NUEVAS Y MÁS TERRIBLES DESVENTURAS DEL CONEJO DE FELPA

Por Nicte G Yuen

Una infinidad de tamaños de cajas de cartón y maletas comenzaron a acumularse en el pasillo y en las habitaciones de la casa, yo fui testigo del ajetreo, sentado como suelo estar, desde la estantería más alta del librero. Los chicos fueron sacando cosas de los cajones y los roperos días antes de traer las cajas, los plumones negros y las cintas adhesivas. Comprendí entonces que el curso de los días estaba a punto de cambiar; lo cual me tenía muy entusiasmado, lástima que mi boca bordada en hilo negro no podía tener una sonrisa más amplia y festiva, así que me conformé con mantener la misma expresión con la que fui hecho. Mi dueño también andaba a las carreras, saque y saque ropa, mirando el reloj y torciendo la boca; deseando seguramente haber pasado menos horas jugando con sus videojuegos o roncando bajo las cobijas. El asunto es que en un estirón de manos, terminé refundido en una maleta junto a una bola de ropa sucia que olía a sudor, lodo y pasto. Mi única compañía en aquellos días de oscuridad y pestilencia fueron los ronroneos del gato que gustaba de tomar su sienta echado sobre la maleta. Extrañé tanto la estantería y las casas que alcanzaba a divisar desde ahí, que me sentí el muñeco más infeliz del mundo, entonces quise sustituir mi sonrisa por una mueca de inconformidad. Mucho tiempo después, no sé cuánto, la maleta se puso en movimiento, había llegado la hora de irnos, adónde, no sé; pero al menos no había terminado abandonado a mi suerte o tirado en el basurero comunitario.

Muchos golpeteos después, mi dueño por fin volvió a abrir la maleta donde yo me encontraba, medio asfixiado debido a la intensidad de los malos olores que se escapaban de aquella ropa lodosa. La luz del sol iluminó mis ojos negros de botón y mi sonrisa de hilo negro, regresándome el alma al cuerpo, y de poder hacerlo, hubiera cambiado mi mueca de inconformidad por una sonrisa festiva. Fui sacudido, vuelto a sacudir y hasta restregado contra la pared, en un intento del chico por sacarme de encima el lodo que se me había pegado en aquel encierro llamado maleta… Condenado conejo cómo te fuiste a ensuciar, uff hueles asqueroso, ahora voy a tener que bañarte, mmm, bueno después de tres años ya te hace falta pasar unos días en jabón. Le quise recordar a todos sus antepasados, no solo a su madre, pero antes de reaccionar ya me había sumergido en una tina repleta de agua y de un espeso color azul que provocaba exceso de burbujas, claro junto con el montón de ropa sucia que usa para jugar futbol.

Aquella semana que pasé en remojo escuché el mismo comentario de parte de mi dueño, ah que flojera, mañana sin falta te doy una buena tallada conejo, un poco más de remojo no te cae mal. De hecho, creo que dure diez días en aquella tina antes de ser colgado de mis largas orejas en uno de los tendederos. Obviamente su ropa de fútbol no corrió con la misma suerte que yo, claro, como eso si le urgía, al día siguiente lo vi desde las profundidades del agua jabonosa, talle y talle tratando de quitar hasta la última mancha de lodo de sus playeras y calcetines.

Cuando estuve seco y volví a tener un cuerpo limpio y esponjoso, mi dueño, a quien su madre suele llamar amorcito, anduvo de aquí para allá buscando un buen lugar, fuera de su vista debo puntualizar, para colocarme en su cuarto nuevo. La verdad es que con el paso del tiempo me terminé acostumbrando a la falta de afecto por parte del chico; después de todo, yo había sido un regalo desagradable; creo que él esperaba un balón de fútbol, unos guantes de portero, la playera de la selección o lo que fuera menos un conejo de felpa. Mira nada más qué lindo conejo, recuerdo que le dijo a su novia cuando ella llegó conmigo envuelto en papel metálico para celebrar su primer aniversario… Tiene cara de Filomeno, debería llamarlo así… ¿Filomeno? ¡En serio! El caso es que nunca volvió a llamarme así, normalmente me dice condenado conejo, maldito conejo o usa algún adjetivo despectivo. Me imaginó que apenas rompa con su novia un día de estos, yo terminaré en el bote de la basura o en un bazar de caridad.

