Un mejor encuentro

Por E. Pérez Fonseca

Desearías tener un auto, sobre todo cuando llueve, mientras caminas a la parada de autobús, también cuando la ves pasar y detenerse en el semáforo, a la mujer del Mercedes; elegante y digna, con unos ojos tan profundos y oscuros… es cierto, nunca te ha mirado, pero tu imaginas todo acerca su vida. Alguna vez pensaste ir tras ella, tomarías un taxi, siga a ese carro, le dirías, el chofer te preguntaría si llevas dinero para pagar, entonces sacarías tu cartera llena de billetes, se los mostrarías y arrugarías la frente. Sería difícil seguirle el paso a su auto, pero el taxista sería hábil; después de veinte minutos por avenidas principales daría vuelta en una calle, descubrirías el edificio donde trabaja, te atreverías a darle propina al taxista y no te importaría llegar tarde al trabajo porque tú serías el dueño. Tu autobús aún no pasa, te da tiempo de soñar, pero la historia se te ha ido, quizá la retomes luego, por ahora sólo te queda recriminarte, por haber abandonado la universidad, estudiar ingeniería había sido tu sueño, sin embargo no fue nada fácil y acabaste desertando al primer semestre, preferiste trabajar en el taller mecánico, donde ganabas bien y podías salir los fines de semana a gastar en fiestas. El transporte ha llegado, te subes como puedes y te aprietas con el pasajero de adelante para que cierren las puertas del camión. Si hubieras terminado la carrera de ingeniería, probablemente tendrías un carro. Siempre quisiste un mustang, desde que lo recuerdas cuando eras un mocoso; te había llevado tu vecino a los arrancones, ese auto azul metálico que te había ensordecido desde el inicio de la carrera, lo habías deseado como si desearas a una mujer, pero ese sí sería tuyo, por siempre, las mujeres no, tu última pareja fue un caos, ¿quién había engañado a quién?, ni siquiera tú lo sabes, a pesar de que estaba embarazada seguías cogiéndote a otra, a Ruby, y tu ex, la madre de tu hija pequeña, a la mierda tu ex, ya ni siquiera sabes si es tu hija o de alguien más, pero no te importa, a pesar de todo, la niña te dice papá y te emocionas al verla, piensas cada mañana en la niña, esperando el fin de semana para verla. El autobús se detiene, te recorres y se sube más gente, aunque ya terminó el verano, el calor permanece, satura el camión de olores humanos, entre tantas personas, te es imposible saber quién es el que apesta a alcantarilla, al que le huelen los sobacos, o el que trae mariguana en su mochila, o la del perfume apestoso, ya estás acostumbrado, aun así lo percibes y piensas que si tuvieras un auto, no pasarías por esas. Sientes que te agarran el trasero, no es el clásico pasón, esta vez si te apretaron las nalgas, es tu compañero Fermín que le gusta manosear gente. ¡Qué onda!, te dice. ¿Todo bien? Chocan los puños. Al menos ya sabes quien es el de la mota. Desde hace tiempo, desde que la dejaste por las pruebas de antidoping en tu trabajo, el olor te desagrada, o te molesta que no aguantas el antojo, pero ya no puedes darte el lujo de perder otro trabajo. A Fermín no le importa. Si hubieras seguido estudiando te rodearías de personas valiosas y quizá trabajarías con la mujer del Mercedes, quizá algún día fuera tu clienta en el negocio que pretendes poner cuando juntes dinero suficiente, recuerdas que te falta bastante para poner tu tienda de autopartes, no lo descartas, pero… Es que la vida no te ha tratado bien, desde pequeño debiste trabajar y aunque no eras el único infante explotado, lo utilizas como pretexto, porque nunca tuviste lo mismo que tus parientes y tenías que ir a escuelas públicas donde además de aprender matemáticas, te enseñaron a ser un vago, a desconfiar de todos, si te ibas al baño, alguien se robaba tus lápices, si se te olvidaba tu suéter, alguien más se lo llevaba y no lo volvías a ver. Creciste en ese ambiente y te relacionaste con esos amigos, niñas sin otro ideal mas que salirse de su casa, niños tomando alcohol desde la secundaria, no lo niegues, te gustaba hacerlo y también lo presumías como un logro. En cambio, la mujer del Mercedes, ella debió haber ido a clases de música, en la primaria le debieron haber enseñado idiomas y en su casa había muchos libros, cuando en la tuya, únicamente se podían leer las revistas del corazón y los periódicos de nota roja. Por la ventana percudida de grasa y graffiti ves el edificio antes de tu bajada. Le das un empujón a Fermín y se abren paso entre la multitud dentro del camión, tienes que empujar al cholo y aventar al niño de la mochila. ¡Bajan! El aire fresco de la mañana que apenas habías respirado, de pronto se impregna con humo del escape. Caminas hacia la fábrica, un día más moviendo el montacargas con sacos de harina. Te formas en el ingreso para que te revise el de seguridad. De forma increíble ves el Mercedes, después identificas a la mujer, se ha detenido al lado tuyo, en espera de que abran el portón de la fábrica de chocolates donde mismo que tú laboras. ¿Quién era la del Mercedes?, le preguntas al guardia. Qué le importa, responde. Al principio te avergüenzas, en seguida te encabronas. No me hable así, te devuelves y lo empujas. Cae de espaldas al piso. ¿Qué te pasa, hermano?, grita Fermín, alguien te sujeta y te derriba al piso, te alcanzas a zafar y pateas al otro guardia, el golpe lo ha dejado inconsciente, Fermín te habla, no lo escuchas porque tu quieres seguir en la pelea y después de varios pueñetazos en el rostro, te someten, primero te mareas y después pierdes la nitidez, todo se vuelve nublado, después oscuro. Llegarías al edifico donde trabaja la mujer del Mercedes, ese día, irías vestido de traje y la esperarías en recepción, al paso te le acercarías. ¿Qué se le ofrece?, te diría la mujer. Tengo una empresa que se dedica a la venta de autopartes y veo que usted es la gerente de compras de la agencia de autos, dirías mientras sacas tu tarjeta de presentación. Me agrada su perfume, te diría la mujer. Ese día te habrías puesto una loción italiana que habrías comprado en tu último viaje, le darías la mano y te diría su nombre. Enfrente de ti, en lugar de la mujer bella, encuentras el rostro demacrado de Fermín, la última cachetada si te dolió, te pones de pie y caminas al lado del guardia con las manos amarradas. Te llevan, primero a enfermería, después a recursos humanos. Ahí encuentras a la mujer del Mercedes, está en una silla enfrente de ti. Te mira por primera vez, pero tu agachas la cabeza; ves tu camisa llena de sangre y tu pantalón manchado de aceite y tierra.

Desearías tener un auto, habría sido un mejor encuentro.

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