Cadáver exquisito (fiestas patrias mexicanas)

¿Qué es un «cadáver exquisito»?

Con un asomo de sueño, el cabo Rojas inició su guardia. Era su turno de cuidar a los demás. Pensaba en lo complicado de la misión para hacer a un lado la natural necesidad de acudir hasta donde los brazos de Morfeo. Buscaba en su interior aquel motivo que lo llevó a enlistarse en el ejército mientras apoyaba su arma en el regazo. ¡Sí, ése era! El orgullo que sintió cuando recitó a la perfección el juramento a la bandera ese lunes 15 de septiembre, fecha en la cual había cumplido 11 añitos. La ejecución del juramento la pudo llevar a cabo, según recordaba, gracias al amor que sentía por el lienzo tricolor que la maestra Clarita había sembrado en las mentes y corazones de sus pupilos.

La maestra Clarita era una mujer joven, de rostro exótico, labios gruesos y una mirada suave que al mismo tiempo reflejaba una tristeza que callaba tan sólo en el ejercicio de sus labores docentes. Por eso el cabo Rojas la recordaba, por aquella mirada tan suya, tan triste. Y fue precisamente el viento de esa melancolía pretérita lo que irrumpió esa noche al pensar en sus compañeros que dormían: pensó en los avatares de cada uno, en las trampas de la vida que los habían llevado hasta ahí. Se sintió querido por ellos y suspiró. Suspiró con el corazón atado a una idea: que ahí, en el ejército, el pasado y el futuro no tienen derecho de pensamiento, tan sólo cabe la promesa de habitar un presente errático y fugaz.

Esa promesa que lo atormentaba, era volver intacto del campo de batalla a su casa, debía poder cumplirla, para volver hacer feliz a una de las personas más importantes durante toda su carrera. Esa persona que lo empujó a ser mejor cada día y a cumplir con todos sus deberes, lo hizo madurar. Ahora se enfrentaba en una guerra al peor enemigo que tenía todo ser humano, la muerte. Por eso anhelaba regresar. Cuando él se reclutó, pensó que enfrentaría muchos retos, pero jamás sintió que entregarse por su patria le dolería tanto como perder al ancla que lo mantenía en la tierra, que lo hacía recordar por qué estaba ahí.

Así pues regresó armado hasta los dientes, pero en el campo de batalla se encontraba vacío, para su gran sorpresa, no había rastro de su ejército. ¿A dónde podrían haber ido? Él comenzó sus pesquisas interrogando a todas las personas que encontró por su camino. Su sorpresa fue rotunda, al darse cuenta que nadie hablaba su idioma o el de su enemigo; al dirigirse a los templos, no reconoció a ningún santo, mártir, mesías o ungido. Su preocupación creció cuando su moneda no era aceptada por ser absolutamente desconocida; todo se hizo más tétrico cuando alguien por misericordia le dió de comer y los frutos no le sabían a nada. Desesperado él comenzó a buscar un espejo, el reflejo de él mismo le daría la respuesta que más temía.

Corrió desaforado por el campo de batalla. Esculcó algunos cadáveres, por sus correajes. Buscaba un espejo. Encontró una petaca plateada, sucia de sangre y barro. La limpió con su ropa y se buscó en el reflejo. Nada encontró.
Continuó la búsqueda desesperada por su imagen. A lo lejos, creyó ver un grupo de soldados atrincherados. Llegó con ellos y ninguno se percató de su presencia. Gritaba sobre sus oídos, pero su voz era insuficiente, se desvanecía en el viento contaminado.
Hurgó entre sus ropas, y derrotado como quien llega a la trágica confirmación de aquello que sospechaba. Vio en su cuello, sólo una de sus dos chapas de identificación. Allí sentado, asumió su muerte, asimiló lentamente el estado etéreo. Volvía a la percepción con la liviandad de no cargar con su quejosa anatomía.

Suponía que la muerte lo llevaría de viaje a lugares desconocidos para el hombre. Halló la suya con honores y con la sorpresa de siquiera enterarse, o recordarle.

-¿Qué plan tendrá la muerte, que me ha dejado olvidado aquí? -pensaba el Sargento.

Recordaba su infancia, cuando tenía apenas cinco años y su abuelo lo llevaba al campo a cazar conejos y güilotas. Él fue quien le había enseñado a disparar el rifle. También recordó a su padre; vestido de Sargento. Un honorable soldado que había muerto por su patria. Sintió orgullo por sus viejos.
“¿Será que ellos también están orgullosos de mí?”, se preguntaba el Sargento mientras, con las dos manos, levantaba puños de tierra. Tierra roja y amarilla que veía mezclarse con sus dedos y con el mismo viento que se llevaba todo.
Se levantó del suelo y comenzó a caminar hacía el poblado más cercano. Tenía la esperanza de poder recobrar su imagen en el reflejo de algún cristal de las casas, o los vitrales de la iglesia. Alzó la mano para despedirse de los soldados, por si acaso alguno pudiera verle. Ninguno regresó el saludo.

Al cabo de un rato, alcanzó su paso un hombre. Un anciano delgado y con la piel más pálida que sus largas barbas blancas. La mitad de su rostro estaba hundido en la sombra del grande sombrero que llevaba puesto. Sobre su espalda, cargaba una escopeta; y en la cintura, un morral con unas cuantas aves muertas.

—Ya no es como antes —se dirigió el hombre al Sargento. No es tan fácil cazar güilotas, con tanto plomazo que hay, se espantan y ya no vienen pa’ estos rumbos. Ya nadie viene pa’ estos rumbos. Nomás la muerte tiene el valor…y a veces, ni la misma muerte.

