Minificciones cuarentales

Entre gritos y susurros

Por José de Lómvar

Entre gritos y susurros, argumentos y contra argumentos que descubrían el hilo negro del COVID-19, (SARS-CoV-2 o coronavirus) y de la economía, Jalil Hernández se sintió estresado. Para aliviar su pena, se comió una hamburguesa y regó el jardín. El mundo continuó colapsando.

Desconfinados

Por Maik Granados.

–Mami, estoy aburrido.

–¿Ya hiciste tus tareas de la escuela? ¿Ingresaste las respuestas al ordenador?

–Ya, mami.

–¿Y los ejercicios del vídeo de educación física?

–Ya, mami.

–Entonces, juega un rato con tu robot.

–No, no tengo ganas.

–¿No quieres ir a dónde el domo?

–¿A qué? Ahí no hay nada interesante.

–Bueno, tal vez puedas ver las auroras.

–Pero mami, la Tierra…

–¿Qué hay con la Tierra?

–La extraño, extraño nuestra vieja casa y a mis amiguitos.

–Mi amor, yo también extraño mi vida ahí, pero sabes muy bien que no podemos regresar, no hay modo, nos enfermaría hacerlo. Aquel virus…

–Lo sé, mami, es sólo que estoy aburrido.

–Mira, hagamos algo, ayúdame a preparar la cena para papá y ya que llegue de labores, le pedimos que nos deje pilotear la nave un rato.

–¿Podré hablar con Annie?

–Me parece bien, sólo espero que sus padres aún no le hayan enviado a la cama.

–Está bien. Mami, ¿te puedo preguntar algo?

–Sí, dime.

–¿También en Marte sale la luna?

De puerta en puerta

Por Alejandra Maraveles

–¿No me invitas a entrar? –el misterioso hombre de piel tan blanca que casi parecía transparente, me miraba a través del vidrio de la puerta del patio.

Pensé en todo aquello que me habían dicho desde pequeña, “No hables con extraños”, “No des datos por teléfono”, “No te subas a carros ajenos” … entre un sinfín de reglas y preocupaciones que mis padres me habían dictado.

–Nadie quiere invitarme –su voz aterciopelada me traspasó como si fuera una corriente de electricidad.

Sus ojos con un tinte rojizo lo hacían ver seductor, entonces sonrió dejando ver sus crecidos colmillos por las comisuras de la boca.

Entonces recapacité, estábamos en cuarentena, la idea era que no saliéramos, nunca dijeron nada sobre prohibir la entrada, emocionada por tener compañía abrí la puerta y lo invité a entrar. 

La falsa oscuridad

Por Missael Mireles

Todo estaba ahí, frente a mí, en todos rincones, en cada esquina, de eso estoy seguro. Los penetrantes ojos, que apenas quebrantan la espesa oscuridad que me rodea cual luciérnagas bajo el manto de la noche, los macabros susurros, los gritos, los gruñidos, las risas… 

No resisto más. Intento escapar. Siento una misteriosa brisa fresca al abrir la puerta. Y me percato de que el día es cálido, acogedor. 

Entonces lo supe: todo estaba ahí, en mi propia mente, más no en la realidad. Fui víctima me mis inexistentes miedos, de mi falsa oscuridad. 

De lengua

Maggo Rodríguez

–Amor, dice el doctor de la tele que los besos de lengüita no están permitidos.

–No te preocupes, cariño, mientras no prohíban los tacos de la misma, todo está bien.

La soledad de la ciudad

Maggo Rodríguez 

Me duele ver la soledad de la ciudad, sin embargo, algo bueno es que las rutas del transporte generalmente no van atiborradas de gente. Precisamente ayer tuve que tomar un camión para ir a la oficina y sólo íbamos cuatro personas y el chofer. Insisto, algo de lo bueno de esta cuarentena interminable es que casi no hay gente en las calles y así, nadie pudo burlarse de mí cuando me caí al bajar del camión.

El pequeño Marcus en cuarentena

Por Nicte G. Yuen

La cuarentena había llenado de euforia al pequeño Marcus, de hecho, todos en casa estaban rebosantes de alegría; después de todo, la última gran pandemia había sido gracias a la peste negra, y de eso ya hacía algunos siglos. Papá vampiro llevaba cinco noches seguidas hablando de lo genial que fue viajar por Europa durante aquella época, transitar por calles atestadas de cadáveres, sentir en el ambiente una deliciosa mezcla de olores nauseabundos, llanto y sufrimiento; provenientes de hombres, mujeres y ancianos. Hubiera tomado algunas fotografías para guardar tan buenos momentos, pero aún no se inventaba la cámara fotográfica, y ponerse a pintar alguno de aquellos paisajes al óleo le hubiera implicado demasiado tiempo, y ya saben ustedes cómo es la relación del tiempo y los vampiros. 

Mamá vampiro también agregó a la velada los recuerdos de su travesía por Sudamérica cuando el cólera estaba matando humanos por centenares, pueblos enteros condenados a muerte, sin la más mínima esperanza de salvación o de cura. Sin embargo, el pequeño Marcus era demasiado joven y no había vivido ninguna pandemia, hasta ahora. 

Sus vecinos zombies y sus padres se pusieron de acuerdo para salir a vagabundear por la ciudad, tenían que aprovechar la cuarentena y el toque de queda impuesto a los hombres; quizá hasta tendrían tiempo de estirar las piernas, observar las luces artificiales y zamparse uno que otro humano que anduviera donde no debe estar, o sea, fuera de casa en tiempos de encierro.

El pequeño Marcus y sus hermanos se vistieron con sus mejores galas, peinaron sus cabellos y desentelarañaron sus cuerpos, elevaron alabanzas al gran Señor Drácula, padre de todos los no muertos, y limaron sus colmillos como era la costumbre familiar; después sobrevolaron la carretera hacia la ciudad.

Aquella fue una noche encantadoramente sangrienta, la familia de zombies comió cerebros hasta hartarse, y llevaron a casa una docena de dedos gordos para desayunar al día siguiente. Papá vampiro estaba sorprendido con el extenso buffet de humanos de habían conseguido para cenar, al parecer eso de quedarse en casa no se las daba muy bien. 

El pequeño Marcus, antes de irse a dormir, pensó que había sido una gran idea no dejar todo el trabajo al pobrecito virus, después de todo, ellos podían matar a los hombres en cuestión de minutos.

Y NO VIVIERON FELICES PARA SIEMPRE