LA PESTE Y LA PINTURA

Por Víctor Hugo A. Sanmiguel

   En tiempos de crisis, cuando la peste bubónica reapareció y el contagio se propagó tan rápido como los intereses en su relato, vivía un excéntrico artista, de aspecto elegante y apolíneo. Un día cuando el canto de las aves embelleció la soledad, ésta fue la primera en buscarlo al iniciar la pandemia, tocando a su puerta suplicando mantenerlo a salvo. Él siguió la melodía de los pajarillos hasta encontrarse frente a la ventana, la vista revivió en su corazón el anhelo de pintar. Así un viejo lienzo, vivos colores y el panorama se convirtieron en su única compañía. 

Comenzó pintando los pétalos de un clavel que se agitaban por el trazo del viento. Pronto, en la obra se pudo admirar decenas de flores resguardando un majestuoso roble, en cuyas ramas posaban dos estrambóticas aves. 

El pincel se deslizó, fusionando los colores del lienzo, el paisaje creció en belleza y a pesar de perfilarse a ser una de las mejores pinturas de todo su repertorio, no lograba aprisionar el esplendor de lo que se encontraba afuera.

Exhausto de ser un esclavo voluntario y con el pretexto de ir a comprar pintura, decidió salir por primera vez. Se untó el repelente recomendado para evitar la peste como si fuese una fina fragancia, armándose de valor para aventurarse a un mundo infectado.

Abandonó el cuadro y avanzó hacia la puerta. El miedo corrió a abrazarlo, paralizando su deseo de atravesar el umbral, obligándolo a retroceder a paso solemne, con la esperanza de que algún fantasma, propio del último funeral al cual asistió por internet, se apareciera frente a él, y así tener un motivo para huir. No fue así. Regresó a su cuarto y se dispuso a soñar con una mejor realidad.

Los días para el pintor pasaron con lentitud, parecía que los relojes querían derretirse y ser dignos de posar para Dalí. El cuadro aunque incompleto quería ser terminado, sin embargo el autor se encontraba perdido en la desolación. Durante una noche de luna llena, donde el insomnio mantenía con temor su vida, el timbre de la puerta retumbó en la casa.

El artista creyó que algún vecino andaba mendigando comida, por ello se levantó de la cama sin sueño alguno dirigiéndose hacia el comedor. Buscó en el refrigerador algún aperitivo, se sorprendió al encontrarlo vacío. Tomó de la alacena una lata de atún y caminó sin prisa ante el umbral. Se colocó el cubrebocas y al girar la manija un escalofrío recorrió su cuerpo. La inesperada visita nocturna cubría su misterioso rostro con una máscara de carnaval, tenía un largo pico como el de un cuervo. Se presentó como el recolector de claveles cuando se marchitaban.

Su presencia alteró los relojes que había en casa, pues las manecillas viajaban sin dirección alguna. Una sensación de extrañeza e inquietud se apoderó del pintor, quien al mirar los cristales escarlata de la máscara contemplaba su propia figura. 

— ¿Por qué vienes ante mí, si he dejado de salir? — Preguntó el artista después de quitarse la mascarilla.

La muerte, al mirar su cadavérico y descuidado rostro, acarició las mejillas del hombre con sus guantes de piel, las presionó con repudio hasta soltarlo y hacerlo guardar silencio para entonces recorrer la casa. Llegó a la sala donde había pintura por doquier, diversos cuadros en la pared y el paisaje arrumbado. 

— ¡No puedo pintar más! — Exclamó el hombre mientras se acercaba a la muerte aspirando su perfume acre. 

— Uno se transforma en artista cuando acepta la imposibilidad de crear y educa la mirada — Dijo el enmascarado de la peste mientras observaba la  pintura. 

— ¿Educar la mirada? — Cuestionó el frustrado artista. 

La muerte deleitó sus sentidos al apreciar un bello paisaje a través de la ventana. — Educar la mirada en contemplar la belleza. En despertar y ver el valor del regalo irrepetible llamado vida. Tu dejaste de hacerlo… por miedo a morir.

— ¡Sigo vivo! — Gritó el artista con un destello en sus ojos marrones, abrazando a la muerte. Ella se desvaneció con lentitud.

A la mañana siguiente el pintor despertó de aquel sueño, en donde el insomnio lo había llevado al peculiar encuentro. Se levantó de la cama y corrió hacia la sala, la pintura esperaba a ser concluida. Sin embargo ese día el artista miró de manera diferente el paisaje que tenía ante sí. Al limpiar la ventana los colores dejaron de ser opacos y los prados lucían más verdes que nunca. Una sonrisa se asomó por el encantado rostro del pintor y a pesar de tener la motivación para regresar al lienzo, decidió atravesar el umbral, se maravilló con lo que había más allá del árbol, corrió entre la naturaleza, respirando los perfumes de primavera y escuchando los zumbidos de las abejas, y se dió cuenta de la verdadera belleza de estar vivo. 

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