La vida en Tofino

Por Mario Lozano

Como resabios de la batalla nocturna contra el insomnio, unas pinzas comprimen las sienes del señor Richardson y un gusto cobrizo se le ha pegado como emplasto en el paladar. Debe levantarse de la cama, porque ya clarea al otro lado de la lumbrera, pero es preciso hacerlo lento: primero sentarse y estirar un poco los brazos; después, ponerse de pie. De otro modo, el mundo le daría vueltas y tendría que recostarse para mitigar el mareo.
Bebe despacio un café sin azúcar, recoge sus avíos de pesca (caña, carrete, señuelos, anzuelos y cubeta) y sale de puntas para evitar que el crujido de la duela bajo sus pies despierte a su hija o a su yerno que duermen en casa.
Se dirige al embarcadero lo más deprisa que su dolencia de rodillas le permite en la playa pedregosa. Suelta las marras de su barca y la empuja pesadamente escuchando cómo la quilla traquetea al rozar unas rocas bajo el agua helada.
Trepa a la cubierta alejándose poco a poco de la costa de su pueblo, Tofino, en la Columbia británica. El viento refresca su cara larga y llena de arrugas. La neblina se desvanece lentamente y a la distancia las estribaciones se han vestido de una primavera de pinos reverdecidos y de fuchsias que han roto en rosados oscuros y en púrpuras intensos sobre los arbustos. La vida en Tofino es buena.
Sometida su economía corporal al peso de setenta años, bogar se ha vuelto enojoso. Cuando bate los remos aprieta su quijada puntiaguda, le tiembla la espalda y se le inflan las venas de las manos cubiertas de cicatrices. Nunca fue un hombre débil. Alto, delgado, sus piernas y brazos están llenos de músculos y tiene el estómago duro. Ningún lugar de su cuerpo es de piel lisa. Su pelo es gris, pero aún lo tiene abundante.
Ha sido cauteloso como siempre, no fuera a ser que algún supervisor del pueblo lo sorprendiera pescando en la ribera ahora que por su edad le han retirado la licencia. Pero el hambre apremia y uno hace lo que puede.
Es en la cantina de Tofino donde más de una vez ha presumido entre sus amigos sus hazañas madrugantes en la pesca furtiva. “El pescado más fresco es el que no tiene permiso”, ha repetido con palabras satisfechas.
Luego de un par de horas, regresa y atraca junto a las demás barcas que se abren en abanico alrededor del amarradero, y ata la suya. Al descender sujeta en una mano una cubeta con una trucha rosada en agua del mar y en la otra sus aparejos de pesca.
Ya en la cocina de su casa abre el vientre de la trucha con un cuchillo, le saca las entrañas y la lava en el chorro de agua. Le espolvorea sal y pimienta, y la pone a freír. La trucha crepita en el sartén aceitado despidiendo gotas hirvientes y un olor marino que abriría el apetito de cualquier cristiano. Se escucha de pronto la voz amonestadora de una mujer que entra a la cocina. Es alta, de huesos grandes y cara cuadrada.
– ¿Saliste a pescar otra vez? –dice con los ojos encañonados hacia él.
Se ve de unos cuarenta y cinco años y suele usar tubos en el pelo.
– Tengo que comer, hija –responde Richardson con voz desenfadada sin despegar la vista de su almuerzo recién conquistado.
– Si el supervisor te pilla, yo no voy a pagar la multa ni sacarte de la cárcel, ¿eh? –advierte ella con las manos empuñadas en los costados.
– Es asunto mío.
– Es que no se puede confiar en ti, papá –le dice con el torso rígido y los labios pálidos, como siempre que se enojaba.
Richardson voltea con la pala la trucha del sartén para freír el otro lado, corta un pedazo de carne y lo prueba.
– ¿Gustas? –le pregunta a su hija mientras alza las cejas y se chupa la grasa de los dedos.
– No, gracias. Ya desayuné –miente ella, compadecida de sí misma por haberse negado.
Él retira su pescado frito del sartén, lo coloca cuidadosamente en un plato y le exprime unas gotas de limón. Lava un jitomate en el fregadero y lo corta en rodajas que junto a unas hojas frescas de lechuga servirán de guarnición.