El anciano siguió con su monólogo sobre cuando las cosas estaban mejor.

—El campo verde, sin sombra de urbanidad, hoy la ciudad nos amenaza, no sólo a la naturaleza, también a nosotros… nos arrastra, es como un remolino que nos succiona… ¡nunca olvides de dónde vienes!

Era un niño y no comprendí lo que el abuelo me decía, yo sólo lo recordaba en aquella época que iba con el rifle sobre su espalda, de la misma forma en que mi padre había sido Sargento. Yo, yo no era nada de eso… mi abuelo se equivocó, la urbanidad nunca llegó al rancho, y yo era un simple muchacho con sueños de irme lejos, al igual que el resto de los compañeros de clase, las aulas se habían ido vaciando, todos se iban para los Estados Unidos, “Allá está la lana” decían todos, aquí no había muchas opciones, o te ibas pa’l norte o te unías a algún cartel; yo sabía que estaban reclutando. Los vi llegar, en sus camionetas cuatro por cuatro, con vidrios polarizados, todos traían sus botas y sus cintos piteados. Los vi como quien ve una leyenda convertida en realidad, en verdad existían… se parecían a los que presentaban en televisión.

Una voz dentro de mi cabeza, escondida en algún punto cubierto de amarguras y tragos de mezcal, me repetía que me uniera al cartel, que dedicara mi vida a despachar inocentes pal´otro lado… Inocentes, quizá al final de cuentas era lo único que me terminaba deteniendo de concretar esos planes de matón y traficante, justamente eso… Inocentes… Pos´no, no tenía la sangre ni lo bastante fría ni tan espesa para esos menesteres. Y luego estaba la otra opción, irte de mojado, cruzar el río Bravo y alcanzar “la tierra prometida”, esa que a uno le pintaba tan nice y que no era otra cosa que puritita porquería.

-En las entrañas del campo está el futuro hijito, aquí mero junto a los sembradíos de maíz y frijol. ¿Qué sería del mexicano si no tuviera raíces? ¿Qué sería de ti y de mí y de los nuestros con las raíces al aire?

¿Y qué sería del mexicano si no tiene futuro, ni pa’ tragar? ¿De qué chingaos sirven las raíces? Las raíces no salvaron a todos esos paisas que han muerto en cualquiera de las dos realidades que ya mencioné, de la desesperanza, del miedo, del derramamiento de su sangre, que, aunque digan que ésta tiene los colores de nuestra bandera, pos’ sigue siendo roja.

Y el rojo de nuestra tierra huele a café, a chocolate del hogar humeante, a nuestro mar de Cortés, a los verdes y fértiles valles padres de prodigiosos frutos, a caña y tequila, a mujeres hermosas, a frijoles charros, a chiles toreados, a aguacate y poetas noveles, a ciencia, a tecnología, a narradores incipientes, a tardes llenas de arreboles, a un sinfín de sabores cobijados por el manto de un Dios generoso porque sin pedir nada, se nos dio todo.

De la madriguera de tierra roja emergió el coyote, seguido por sus crías, una tras otra salían como paridas por el monte de la Sierra Madre Occidental. La mañana era fresca y el blanco aroma de la neblina inundó los pulmones de la hembra con el alimento sagrado. La leche fluyó por todas sus tetillas hasta satisfacer a los cachorros, que complacidos escaparon entre los verdosos cerros en busca del divino conejo tlachiquero.

Brincotearon y husmearon en la humedad del zacate en busca de rastros olorosos junto a un ocote, detrás de un abedul de arrogante follaje y al pie de unos riscos que serpenteaban entre la maleza, hasta que las suaves sacudidas de unas hojas los hizo detenerse en sigiloso silencio. Algo las jalaba, las mordisqueaba, les arrancaba la frescura amarga de su sabor y no parecía advertir las miradas de los coyotes.

El crepúsculo anunció entonces la llegada de la penumbra. En el fondo del peñasco los gritos, los acordes de la orquesta del mariachi y los estallidos de los cohetones ascendieron hasta las orejas de los salvajes caninos. Curiosos por naturaleza, asomaron sus narices hacia el horizonte.

No les importaron las estrellas distantes, estampadas en la negra noche, al menos hasta que los astros estallaron en el cielo cercano. Sabían que aquello no era una tormenta, pues no percibían el olor de la lluvia mezclada con la tierra del monte. El tufo era más parecido al que trae consigo la estampida equina anunciando la muerte, donde los sabuesos ladran eufóricos, buscándolos en huida furtiva.

En medio de la confusión, los perros descendieron por el monte. Círculos, zig zag, rodadas, lo que fuera con tal de dejar atrás aquel aturdidor sonido, cuyo objetivo era hacer volar sus corazones hasta el cielo al igual que todas esas chispas relucientes. Nada parecía ser suficiente, ni siquiera llegar refugiarse entre los matorrales.

A lo lejos, una serie de focos intercalados con adornos de papel los hizo reavivar la esperanza. Una hilera de mesas se disponía ante varias decenas de asistentes ansiosos por probar los sabores contenidos sobre los rebozos colocados a forma de mantel.

Sin aminorar las velocidad de su marcha, los sabuesos se colaron en la verbena, tratando de encontrar refugio bajo las mesas. Gritos de adultos, risas por parte de los niños y comida cayendo de las mesas directo a los hocicos de los hambrientos corredores.

El mortífero sonido comenzaba a extinguirse para dar paso a cientos de voces unidas en una:

¡VIVA MÉXICO!

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