La habitación 404

Por Maik Granados

El hálito salado de la costa coqueteó danzante entre las cortinas traslúcidas del balcón, en el cuarto 404 del hotel resort, donde Katherine inhaló complaciente el olor de la brisa oceánica, cuya esencia invasora de cada centímetro en aquel espacio alquilado, se mezcló con el aroma dulzón de su piel sudorosa.

Era la tercera noche de Katherine en aquella ribera tropical, a ella le pareció un sitio paradisíaco, además era, a su juicio, la justa recompensa que la compañía de servicios financieros le otorgaba, en la figura de convención, a ella y a otros empleados, por la cantidad de clientes afiliados a la firma en el último año.

El murmullo del mar estrellándose en la arena, penetró en la conciencia de Katherine, y la ancló de nuevo a la realidad, aletargada, reconoció en la lejanía al yate fiestero del complejo turístico, fuente de la estridencia de los acordes musicales de la canción “Trance” del DJ Armin Van Buuren.

En el buró junto a la cama, descansaba un libro abierto con algunos textos de Salinger, ella se enderezó somnolienta, bostezó, encendió una lámpara y recordó al personaje de cabello entrecano en las páginas de aquella obra, miró el reloj despertador que marcó la madrugada con sus números digitales en rojo. Katherine sintió la amargura de la resaca entre sus labios, y tomó un poco de agua de la botella de plástico que el hotel disponía para los huéspedes en cada habitación.

La vibración del celular sobre el tocador quebró el silencio. Katherine saltó de la cama. Sigilosa, recogió el dispositivo, no quería que el aparato siguiera cimbrando sobre el mueble de madera, más bien quería conservar inmaculada la quietud en su habitación.

En la brillante pantalla del artefacto, una foto familiar de Katherine con su esposo George, y la hija de ambos, hacía de fondo de pantalla. Sobre la imagen, leyó una serie de pequeños letreros en letras blancas: “04:17 horas, 75% de carga, 26° C, llamadas perdidas (4)”, –¡agh, George! –pensó. En ese instante miró el espejo que tenía ante sí, contempló su propio reflejo entre tenues luces y profundas sombras. Vió su cuerpo femenino enfundado en un camisón azul claro de encaje translúcido, aún con la figura definida en las caderas y en la cintura. Observó sus senos pequeños y los acarició sensual con ambas manos, aún los sentía firmes, a pesar de sus cuatro décadas de vida, de la fuerza de gravedad, de sus extenuantes jornadas laborales, pero sobre todo, a pesar de sus veinte años de matrimonio con George.

De nuevo, el celular anunció con más vibraciones, una llamada entrante. Katherine contestó con voz susurrante, y fingió una somnolencia que en realidad había quedado ausente minutos atrás.

–¿Diga?

–¿Kat? Hola. ¿Todo bien? –preguntó George, con un dejo de preocupación en su voz.

–Hola, cielo. Sí, todo muy bien –en ese momento, Katherine fijó su vista en el reflejo de la orografía artificial sobre la cama, en el espejo frente a ella, por encima de la imagen de su propio hombro.

–Estuve llamando desde anoche, pensé que te había sucedido algo, es inusual que no contestes –dijo George.

–Han sido días largos –susurró Katherine.

–¿Segura que está todo bien, Kat?

–…

– ¿Por qué susurras?

–No estoy susurrando, hablo quedito –replicó Katherine.

–¿Por qué? ¿Acaso hay alguien ahí, contigo?

–Las paredes son delgadas George, se escuchan las conversaciones de las otras habitaciones en este hotel, cuando regrese a aquí, contigo y con nuestra hija en las próximas vacaciones, te darás cuenta de ello.

–…

–¿Estás bien, George?

–Sí.

–¿Seguro, cariño?

–Sí.

–Te noto ausente en la conversación… Distante.

–Es que… Estaba preocupado, sólo llamaste cuando llegaste al hotel, pasaron tres días, y hasta ahora sé de ti. Corrí con suerte de que me contestaras, en verdad me preocupé, pensé en que pudo pasarte algo. Pasó por mi cabeza el comunicarme a la recepción del hotel, para que me dieran razón de tu persona.

–Cariño, ya te dije, los días han sido largos y es verdad que estamos en la playa, en un hotel agradable, con un ambiente festivo, pero no deja de ser trabajo, además no es la primera vez que salgo a una convención de la empresa, tú sabes cómo es este negocio…

–¿Estamos? ¿Quiénes, Kat?

–Tranquilo, cariño, fue un decir.