– ¡Anne! –se escucha una voz tímida que se acercaba dentro de la casa–.¡Anne!
– ¿Qué quieres? –ruge ella de brazos cruzados y apoyando el hombro en un muro de la cocina.
– ¡Tu papá salió a pescar otra vez! –dice el tipo que ingresa deprisa a la cocina cargando torpemente la caña húmeda del señor Richardson.
Tiene unos cincuenta años, de bigotito recortado y cara de luna.
– ¡Oh, perdón! –se apena al ver a Richardson.
– ¡John, estás chorreando el piso! –lo reconviene ella.
– Lo siento –contesta encorvando el cuerpo de por sí una cabeza más bajo que el de Anne y cincuenta libras más liviano.
– ¿Gustas, Johnny? –le ofrece el pescador sentado a la mesa con tenedor y cuchillo en ristre, alistados para comenzar el almuerzo.
– No, gracias, señor Richardson –responde el yerno echando una mirada tímida a Anne y llevando de regreso la caña de su suegro.
Por la tarde Richardson va a jugar baraja con sus amigos viejos en una cantina de muros de madera y con tufo a cerveza y orines. Al otro lado del ventanal el sol moribundo se oculta tras el mar despidiéndose con fulgores que hieren a las nubes de un violeta iridiscente.
Vuelve a casa envuelto en el velo de la noche, con pasos tartaleantes y arrastrando los pies. Dentro intenta dar trancos largos y lentos, sosteniéndose de muebles, para que la madera de la duela no rechine. Pero falla. Los despertará. Resignado y apenado, se recuesta en la cama y el sueño le cae de golpe.
Es otro día más. Al despuntar el alba, el señor Richardson mira a través de la ventana. Su silueta es apenas iluminada por la débil claridad que se cuela. Da pequeños sorbos a un jarro humeante de café amargo. El dolor de cabeza contiene sus movimientos, los vuelve más lentos y torpes. Aturdido además por el desvelo y la resaca dispone despacio sus útiles de pesca.
– Buenos días –saludan Anne y John en pijama sentados en un sofá al verlo acercarse a la puerta de salida.
– ¿Qué hacen levantados a esta hora?
– Queremos hablar contigo –dice Anne.
– ¿De qué cosa? ¿Lo de siempre?
– Papá, siéntate –insiste ella.
– Díganme ya, tengo prisa.
– Sé que no te gusta hablar de esto, pero esta situación es insoportable –aclara Anne encendiendo un cigarro.
– ¿Qué situación?
– Nos preocupamos por usted, señor Richardson –señala su yerno John rascándose la nariz y mirando de reojo a su mujer.
– ¿Por mí?
– Por ti, papá. Tú no tienes control. ¡Anoche te fuiste a beber! –grita belicosa como un bulldog.
– Quería estar con mis amigos.
– Esas cosas ya no son propias de su edad –secunda John a Anne.
– ¿No lo son?
– El alcohol es malo para tu salud. Desvelarte también –dice Anne mientras suelta una bocanada de humo y se hace a un lado el pelo de la frente.
– Mis amigos rondan mi edad y a ellos sus familias no los importunan.
– Será que no les importan –añade John.
– ¿Entonces les importo a ustedes?
– Claro, eres mi padre –le apunta Anne con el cigarro.
– Y mi suegro –apuntala John.
– Papá, andas como vagabundo desobligado. Sales y entras a la casa cuando te da la gana. Tengo miedo de que algo malo te pase.
– Descuiden, yo sé cuidarme –dice el señor Richardson y gira el pomo de la puerta para salir.
– ¡Espera! Sabes que no tienes permiso para pescar y lo haces. Sabes que a tu edad es peligroso y continúas.
– ¡He sido pescador por cincuenta años, hija! Y me gusta desayunar pescado –dice enérgico y se retira cerrando tras de sí la puerta.
Pero ese día la neblina envuelve a las montañas. Las nubes cubren el cielo y una llovizna persistente tamborilea por horas en la cubierta de la barca. Ningún pez picó, por lo que Richardson regresa a remo lento mientras reverberaba en sus oídos la discusión con Anne y con John.
