La bandera de Soli

Por Marisol Ruíz Arnot

A mi tricolor lábaro patrio

Se levanta en el mástil mi bandera
como un sol entre céfiros y trinos,
muy adentro en el templo de mi veneración
oigo y siento contento latir mi corazón.
TOQUE DE BANDERA

—Abanderada, un paso al frente… ¡Ya! Saludaaaar… ¡Ya!
En un rincón de aquel patio rodeado por jardineras de concreto, reventado ya por las gordas raíces de los ficus, tomaba entre sus manos el palo de una escoba rota. Muy derechita y con la mirada fija en el horizonte, Soli hacía la función de comandante y abanderada al mismo tiempo.
—¡Atención, escolta! Firmeeees… ¡Ya! Saludaaaar… ¡Ya!
Desde que estaba en cuarto grado le hacía ilusión ser parte de la escolta del colegio. Todos los lunes observaba con admiración a las niñas más grandes, las de sexto grado, que marchaban parejitas por todo el patio principal. Le hubiera encantado ser la abanderada, aunque cualquier cargo de la formación le entusiasmaba de igual manera.
—Cubrir abanderada… ¡Ya! Paso redoblado… ¡Ya!
Daba un paso al frente haciendo sonar sus zapatitos negros contra el asfalto agrietado de la cancha de básquetbol para luego entonar el “toque de bandera” y comenzar la marcha.
Es mi bandera la enseña nacional
son estas notas su cántico marcial.
No era la primera vez que el intendente, al que los niños de la primaria mixta Francisco Villa 475 llamaban Cuasimodo (porque además de tartamudo era jorobado), la observaba de lejos. Se detenía a medio patio con el tambo de basura por un lado y una escoba de paja por el otro. Movía la cabeza de lado a lado. Soli, sin interrumpir su marcha, se llevaba el dedo índice a la boca para pedirle a Cuasi guardar el secreto.
“O-o-o-otra vez esta niña ma-ma-marchando co-con la escoba”, decía Cuasimodo y seguía su camino, sin dejar de menear la cabeza, hasta atravesar la explanada y perderse entre los contenedores de basura que daban a la parte trasera de las aulas. Él sabía que Soli debía estar en el salón de clases, como el resto de sus compañeritos, y no practicando los honores a la bandera, pero Cuasi era buen amigo y cómplice. A veces, en el recreo, dejaba de barrer las hojas de los árboles y se escapaba para jugar a las canicas con los niños. Ella también le guardaba esos secretos.
—Flanco derecho… ¡Ya!
La pequeña acortaba el paso y, alzando las rodillas, contaba hasta seis al tiempo que giraba su cuerpo a la derecha. Al dar el séptimo paso ya debía estar completamente volteada para luego seguir marchando en línea recta. Se había aprendido los pasos desde unos meses atrás, cuando había pasado a sexto grado. “Más vale estar preparada”, decía siempre.
Desde niños sabremos venerarla
y también por su amor, vivir.
Con la mano derecha sostenía el palo de madera pegadito a su pecho (tal como llevaría el asta de la bandera) y el brazo izquierdo, tan extendido como sus piernas, lo aventaba con fuerza hacia el frente y hacia atrás y continuaba cantando.
Como rayo de luz se eleva al cielo
inundando a través de su lienzo tricolor
inmortal nuestro ser de fervor y patrio ardor.
El lunes era su día preferido, cuando se rendía honores a la bandera a la diez de la mañana. Llegaba a clase más temprano de lo habitual y con el uniforme escolar impecable. Únicamente para esa ocasión pedía a su madre que le planchara la falda para que las líneas de los pastelones quedaran bien hechecitas. Le pedía también que le hiciera un moño con listón blanco para ponérselo en la cola de caballo; todas las niñas de la escolta debían portarlo. La noche previa, retocaba con aceite y una esponja el charol de sus zapatos, y buscaba en su armario las calcetas blancas menos percudidas. “Más vale lucir perfecta”, pensaba.
Uno de esos lunes la pequeña observó la butaca vacía de Aureni, la comandante oficial de la escolta. Las clases iniciaban a las ocho, pero se dieron las ocho treinta… las nueve… las nueve treinta; el asiento seguía sin ocupar. Soli cruzaba los deditos de ambas manos por debajo de su pupitre, deseaba que no llegara su compañerita. Repasaba en su mente las órdenes que debía dar al marchar. “Cubrir abanderada… ¡Ya!”. Más valía estar preparada y atenta.