–¿Entonces, por qué no contestaste en el teléfono de tu habitación? –preguntó él, sin ocultar sus celos.

–Lo he desconectado, George.

–¿Por qué? No contestabas en el celular, era lógico que te marcaría al…

–George, cariño, cálmate por favor… Desconecté el teléfono de la habitación para evitar las llamadas en medio de mi descanso, lo mismo quise hacer con el celular, pero sabía que tú podrías marcarme, por eso lo puse en modo vibrador.

–Insistí mucho con mis llamadas.

–¿Estás celoso, George?

–¿Por qué habría de estarlo, Kat? ¿Acaso hay motivos para ello?

–…

Katherine esbozó una sonrisa. Con disimulo dirigió sus pasos hacia el balcón de la habitación, vió un sillón ocasional y sintió lo mullido de su hechura, entonces se acomodó. Desde ahí observó la bahía. El vaivén de las palmeras acompasadas en su bailoteo con el viento, mitigó la incomodidad que causó en ella la conversación.

–¿Sigues ahí, Kat?

–Aquí estoy George… Siempre estaré aquí…

–Me alegra escuchar eso –repuso George con resignación.

–¿Y a todo esto, cómo está la niña?

–Bien, cielo. Dice que te extraña.

La charla de George se extendió por varios minutos, para Katherine aquello era un monólogo más de su esposo. Ella únicamente asentía o daba pie a la siguiente frase de su marido, mientras recorría con su mirada, cada pliegue de las sábanas de la cama donde se había acostado. Recordó la fiesta en el lobby del hotel horas atrás, recordó lo que bebió y el número de cigarrillos que fumó, recordó su baile con Charlie, su compañero de oficina, y los coqueteos que éste le prodigaba, aún consciente de que ella era casada, recordó lo que hablaron después de bailar, y ella se sintió libre, como cuando era soltera, como cuando no le preocupaba el bienestar de George o de su hija, se sentía libre como cuando sólo era ella, y no había nadie más en su existencia.

La oscilación de las olas hipnotizó a la conciencia de Katherine, sus párpados cedieron a la pesadez del cansancio, se sintió soñolienta, y las palabras de George se escucharon difusas y distantes en el auricular de su celular, además la frescura de la suave corriente artificial del aire acondicionado, no le permitía seguir atenta a su entorno.

–¿George? Discúlpame, pero debo ir a la cama.

–¡Oh, es verdad! Lo siento, no quise desvelarte.

–No te preocupes, George. Debo dormir, muero de sueño.

–Ok, ok… ¿Kat?

–¿Sí, George?

–¿Estuviste con Charlie?

–¿Cómo dices? –respondió Katherine con un ligero tono indignado.

–¿Qué si alguna vez has estado con Charlie, a solas? Tu compañero ese, de la oficina, ése que me da mala espina.

–Tú lo has dicho, George, es sólo un compañero de la oficina.

–…

–¿Todo bien, George?

–Sí, cielo.

–¿Seguro?

–Sí, Kat.

–…

–Bueno cielo, descansa, te veo en el aeropuerto el próximo fin de semana –dijo George.

–De acuerdo, cariño.

–¿Kat?

–¿Sí, George?

–Te amo.

–Yo igual, cariño. Nos vemos.

Cuando Katherine colgó el teléfono, lo apagó y lo guardó en el único bolsillo de su camisón azul claro. El sonido del oleaje en la playa inundó sus oídos, salió al balcón y aspiró con vehemencia el céfiro oceánico a su disposición. Pensó en el comportamiento de George, se preguntó si él sentía el mismo hastío que ella, si el agobio de la vida matrimonial sería el mismo para ambos, reflexionó si el tiempo y la costumbre habían sido el binomio que carcomió su relación.

Los minutos discurrieron. Katherine cayó en la cuenta de los primeros atisbos de la luz de madrugada, esos rayos salpicaron el paisaje de la bahía con pinceladas malvas, áureas y granates. En el agua del mar, los destellos tímidos del sol naciente, simularon un enjambre de luciérnagas acuáticas. El canto de la sirena de un buque trasatlántico despertó a algunos de los habitantes errantes del resort, que pronto salieron a la contemplación del mismo espectáculo.

El timbre de un celular en la habitación 404 de aquel hotel resort, repiqueteó por largos instantes sobre el buró, junto a la cama donde durmió Katherine, le pareció obstinado, insistente. Ella permaneció indiferente. No contestó, y no contestaría. No le importó que ésta vez el sonido rompiera con aquel confortable silencio, Katherine sabía que esa llamada era ajena.

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