Epidemia

Imagen cortesía Pexels

Por Missa Mireles

I

Los doctores del centro médico habían recibido demasiados casos del brote de un   virus desconocido durante las últimas dos semanas, nadie sabía con exactitud cuál era su origen, lo llamaron el “virus asesino urbano”. 

El doctor David Nazareno recién había regresado de una conferencia en Long Beach, California. Su asistente, la enfermera María de los Rosales, le había informado al respecto, sin embargo él no podía marcharse de Long Beach, debía permanecer ahí durante un mes entero, y no regresaría a pesar de la emergencia.

El centro médico estaba repleto de infectados. El doctor Nazareno era considerado uno de los mejores en toda Guadalajara, en el sanatorio lo señalaban como el indicado para encargarse de aquella enfermedad.

Llegó al hospital temprano, como suele hacerlo, aunque no había ni un alma en las calles, ni personas, ni automóviles, todo estaba en completa calma. A pesar de lo que le había informado María, él pensó que se trataba de algo parecido a una plaga zombie, pero no era tan ingenuo como para creer en esas historias. Al igual que las calles, absolutamente todo el hospital estaba solo, sin ningún paciente, ni en la sala de urgencias, sólo estaba el personal, sus compañeros médicos, las enfermeras y los ancianos encargados del aseo. El doctor Nazareno no logró comprender aquello, jamás había visto al centro médico tan solo, era imposible que no hubiese una sola persona herida, enferma o a punto de ser intervenida quirúrgicamente. María lo esperaba en su oficina, parecía un poco asustada, estaba sentada en una silla, con la mirada casi perdida.

-Señorita de los Rosales, ¿Se encuentra bien? ¿Qué ha pasado con todo el hospital? ¿Dónde están las personas? -preguntaba el doctor con paciencia, pero tanto él como la enfermera sabían que había muy pocas señales de calma en el doctor.

-Todos… se han ido… los infectados…escaparon… no lo puedo creer, doctor…tanta demencia… tanto maniaco suelto en la ciudad… tribus… punks,  góticos… por doquier… -María estaba totalmente aterrada, Nazareno jamás la había visto comportarse de esa manera. Le aplicó un sedante, María no tardó mucho tiempo en recuperar la calma, y una vez tranquilizada, le mostró un ejemplar del “Informador” cuyo encabezado era el siguiente: ¡Terror en Guadalajara! 

El doctor lo miró, aquella situación comenzaba a incomodarle, sólo se había ausentado un mes, y obviamente no tenía idea de qué era exactamente lo que estaba ocurriendo, pero el hecho de encontrar el hospital vacío en su totalidad, el extraño comportamiento de María y aquel encabezado, bastaron para erizarle la piel.

-El virus se propaga rápidamente, doctor, todavía no se sabe de dónde provino, pero es algo anormal, nunca había visto algo parecido -dijo María. El efecto del sedante había concluido.

-Hace un momento mencionaste a los punks y góticos, ¿Qué es lo que ocurre con ellos María? -preguntó el doctor, sentándose sobre su escritorio.

-No tengo palabras para describirlo, parece que son los únicos en ser afectados por el “asesino urbano”, hasta ahora sólo se han presentado casos de infección en esas tribus. El virus los transforma en animales sedientos de sangre, pierden por completo su mente, volviéndose incapaces de razonar, pero no dejan de moverse y hablar como si fuesen personas normales. 

El doctor Nazareno se quedó quieto, le preocupaba el pensar en el desconocido virus, nunca se había enfrentado a algo parecido, necesitaba tener a un infectado en persona para poder estudiarlo, pero no estaba seguro si realmente quería estar cerca de un homicida perteneciente a alguna tribu sanguinaria. Se sentó en la camilla, al lado de María. Por el momento no podían hacer nada, sólo les quedaba esperar, y forjar alguna esperanza para la ciudad, costase lo que costase, pero no eran capaces de convencerse de lo que ocurría. María sacó un rosario del bolsillo derecho de su filipina, y ambos comenzaron a rezar.

II

Afuera, la ciudad entera se había hundido en una oscuridad que parecía eterna, no se escuchaba ningún sonido, silencio sepulcral por doquier. Era imposible salir de las casas, nadie se atrevía, el horror le impedía hasta el más valiente salir de la seguridad de su hogar.

Las hordas de infectados asesinos fanáticos de la noche y la anarquía se reunían en el parque Revolución, no se atacaban entre ellos, más bien parecía como si hubiesen formado una alianza contra los no infectados. Su intención era apoderarse de todo, convertir a los humanos en esclavos, dominar la Tierra, tener un poder absoluto. 

¡Ay ay ay ay! Guadalajara hermosa…
Quiero decirte una cosa:

Tú que derramas sangre del pozo
y el sufrimiento nos brinda gozo,

¡Guadalajara, Guadalajara
tienes la muerte más mexicana!

