Secreto

Por Luis Payán

Carla lo veía dormir. Con los dedos acariciaba el pecho de Daniel, imaginando caminos que zigzagueaban hasta llegar a su cuello. Sus miradas se cruzaron, pero de sus bocas nada salió, no había nada que decir, nada que agregar. Se sentía una mujer plena, satisfecha. Daniel no podía imaginar su mundo sin Carla; ella era simplemente, todo.  La primera vez que la vio en el instituto surgió una chispa que con los años se convirtió en hoguera. Ese calor derritió las paredes que los detenían, fusionando sus almas en el proceso. Querían escapar, sentirse libres, reír a carcajadas. De puntitas, y sin hacer ruido cogieron las maletas. Encendieron el carro y huyeron. Puede que huyeran de ellos mismos.

Se estacionaron cerca del lago, sus corazones saltaban de alegría, y mientras el mundo se movía a su alrededor, los labios de Daniel buscaron los de Carla. Rodaban, se mordían,  y  se susurraban secretos al oído que sólo los amantes confiesan en la desnudez.

La noche llegó, trayendo consigo la creación de los dioses. La luna amenizaba el concierto de estrellas y ellos; en su efímera quietud, se abrazaron exhaustos, a pesar de que sabían que su escondite no era seguro.

“¿Te quedarías a mi lado esta noche?”, preguntó Carla, agachando la mirada. 

Al levantar el rostro, vio que los ojos de Daniel ardían. Su mirada perforó las dudas que quedaban en ella, y en voz baja contesto:

 “Siempre.”

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