Antes de morir Rosita

Por Marisol Ruíz Arnot

Fue un viernes 30 de abril cuando ocurrió el accidente en el que Rosita perdió la vida, arrollada por el ferrocarril en el cruce de las avenidas Inglaterra y Washington. Las notas en los diarios reportaron que la jovencita, al llevar los audífonos puestos, probablemente no escuchó el sonido de la locomotora y atravesó las vías sin mayor cuidado. Rosita llevaba puesto su uniforme escolar: una falda y un suéter color guinda, unas calcetas blancas y zapatos de goma color negro. Tenía apenas catorce años y cursaba el segundo de secundaria. 

Antes de morir Rosita había salido de casa decidida a no acudir al colegio. Necesitaba pensar sobre lo que le había sucedido esa misma mañana. No le era posible describir lo que sentía, pero era algo caliente que le quemaba el estómago y le aplastaba los pulmones. No sabía si contarle a su madre, “Seguro estabas soñando, mija. No digas tonterías”, siempre le decía. 

Antes de caminar por las vías del tren Rosita se había detenido en una tiendita de abarrotes a comprar un par de cigarros sueltos. Había aprendido a fumar ese mismo año gracias a sus compañeros de clase, le habían dicho que fumar calmaba las tristezas. Caminaba con la cabeza gacha como si quisiera contar las piedras que chocaban contra sus zapatos. Fumaba y cantaba en voz alta como para no escuchar su propio llanto.

En ocasiones se detenía para tomar una piedra con sus manos y lanzarla lo más lejos que le permitían sus fuerzas adolescentes. Así deambuló por la zona un largo rato. Pensaba que la música en alto volumen le ayudaría a borrar de su mente aquella imagen, pero entre más se resistía al recuerdo, a este se le añadían detalles más nítidos.   

Antes de pasar a la tiendita Rosita salió de casa por la mañana. Su madre había ido a llevar a su hermanita a la escuela. Solo estaba su padre sentado en el sofá viendo el noticiario. Rosita salió a la hora habitual sin despedirse de él con un beso en la mejilla como solía hacerlo, como le habían inculcado. Se montó la mochila llena de libros y salió de casa dando un portazo. Su padre se giró hacia la puerta y solo logró ver la sombra de Rosita que pasaba por la ventana junto a la puerta, se encogió de hombros, le dio un sorbo a la cerveza que apoyaba sobre su abultado estómago y subió el volumen del televisor. 

Antes de salir de casa, la alarma que despertaba a Rosita para irse al colegio había sonado. Con los ojos aún llenos de lagañas, tomó una toalla y se metió a la regadera. Se desnudó mientras esperaba a que saliera el agua caliente. Se frotaba los ojos para espabilarse y tentaba el agua con los dedos del pie. Una vez que el agua estuvo templada se metió a la ducha. 

Luego de enjuagar la espuma del champú en su cabello y en cuanto pudo abrir los ojos, logró ver una mano sobre la ventanita del baño que daba al pasillo de las habitaciones. La mano sostenía un teléfono móvil que apuntaba hacia la regadera. En la dirección justa donde se encontraba el cuerpo desnudo de Rosita. 

Rosita no gritó. Recorrió la cortina de plástico dentro del cubo de la bañera y se quedó quieta. Tomó la barra de jabón y volvió a lavar su cuerpo, una y otra vez. Hasta que el jabón se deshizo casi por completo. 

Antes de que Rosita cumpliera catorce años, y cuando su cuerpo de niña comenzaba a transformarse, notaba algo raro en la mirada de su padre. Especialmente cuando se quitaba el suéter escolar y se quedaba en camiseta blanca. O cuando en verano se ponía pantalones cortos y blusas de tirantes. “Te estas imaginando cosas, mija. No digas tonterías”, le decía su madre. 

Antes de los cambios en su cuerpo, y cuando Rosita tenía ocho años, había nacido su hermanita. “Es normal que sientas celos de tu hermanita, pero debes saber que tu padre te ama tanto como a ella”. 

Antes de nacer su hermanita, cuando Rosita apenas tenía cuatro años, recordaba entre sueños la boda de sus padres. Por más que se esforzaba no había en su memoria recuerdos anteriores a esa edad. 

Antes de casarse los padres de Rosita tuvieron una conversación importante sobre el futuro de la pequeña.

“Cuando crezca la niña… ¿Le diremos la verdad? ¿Le diremos que no soy su verdadero padre?”

“No, es mejor así. Para ella tu siempre serás su padre”.