Gritaban entusiasmados los infectados, la Perla Tapatía les pertenecía, ellos optaron por darle un nombre más adecuado, la llamaron la “Tapatía del Terror”. Aquella reunión en el parque Revolución se transformó en un festín de maniacos vestidos con chaquetas, gabardinas y botas de cuero.  Nadie podía salvar a la ciudad de todos esos seres, parecían criaturas provenientes del inframundo, que danzaban salvajemente bajo la luz de la luna.

III

A los doctores y enfermeras que se refugiaban en el hospital les aterraba salir de ahí, no tenían otra opción más que rezar por su salvación. Al doctor Nazareno nunca le importaron las historias de terror, ni si quiera le perturbaron en su niñez, pero jamás pensó si quiera en la posibilidad de que ocurriese una situación como en la que se encontraban. Eran las cinco y media de la tarde, no había ni un solo destello de luz natural, sólo noche, luna llena y miedo. Él no paraba de pensar en alguna manera de hacerse con un infectado para poder examinarlo, tenía la fortuna de no haberse topado con uno cara a cara, pero con sólo ver la actitud de María, y lo que había leído en el periódico, podía imaginarse lo que sucedía.

De repente, las luces del centro médico comenzaron a parpadear, algunos de los doctores intentaron averiguar si sólo se trataba de una falla en el sistema eléctrico, pero no fue así, toda fuente de energía estaba en orden, el terror volvió a inundar los pasillos del hospital. La enfermera María estuvo a punto de desmayarse, Nazareno la recostó en la camilla, la tomó de la mano, volvió a reaccionar después de haber respirado durante unos instantes. 

Las luces habían cesado de parpadear, pero eso apenas había sido el comienzo: afuera del hospital, un sonido surgió de la oscuridad, era un órgano, nadie del personal se sorprendió ante tal cosa, después del brote del virus asesino, ya nada más podía espantarlos.

El Dr. Nazareno estaba decidido a echar un vistazo, la ventana de su oficina  daba hacia la gigantesca explanada del centro médico, el canto del órgano se volvió más intenso, María se asomó junto con el doctor. Con la poca luz que emanaba del hospital y las calles, pudieron distinguir que un extraño monje tocaba las teclas del tétrico instrumento, portaba una túnica negra, podía confundirse fácilmente con la noche.

El resto del personal del sanatorio también observaba con atención al monje, que seguía tocando el órgano. No sabían si su presencia tenía algún significado, sólo se quedaron observando. Después de unos minutos, el monje paró de tocar, el silencio regresó, el doctor Nazareno y María seguían atentos al sujeto, quien después de haber terminado con el órgano, se levantó de la banca de madera. Estaba de espaldas al edificio en donde se encontraba el personal, dio media vuelta, y la luz de la luna pudo alumbrar su rostro… un muerto, hecho completamente huesos, todas las enfermeras gritaron tan fuerte que los vidrios de las ventanas vibraron con intensidad.

El cadavérico monje miró fijamente a todo el personal, tenía una mirada diabólica. Poco a poco se fue desvaneciendo en el aire junto con el órgano, tal vez aquel suceso sí logró aterrorizar más de lo normal a los sobrevivientes del hospital.

Justo en el momento en que el monje desapareció, alguien caminaba en dirección a la entrada del centro médico, Nazareno pudo verlo con claridad, era un punk, todos los demás corrieron despavoridos por los pasillos del hospital, gritaban y tropezaban unos con otros, aquel punk estaba herido, desesperado pedía por ayuda, sostenía su hombro derecho con la mano izquierda, tambaleaba al caminar, el doctor Nazareno no dudó en salir a la explanada para capturarlo, llevó consigo a un par de doctores que iban armados con herramientas punzocortantes, por si era necesario, pero el punk estaba solo, y el virus no se había apoderado de él por completo, todavía le quedaba algo de cordura.

-Ayúdenme… por favor… me duele -susurró el herido, débil y cansado, Nazareno sintió compasión por él. Los médicos colocaron a la víctima en una de las camillas que estaban dentro de las cabinas de las ambulancias, lo llevaron a la sala de urgencias. Uno de los doctores había detenido hemorragia en su hombro, la herida era bastante grande, parecía como si hubiese sido mordido por un vampiro, aunque lo que lo atacó pudo haber sido algo parecido, o tal vez peor. Los lamentos del punk sonaron en casi todas las habitaciones del hospital, era la oportunidad perfecta del doctor Nazareno para realizar un diagnóstico y, si era posible, encontrar la cura para el virus.

IV

La víctima no presentaba ningún tipo de anomalía, no durante todo el tiempo que estuvo bajo la vigilancia del doctor Nazareno y María, otra enfermera los acompañaba en la sala de emergencias, Celestina, era una joven de veintiún años que, antes de que comenzara el brote, se encontraba en el centro médico realizando sus prácticas. El doctor había tomado una muestra de la sangre que brotaba de la herida, nunca perdió la esperanza de salvar a la ciudad.

Observaba con cuidado la muestra, pero no encontró nada que estuviera fuera de lo normal, sólo glóbulos rojos. El punk dejó de respirar, Celestina recurrió a la reanimación cardiopulmonar, pero fue un intento fallido, el paciente había muerto, después de momentos de dolor y agonía, pero eso no le impidió al doctor Nazareno continuar con la investigación.

