“Bien…”, pausó, intentando recuperar el aliento. “Ahora estás listo para la segunda fase.” Se llevó a Maik al hombro, como un costal de papas y comenzó a silbar mientras ingresaban al centro de atención a clientes.