La mujer equivocada

Por Maik Granados

Sentí su mirada incrustándose en el centro de mi espalda. La reacción inmediata, sin disimulo, fue girar la cabeza… Ahí estaba ella, con sus ojos púrpuras hincados sobre mí. Busqué sus negras pupilas con el anhelo de sorprenderla en el atisbo, pero se escondió detrás de un libro de cálculo diferencial que utilizó como embozo.

Ella no era muy popular, pocas veces le vi interactuando con otras chicas y ni que decir de los chicos. Era considerada la «rara» de la escuela, con su facha gótica, vampiresa de piel blanca en extremo, el cabello profundamente negro y sus ojos, únicos, parecían tintarse de violeta, dependiendo de la cantidad de luz que se proyectará en su rostro.

En el culmen de la tarde, cuando el timbre anunció el final de la rutina, viré hacia atrás de mi en la fila de bancas donde ella se sentaba. Se esfumó, aún había otros alumnos en el salón de clases empacando sus pertenencias, pero ella no estaba. Salí al pasillo, ella huía dándome la espalda, me empeñé en alcanzarla, pero un mar de adolescentes lo impidió. 

En la calle, ni rastro de aquella chica, tal vez le habían salido un par de alas de ángel y había emprendido el vuelo… Nunca lo supe. Algo en ella había secuestrado mi interés. Esa noche, mientras contemplaba el techo de mi alcoba en medio de la penumbra, tendido en mi cama, recordé sus ojos, hipnóticos, un par de amatistas barrocas, enmarcadas por una cara fina y afilada, esculpida por la naturaleza en perfecta simetría.

Al día siguiente, llegué al instituto mucho más temprano de lo acostumbrado, ensayé mis acciones y mis frases por si acaso existía un encuentro. Los minutos discurrieron y el reloj marcó el inicio de la jornada, la guardia que había montado no fructificó.

En el almuerzo, me senté en una de las mesas de la cafetería, con el afán de adelantar las tareas y gozar de la tarde libre. Me puse los audífonos. Una balada de Adele sonó en mis oídos: When we were young… Y ahí estaba ella, otra vez, con sus ojos violáceos postrados sobre mí, desde el otro extremo de aquel lugar. Me levanté para acercarme y ella, de inmediato, se levantó y salió de ahí como si hubiese visto un fantasma. De nuevo la persecución, pero ahora un ejército de mesas y de sillas se interponía en mi camino. Salí. En el patio del instituto, no hubo indicios de ella, tal vez ahora se había convertido en un espectro, y había atravesado las paredes de las aulas sin dificultad… Nunca lo supe.

Cercana la tarde y sin pendientes en mi agenda, aposté por una práctica de tiro en la cancha de baloncesto del gimnasio de la escuela. El lugar lucía semivacío. Por un lado el intendente limpiaba la duela de los rastros de sudor, producto del último entrenamiento del representativo escolar, en otro extremo un grupo de animadoras afinaba los detalles de una coreografía, y esparcidos en varias butacas había muchachos con carcajadas sonoras, colegialas entorno a una pantalla celular y uno que otro superdotado escribía en su cuaderno mientras escuchaba música.

Y ahí estaba ella, de nuevo, con sus ojos púrpuras postrados sobre mí, en lo más alto del graderío, nerviosa sostenía unas hojas con el texto Miriam de Truman Capote, se embozó el semblante con ellas y quiso aparentar el incógnito. Paré de encestar y corrí por las escaleras para aproximarme, ella corrió hacia fuera, como si quisiera perderse, así lo había hecho antes, más esta vez pude olfatear la estela de su perfume, y la vi internarse en la biblioteca, mientras el sol se despedía de su corona luminosa.

No había volado, tampoco había traspasado las paredes… Eso sí lo supe.

En la biblioteca, sus rápidos pasos susurraban contra la alfombra, era fácil ubicarla, pero el silencio rotundo estremeció mis entrañas. Nervioso, pensé en lo que iba a decirle, quería conocerla, también quería invitarla al baile de graduación.

Y ahí estaba ella, frente a mí con sus ojos lilas observándome, con el semblante trémulo. Estrujó sus libros y las hojas que cargaba contra su pecho. No expresó ni una palabra. Impávida contuvo la respiración. La arrinconé contra uno de los estantes, miré sus bellos ojos y descubrí un miedo terrible en ella. Asustado replegué mis paso. Ella soltó sus cosas, y huyó. Lloró dejándome sólo en aquel pasillo, rodeado de libros.

Me puse en cuclillas para recoger sus pertenencias. Contrariado, reflexioné en lo sucedido, yo no quería asustarla, sólo quería conocerla. Me puse de pie y entre sus documentos, había un viejo periódico que en su portada mostraba mi foto. En el encabezado se leía: Hijo de importante familia, se suicida en colegio, fue por amar a la mujer equivocada, según carta póstuma del muerto.

2 comentarios sobre “La mujer equivocada

  1. Muy buen texto, me tuviste en suspenso y jamás pensé lo que pasaría, el final me hizo recordar a la película de “Los otros”, la ambientación y creación atmosférica que creaste enaltecen el ánimo intrigante del lector, eso fortalece tu historia. Felicidades

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  2. Me encantó la literatura de hoy… Sobre todo la moraleja de la “Mujer Equivocada” … Me senti un poco cansado de tanta persecusion pero el final nunca me lo espere.

    Gracias por el favor de su escritura.

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