Su intento por encontrar la cura se vio interrumpido: las luces del hospital volvieron a parpadear, las enfermeras gritaron nuevamente. El monje, todos creyeron que aquel espectro había regresado, pero no sonaron las teclas del órgano, esta vez, hubo un sonido distinto, aún más aterrador, risas, miles de risas que provenían de las calles, se escuchaban con claridad dentro del hospital, absolutamente todo el personal supo de lo que se trataba: los infectados habían llegado, y no había escapatoria.

El pánico se apoderó del centro médico, nadie podía hacer nada para salvarse. La horda de asesinos entró en el hospital, dejando rastros de sangre a su paso, destrozando ventanas y sembrando el terror. La sala de urgencias era la única que conservaba un poco de calma, el doctor Nazareno vertió la muestra en un tubo de ensayo, nada le impediría crear la cura, tener su oportunidad de ser la salvación de la ciudad, incluso del país, o el mundo entero. El doctor tenía un plan de escape: intentar llegar a su automóvil por una de las puertas de salida de emergencia, la más cercana era la que estaba en el mismo pasillo en donde se ubicaba la morgue, pero no solo María y Celestina huirían junto con el doctor, pensaron en llevarse al cadáver del punk. Las enfermeras sujetaron ambos extremos de la camilla, el Dr. Nazareno fue el primero en salir de la sala de emergencias, María iba detrás de él, la enfermera resbaló, soltó el extremo de la camilla que sujetaba, amortiguó la caída con los antebrazos.

Justo en el momento en que María cayó, la puerta de la sala de emergencias se cerró fuertemente, Celestina quedó atrapada dentro junto con el cadáver. El Dr. Nazareno y María hicieron un esfuerzo desesperado por tratar de abrirla, pero fue imposible, era como si la puerta estuviese sujetada por una especie de fuerza paranormal, Celestina comenzó a gritar, las luces seguían parpadeando. De repente, una silueta extraña se posicionó detrás de Celestina, al principio, ni el doctor Nazareno ni María pudieron verla, pero ambos exclamaron un grito de horror cuando se percataron: el cadáver se movía bruscamente sobre la camilla, parecía un poseído en pleno exorcismo, volvió a levantarse.  La mitad de su rostro se había convertido en pútridos pedazos de carne. Por debajo de la piel destrozada se asomaba el cráneo, el ojo izquierdo aún se conservaba en su cuenca, el miedo que sintió Celestina fue tal que le resultó imposible contener el llanto, el doctor y María no podían hacer nada, sólo observar aquel macabro espectáculo.

Durante el parpadeo de las luces, y como una secuencia fotográfica, vieron como Celestina era devorada por aquel fenómeno. En cada destello de luz la sala de emergencias se cubría de sangre.

-Señor Jesucristo, recibe su alma -susurró el doctor. María gritaba horrorizada.

Los infectados habían llegado al pasillo donde se encontraban sus siguientes víctimas, miraban al doctor Nazareno y a María con demencia y furia, algunos de ellos sostenían cabezas en sus manos, al doctor y la enfermera no les quedó más remedio que correr. Comenzaron la desenfrenada huida, hacia el otro lado del pasillo, donde los esperaba otra sorpresa; las puertas de uno de los elevadores se abrió, más infectados salieron de la cabina, el doctor y María estaban acorralados, sin salida alguna. Los asesinos se acercaron lentamente hacia ellos, el Dr. Nazareno abrazó a María, y sin dejar de gritar ésta cerró los ojos, esperando el final.

Y esperó, y esperó…

De repente, abrió los ojos…

La luz de la lámpara despertó a María, se había quedado dormida en el sofá de la sala. Sobre su abdomen, reposaba un tomo de The Walking Dead, una pesadilla, eso había sido; el virus, las hordas de infectados maniacos, el doctor Nazareno, todo, absolutamente todo fue una pesadilla. 

Se levantó del sofá, con los ojos cansados, su hermano Dante iba bajando las escaleras, portando unos jeans entubados y rotos, una camiseta sin mangas de la banda “The Misfits” y sus tenis Converse también estaban desgastados. Sus muñecas estaban cubiertas por pulseras de cuero con estoperoles. Habían pasado cerca de tres semanas desde que se había teñido su peinado de “mohicana” de color rojo, él era uno de ellos, un honrado punk anarquista. Se acercó a María:

-¿Por qué gritabas? -dijo Dante, mientras la sostenía del hombro.

-Por nada, solo tuve un mal sueño -respondió con una sonrisa.

María salió hacia la calle, quería tomar un poco de aire fresco, sintió algo húmedo en el hombro que Dante había tocado, algo húmedo, espeso, de un color rojizo que desprendía un olor parecido al acero. María giró lentamente hacia la puerta de la casa, ahí estaba Dante, pero había algo diferente en él.

-Vamos a divertirnos, carnalita -su cara estaba pálida, soltó una risa demoniaca, de su boca brotó un chorro de sangre, era un infectado de verdad.

María gritó como en su pesadilla, aquel grito se perdió en el umbral de la noche.