En el final de los tiempos

Por Maik Granados

El eco de la caída de una gota emanada desde el interior de una de las estalactitas de aquella cueva, replicó incesante. Noé, un ermitaño cuarentón, se había refugiado en ese sitio desde hacía varios meses. No le molestaba la poblada y desaliñada barba en su mentón, de hecho casi nada en aquel sitio le causaba desagrado. Sin embargo, no soportaba la idea de compartir aquel reducto de supervivencia con otra persona. Para él, esa convivencia fue lo que dio al traste con todo. Establecer una relación con límites y posibilidades con especies extraterrestres, expuso a la raza humana a la extinción.

Las mucosas acumuladas en su garganta le provocaron apneas, el tiempo recluido en aquel húmedo lugar, había mermado su sistema respiratorio, los bloqueos de oxígeno eran frecuentes, y los suministros acumulados estaban a un ápice de la escasez. Aún con los pronósticos en contra, Noé no abandonaría su refugio, pues la monotonía de las tareas necesarias para sobrevivir dentro de aquella cueva, era mucho mejor que enfrentarse a un holocausto de proporciones globales.

Los invasores habían exterminado casi por completo a los humanos. En la radio sólo se escuchaba la estática de las ondas hertzianas. La única diversión de Noé en aquel agujero, era un viejo ejemplar de «la guerra de los mundos», de H. G. Wells, y un mazo de cartas arrugadas.

Habían pasado poco más de dos semanas, desde la última vez que Noé tuvo contacto con el exterior. Fue en el umbral de su escondite, cuando uno de los invasores, muy parecidos a los mencionados en los textos de Wells, atrapó con sus tentáculos metálicos a una chica que intentaba escapar. Vio como la desmembró con violencia para devorarla, hasta que la joven expelió un último grito ahogado. Aquel hecho significó poco para él.

Noé había estudiado a aquellos seres, conocía sus puntos débiles y podía, sino matarlos, por lo menos inhabilitarlos el tiempo suficiente para alejarse de ellos, sin embargo quedó quieto, impávido, sabía que, al salvarle la vida a esa mujer, perdería su apreciada soledad, además sería un hecho, eventualmente, y bajo las circunstancias de la extinción de toda civilización en el planeta, ella buscaría intimar con él para preservar la especie a como diera lugar. Tendrían hijos, crecerían las responsabilidades y tal vez su clan establecería un nuevo linaje sobre el planeta. Eso no figuraba en los planes de Noé. Por eso viró hacia el interior de la cueva para preparar la cena. Dio la espalda al caníbal invasor y a la última mujer sobre la faz de la Tierra.