Pasando a cosas más desagradables, es momento de hablarles de la hermanita de mi dueño, princesa, una niña chillona, gritona y mandona como no he conocido otra en mi corta vida de conejo de felpa. Creo que el gato, la mascota comunitaria de los amigos con quienes vivía mi humano, era menos monstruoso que esa pequeña. Ojalá pudiéramos intercambiar a princesa por el señor ronroneo, ojalá. Esa niña es el mismísimo demonio en dos colitas, nomás de verla pasar tiemblo todito, quisiera gritar y pedir ayuda, pero mi sonrisa bordada en hilo negro no coopera. Y tengo justa razón para entrar en pánico al verla, en nuestro primer encuentro terminé sirviéndole de almohada, un par de días después quedé con medio cuerpo embarrado de mermelada de fresa, y pasé una semana en agua jabonosa, y otra semana colgando del tendedero hasta que la mamá de mi dueño se apiado de mí y me regresó al cuarto. A la siguiente oportunidad que tuvo princesa me pintó las patas de rosa y morado, y regresé a las profundidades de la tina; para ese momento ya me estaba quedando con mis ojos negros de botón desgastados de tantos tallones contra el lavadero, y ni qué decir de la consistencia esponjosa de mi cuerpo.

Quisiera contarles otras tantas de mis desventuras, pero no quiero provocarles pesadillas.

Un par de meses en casa de los padres de mi dueño, en compañía de su endemoniada hermanita, no me prepararon para la más terrible de mis desventuras; sucedió una fría mañana de principios de Diciembre, cuando la niña me tenía sentada sobre la mesa del comedor, mientras el chico roncaba bajo las cobijas, tal y como era su costumbre hacer los fines de semana. Ahí estaba yo, asustado internamente, porque mi sonrisa bordada en hilo negro seguía intacta, sin atreverse a reflejar mis verdaderos sentimientos de conejo de felpa; cuando vi que princesa sacó sus tijeras escolares de un estuche con brillitos, auxilioooooo, alguien ayúdeme, auxilioooooo, quise gritar. Estuve a punto de desmayarme cuando sentí el primer tijeretazo sobre mi oreja izquierda, lo hubiera hecho de buena gana, pero los conejos de felpa son incapaces de perder la conciencia. Contuve el aliento, viendo caer al piso la mitad de mi oreja… auxilioooooo, humano despiértate… y tres tijeretazos después mi oreja derecha. Jamás en mi existencia felpuda había sido tan infeliz.

Cuando mi dueño se enteró del desastre que su hermanita había hecho conmigo le gritoneó hasta que se le terminaron las palabras y los insultos y los regaños y todo el coraje que sentía. A mí me dio gusto sentirme defendido, aunque tal cosa no me regresaba mis orejas a la normalidad, por lo que seguí sumido en la tristeza y la desesperanza, hasta hubiera preferido el basurero o ir a dar al bazar de caridad, lo que fuera que me alejara para siempre de esa niña.

La novia de mi humano trató de remendarme apenas vio el deplorable estado en que me encontraba… Deberías poner a Filomeno en el estante más alto que tengas, lejos de las manos de Anita, o me la voy a pasar cosiendo y volviendo a coser al pobre muñeco… Con toda la paciencia y el amor del mundo me volvieron a coser las mitades que me faltaban, me pegaron un par de ojos nuevos, incluso más grandes que los anteriores, me rellenaron un poco más las patas y la panza y me bordaron una sonrisa más alegre que la anterior. Lentamente, mientras las agujas entraban y salían de mi cuerpo, fui sintiéndome menos desdichado; aunque aún temía por mi existencia cuando princesa pasaba cerca de mí. Para mi fortuna, mi dueño me sentó en la estantería más alta, una donde quedará fuera del alcance de su hermana, y además tomó por costumbre echar llave a su cuarto cada vez que salía de casa.