JUAN SÍ, CHARRASQUEADO NO 

Por Maggo Rodríguez

Sí, su nombre era Juan, pero no le apodaban “Charrasqueado”. Él era Juan López: Juanelo, Juancho, Juanito o simplemente Juan, para los amigos. Y es que no tenía nada en común con la mítica figura del corrido que “era valiente y arriesgado en el amor”, incluso le caía mal. 

No era para nada valiente, nunca se animó siquiera a pedirle matrimonio a Concepción, su novia, por temor al viejo bigotón de su padre con fama de matón. 

Juan no era aventurero ni algo parecido, sin embargo, era un excelente mecánico, muy comprometido con su oficio, siempre eficiente. 

Esa noche, una de las primeras de diciembre, Juan tomaba plácidamente un trago directo de una botella de tequila. Era de carrera larga y a las afueras de su casa, en una banca de cemento, acostumbraba beber alcohol de acuerdo a la época del año: en verano, unas cervezas “pa’l calor”; en su santo, mezcal, su bebida favorita y en otoño e invierno, el tequila “pa’l frío”, como solía decir. 

Se le hacía raro que ninguno de sus compinches se acercara a esas horas de la tarde, cuando usualmente ya había uno que otro que ya se tambaleaba de borracho. Sin levantar la mirada, escuchó unas balatas desengrasadas y un escape flojo, “es Rafael, su vieja camioneta roja… le he dicho que me la traiga para componérsela”, pensó, mientras le daba un trago al tequila. 

—Ándale compa, tómate un trago, vienes bien blanco —dijo Juan, cuando vio bajar a Rafael de su camioneta.

—No Juancho —respondió con trabajos Rafael. —¡Ay Juancho! Vámonos ya, te tienes que pelar.

—Ja-ja-ja. ¿Cómo?, ¿por qué?

—El patrón, mi patrón… Mandó al Hugo y al Perro por ti. Compa, te quiere muerto.

Juan palideció. Sabía que esos dos eran los mejores gatilleros del patrón de su amigo, ese viejo amargado y bigotón que de vez en cuando le llevaba carros a su taller. Por un momento, pensó que después de todo sí sería como el Juan del corrido, sin duda su muerte sería igual. Hasta sintió un poco de empatía con el “Charrasqueado”, pensó que tal vez, él sintió el mismo miedo que le recorría la espina y que le impedía mover las piernas. Ya no estaba mareado por el licor que se tomó momentos atrás. 

Al interior de su casa tenía armas, más de las que uno podía ver, se lo dijo a Rafa, a quien consideraba su único amigo en ese instante. Parecía que el mundo se había reducido a ellos cuatro, y al menos dos venían por su cabeza. El temor le seguía afectando, no le dejaba pensar claro, ni le dejó entrar a su casa por un arma, tenía orgullo y se sintió al menos con el derecho de poder defenderse, pero las palabras de Rafael llegaron primero a su cabeza.

—Te voy a llevar al Santuario del cerrito, ahí no te van a hacer nada —le insistió Rafael. —Ya ves como son disque devotos de la Virgen esos canijos, ahí es Tierra Santa para ellos.

Con la vista un tanto nublada, Juan subió a la camioneta y emprendieron el camino hacia el templo. A medida que avanzaban sobre el terreno, pedregoso y cuesta arriba, la mente de Juan se ponía en blanco y luego todos los pensamientos se abalanzaban de un solo golpe. Temía por él, se molestaba por el ruido de las balatas sin mantenimiento, se entristecía por su madre, por darle más preocupaciones y menos nietos. 

El plan era sencillo, pero con lo confundido que se veía Juan, Rafael no dejaba de mencionarlo una y otra vez: Dejaría a Juan en la entrada del templo porque ahí sí no podría entrar con todo y camioneta, sólo serían unos treinta metros los que debía correr hasta las puertas del Santuario de Guadalupe. Ahí, tocaría como loco las puertas de madera para que el padre que vivía ahí le abriera y lo resguardara. No había modo de fallar. 

“La Virgencita todo lo perdona, Diosito todo lo perdona”, pensaba Juan. Se veía a sí mismo tocando desesperado esas puertas de madera y, en caso de que nadie atendiera, podría trepar un huamúchil que daba a una ventana alta del templo. Le llegó la esperanza, se sintió que podía escapar, que viviría. 

Una vez que llegaron al inicio del camino, agradeció con un simple gesto a Rafael. No le gustaban las despedidas, supuso que no tendría que hacerlo, decir adiós no, gracias, sí. Porque tampoco era un hombre sentimental, eso se lo dejaba a las viejas. 

En cuanto puso un pie en el suelo, corrió lo más rápido que pudo. Las sombras nocturnas ocultaban el movimiento de la boca de Juan, que con palabras ahogadas rogaba a la Virgen que lo dejara vivir. Pedía perdón por no haberla visitado en tanto tiempo, eran muchos años sin que pisara la iglesia ni por equivocación. 

Hilaba los rezos que de niño le enseñaron, pero ninguna terminaba por más que intentaba hilar “Dios te salve, reina y madre…” “Padre Nuestro que estás en los cielos…” Nada. Sólo recordaba un salmo que su madrina Eduviges le había enseñado: “El Señor es mi Pastor, nada me faltará…” y ahí detuvo el paso, a tres metros de esas puertas a las que tanto anhelaba llamar, frente a dos figuras humanas que le impidieron el paso. 

Después de un par de destellos, acompañados de estruendo, Juan sintió primero frío en la panza. Ello no le apartaba del salmo que recitaba, ahora en voz alta “En verdes pastos me hace reposar…” luego, calló de rodillas y se llevó las manos al pecho para descubrirlas llenas de un líquido tibio con olor a fierro. 

En la oscuridad de la noche, en las faldas del Santuario de Guadalupe, se podían distinguir a dos hombres maniobrar con lo que fuera un hombre. También, a unos cincuenta metros, la luna iluminaba una camioneta, cuyo conductor no recibió disparos, sino lo que parecía ser un fajo de billetes.