Jardines de ayer

Por Ana Lobato del Castillo
Autora invitada

El balance del sillón hace un ruido monótono cuando roza el piso de arabescos ; mezcla su sonido con un canto desafinado y ronco que se pierde en la soledad:
“Mariposita de primavera
alma con alas que errante vas…
Sus pensamientos están nublados como aquella tarde de septiembre, de cielo negro y lluvia interminable. Tiene miedo y su mirada está perdida.
“El café, voy a colar un poquito…
¡Ay el niño dónde se metió, no lo encuentro!…
Y si le pasa algo, ¿qué me hago?…”
No se atreve a abandonar su asiento.
Su voz de caverna hueca se alza extrañamente:
“Por los jardines de mi quimera
como un jardín de amor fugaz…”
“Y dónde se habrá metido Rosa…”
Entonces piensa que su hermana anda trajinando por la cocina, pues había prometido hacer un flan para la merienda. –“Qué rica es la natilla de chocolate… a Manuel sí que le gusta, me lo dijo unos días antes de la boda”. Y esa mañana clara se sentía tan feliz, con su vestido que parecía un cake coronado de merengue luego, aquel ramo de mariposas inundando con su fragancia toda la casa de la abuela.
–“¡Ay mi madre, tengo que ir a buscar el pan!… Habrá ido Dora a la iglesia… Y Manuel, ¿dónde está?…”
Septiembre y la lluvia, la casa en penumbras, húmeda, empapada como el corazón de líquidos salinos. Esa tardecita, un jueves de café colado en que Manuel decidió ir por cigarros. Eran las tres de la tarde y él se fue, las cinco y siguió sin aparecer, llegó el viernes y nada, octubre y él nunca volvió.
Ella canta con acento de película en blanco y negro. La melodía se derrite en un presente con sabor a pasado.
“Mariposita de primavera
alma con alas si es que la ves…”