Cuando daba inicio el ciclo escolar, el maestro de Educación Física, Chava, había interrumpido la clase de Geografía para pedir a la maestra Mago nombrar a las seis niñas que tuvieran mejor promedio de la clase. La profesora tomó su lista y comenzó a llamarlas a ponerse de pie. La segunda con mejor promedio era Soli. Se había esforzado para obtener buen promedio al llegar a sexto y lo había logrado: 9.5 y cuadro de honor.
Una vez las seis niñas de pie, el maestro Chava avanzó hacia la línea que formaban delante del pizarrón y se colocó frente a ellas; caminaba hacia atrás y hacia adelante dentro del aula. Apoyaba un brazo en su barriga abultada y con la otra mano se sobeteaba la barbilla. Parecía como si tomara medidas milimétricas cuando inclinaba la cabeza, cerraba un ojo y abría el otro grande con la ceja bien estirada. Notaba que la formación de las niñas era algo irregular.
—Son unos quince centímetros de diferencia —murmuró el profesor.
Las niñas se miraban unas a otras y levantaban los hombros. El cuchicheo de los compañeros de clase, que lanzaban recaditos, se fundía con el alboroto de los gorriones apilados en la copa del árbol que restregaba sus ramas en los cristales de los salones de la segunda planta.
Al cabo de un rato, el maestro Chava pidió a la profesora que nombrara a otra niña que tuviera buena nota, la siguiente en la lista era Aureni con apenas 8.2.
—Tal vez pueda ser suplente algún lunes si una de ellas se enferma —dijo por fin el maestro Chava al tiempo que le daba una palmadita en el hombro a Soli y le hacía una seña para que regresara a su asiento—. Por lo pronto, me llevaré a estas seis niñas para comenzar a entrenarlas.
La maestra Mago miró a Soli, arrugó las cejas y le hizo una mueca para mostrar empatía. Sentía pena por ella pues había sido testigo del esfuerzo invertido para alcanzar la nota y poder formar parte de la escolta, pero había sido en vano. Se había quedado a quince centímetros de estatura de cumplir su sueño. La pequeña se encogió de hombros, regresó a su sitio con la cabeza gacha y los dientes apretados contra los labios para no llorar. Vio salir a sus compañeritas del aula, saltando, chocando las palmas unas con otras. Ellas serían la nueva escolta oficial.


Al sonar el timbre de los honores, la butaca de Aureni seguía vacía. A Soli no le daba gusto que alguna de las niñas enfermara, pero le entusiasmaba saber que podía estar más cerca de la bandera tricolor al menos por una ocasión. Todos los niños salieron disparados a buscar su formación en el patio central, mientras que las niñas de la escolta se preparaban en un costado de la explanada. Soli se acomodaba la falda, revisaba que sus zapatitos estuvieran presentables y su cabello bien relamido hacia atrás para no desentonar con el resto de las niñas. Y justo antes de que el director de la primaria terminara las efemérides y diera comienzo el Himno Nacional, entró corriendo por un costado del patio la comandante Aureni, se colocó en formación mientras se acomodaba el listón blanco del cabello. No se había enfermado. La madre entró unos segundos más tarde y se disculpó por haber llevado tarde a su hija; dijo que habían tenido un imprevisto.
El maestro Chava, que supervisaba el acto desde la segunda planta como si de un director de orquesta se tratara, le hizo señas a Soli para separarse de la escolta y que acudiera con el resto de su grupo. Ya no era necesario que supliera la posición.
“Tal vez pueda ser suplente si alguna de ellas se enferma”, recordaba Soli todos los días sin dejar de practicar. Ensayaba la marcha al menos dos veces por semana. Escapaba del salón de clases antes del recreo y con el pretexto de ir al baño. Ya faltaba poco para que terminara el ciclo escolar y se graduara de ese colegio, pero pensaba siempre que más valía estar preparada.
Es mi bandera la enseña nacional
son estas notas su cántico marcial.
—Altooo… ¡Ya!
Se detenía con paso firme al sonar el timbre de recreo y, antes de que sus amiguitas la descubrieran marchando con un palo, Soli suspendía el ensayo y corría a esconder su bandera en el cuartito de los tiliches de Cuasi, donde su secreto estuviera bien guardado.
Desde niños sabremos venerarla
y también por su amor morir.

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