Para almorzar agrega leche a un tazón con los restos de un cereal de caja que encontró en la alacena. Entre cada cucharada planea arreglar desperfectos de casa. En algo ha de ocupar su tiempo. Decide que comenzará con el fregadero de la cocina que llevaba días tapado. El señor Richardson busca su caja de herramientas y se postra bajo el fregadero. Gira con una llave stillson un codo del tubo que lleva el desagüe de la tarja, pero escucha pasos en la duela de la cocina.
– Papá, tenemos que hablar –le habla Anne.
– ¿De qué quieren hablar? –gira la cabeza para ver un instante a su hija y a su yerno sentados en sillas del comedor, y devuelve los ojos a su trabajo.
– Queremos que veas esto –insiste Anne.
Richardson permanece callado mientras termina de retirar el codo. Jadea un poco por el esfuerzo y responde.
– ¿Qué quieren que vea?
– ¿Sales de ahí, por favor?
El pescador se sienta primero, y se levanta después, con las canillas y la espalda baja molidas de dolor. Seca sus manos en una toalla que cuelga de un clavo en el muro y se sienta enfrente de la pareja.
Ellos le tienden en la mesa un folleto. Richardson lo toma en sus manos y lo hojea. Son fotografías de una casa vieja con amplios jardines, fuentes florentinas y varias recámaras.
– ¿Dónde es este lugar? –pregunta cerrando las páginas.
– ¿Le gusta? –indaga John.
– No lo sé.
– Papá, John y yo hemos platicado mucho sobre esto –dice Anne respirando profundo–. Y hemos decidido que te llevaremos a este asilo. Hay personas que se harán cargo de ti y te cuidarán mejor que nadie. Por fortuna, es un lugar barato. Con tu pensión bastará para cubrir los gastos.
– ¿Dónde está este lugar?
– En Nanaimo.
– ¡En Nanaimo! Es lejos… –se angustia Richardson.
– El asilo de Tofino es muy pequeño y caro. Y ya sabes que Anne y yo estamos muy cortos de dinero. Desde que me transfirieron al banco de aquí no he vuelto a tener ni aumentos ni ascensos.
– No nos sentimos capaces de cuidarte más. Esto es lo mejor para todos. Ahí podremos visitarte cuando podamos –le asegura Anne firmemente convencida.
El señor Richardson va por sus anteojos y repasa las páginas del folleto. En una se observa que a un lado del asilo hay una escalera de incendios, que se retuerce hasta el suelo como un trozo de intestino. Entonces el pescador deja de hojear. Levanta la vista, la vuelve hacia el mar al otro lado de la ventana y suspira. Sin decir nada, arroja de repente el folleto al suelo y se marcha de la cocina.
Vuelve cargando una pila de ropa en sus brazos y la avienta a los pies de Anne y de John.
– ¡A mí no me van a llevar a ningún asilo! –dice enfático.
– ¿Qué dices? –saltan de sus asientos Anne y John.
– Lo que oyeron. Si esta situación es insoportable, entonces ¡lárguense a otro lugar!
– Pero, papá, esta es una locura. Tú ya eres mayor y no puedes cuidarte solo.
– Es cierto, señor Richardson.
– ¡Tú cállate, estúpido mantenido! –dice el pescador–. ¡Estoy cansado de ustedes, de sus reclamos y de que vivan a mis expensas!
– Entiendo que estés enojado. Pero no lo has pensado bien –dijo Anne mientras John recogía la ropa del suelo–. Estás viejo y enfermo, y nosotros no podemos cuidarte. ¡No seas egoísta!
– Ésta es mi casa, ¡y tú no mandas en ella! –exclama el señor Richardson con los ojos encendidos.
Anne y John se miran estupefactos el uno al otro. Nunca antes habían visto así a Richardson.
Han pasado tres días de esta pelea. Hay poca neblina y las estribaciones lucen con vanidad sus galas de fuchsias primaverales. El señor Richardson fríe un pescado en su cocina, camina al refrigerador y se destapa una cerveza. Ya no teme hacer rechinar la duela bajo sus pies. La vida es buena en Tofino.

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