Minificciones

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Primavera Burócrata

Por Gastón Cejas

Ya estoy bien cansado de este trabajo, ni bien alguien me ofrezca algo mejor, me salgo de aquí. Dirán que estoy algo loco, que muchos esperan por años una posibilidad como la mía. Pero créanme si les digo, que no todo lo que resplandece tiene a Dios por detrás. Una vez dentro del sistema celestial, comprendes que no es muy distinto a cualquier otra estructura jerárquica. Buenas ideas, mejores intenciones, pero el “barba” se rodea de cuanto inepto se le cruce. Ya sabes, amiguismos, hijo de tal santo y demás. Ni hablar de la mala distribución de fondos. Imagínese mi trabajo, “Coordinador de Espacios Verdes”, ya no sé qué estante acomodar primero. Llega la primavera y el Señor empieza con sus tonterías, que los jardines deben estar impecables, que los colores y las flores, si supiera que el gremio de las plantas en cualquier momento se revela. Preparar todo para los estudiantes y sus festejos, y todavía, tengo que trabajar en conjunto con este Cupido,  un bueno para nada. Pero quién puede explicarle algo al mismísimo Dios. Realmente hay que felicitar al jefe de campaña que tuvo por aquél entonces; omnipotente, omnisciente, omnipresente, contra ese eslogan quién puede competir. Tengo en mi escritorio, pilas de peticiones amontonándose de todas las demás áreas; movimientos telúricos, la agujereada capa de ozono, las especies en peligro de extinción, deshielos continentales, qué hacer con la basura y la contaminación, etc y etc. Todos se la tiran conmigo, ni que fuera yo quien dispone los recursos. Ah… pero no vaya a faltar el polen y el sol cálido. No vaya a retrasarme unos días en quitar el color gris del cielo. Que gardenias acá, que lirios por allá. No doy más. Solicité mi traspaso a “Protocolo y Ceremonial”, ahí la cosa se mueve sin sobresaltos, pero la revocaron. Basta. Renuncio. Ahí le dejo sus primaveras, sus ecosistemas y sus arreglos florales.

Un colega del otro bando, me comentó que hay una vacante para la dirección en el área “Desastres Naturales”. Voy a preparar currículo y probar suerte.

Lolita.

Por Maik Granados.

Ella parecía sofocada, agitada, estaba sentada en un pupitre, en medio de aquel solitario salón, con su torso humedecido por el sudor, que involuntariamente abría el telón a la curiosa masculinidad por sus tiernos pechos, complementos perfectos de su uniforme escolar bien planchado, y con sus labios vírgenes, fulgurantes de un rojo carmín, se dispuso a introducir en su boca, un trozo más, de la jugosa jícama que compró en el recreo, bañada en una copiosa mezcla de chile en polvo miguelito y chamoy. Lolita mitigó así el calor de la primavera, al tiempo que el timbre en el patio anunciaba el inicio de las vacaciones de Semana Santa.

Maldita primavera

Por Alejandra Maraveles

Y llegó el día aciago, ése que soplaba la brisa templada bajo un sol reluciente que se burlaba de mi dolor. Los trinos de los pájaros me recordaban a mi niñez ahora lejana.

Mis ojos apenas podían ver a través de las lágrimas y deseé estar de vuelta a esa época junto a mi familia, cuando todo era distinto. Aún podía sentir en mi cara los días de alberca y picnic, que parecían pertenecer a otra persona, a otra vida.

Seguía llorando y esa otrora felicidad habitaba sólo en mi memoria. Miré la foto de aquel período y maldije por lo bajo. En ese momento, un tremendo estornudo salió de mi garganta. Como si fuera la alarma de un despertador, me hizo salir corriendo con los ojos llorosos, la nariz humedecida, un pañuelo desechable en una mano y en la otra, la receta médica para la alergia estacional.

Mi hermanita

Por Missael Mireles

Hay algo en las noches de primavera, algo que me resulta único, auténtico. Tal vez sea el hecho de que a mi hermanita le fascina jugar afuera, bajo el incandescente fulgor del Sol. El día de ayer no fue la excepción: corrimos, saltamos y rodamos en el pasto hasta caer la noche, hasta la hora de dormir.

-Buenas noches hermanita

-Buenas noches- me respondió ella, casi en susurro. Di media vuelta, y me alejé de su sepulcro.

Urbanización

Por E. Pérez Fonseca

En su disfraz verdoso, el invernadero y fraccionamiento sedujeron a los Tlacuaches. Donde habían ocurrido los incendios, encontraron por un lado, una bodega llena de frutos secos, por el otro, el cobijo de la alcantarilla. Sus crías nacieron aluzadas por la luna de abril junto al contenedor de basura, crecieron tan rápido que madre Tlacuache tuvo que dejar el trabajo en la empacadora porque la construcción de la guardería aún no terminaba.

Canción de primavera

Por Maggo Rodríguez

Decía mi tía Irene que no había canción más equivocada que aquella de “La maldita primavera”. Para ella, era la mejor temporada, porque sus pajaritos enjaulados no dejaban de cantar todo el día y sus azucenas mostraban sus pétalos con colores tan bellamente indescriptibles sólo en ésta época del año. Amaba esos calurosos días porque únicamente el sol de mayo le daba calor a sus cansadas manos. Daba gracias a Dios por dar un poco más de luz que en invierno, ya que así podía entonar una alabanza más antes del ocaso.

Pero para mí, no hay canción más acertada. Porque odio que aquellas aves estén sin motivo en esa prisión, perdiéndose del paisaje de los prados llenos de flores. Detesto el malestar que me produce el polen inmerso en el viento. Me ahoga en el sofocante calor de abril y mayo. Pero, sobre todo, aborrezco que las noches sean tan cortas, porque paso el día reprochándole a Dios el motivo por el cual se llevó a mi tía Irene el primer día de la primavera de este año.

Las primas

Por Stephanie Serna

Una fría mañana de invierno recibiste la noticia: tus queridas primas llegarán a visitarte pronto por un tiempo indefinido. En su recorrido anual por la ciudad alguien de tu familia les debe dar asilo. Hoy te toca a tí.

Cómo siempre, hay algo en ellas que te disgusta, te hacen desconfiar. Tal vez sea esa maña suya de andar de un lado para otro, pidiendo migajas y armando embrollos por donde quiera que pasan.

Lo cierto es que son encantadoras: consiguen que las flores pasen de los matorrales a tus manos en un segundo, perfuman tu casa, la llenan de calor y en ocasiones de regalos traídos de sus viajes.

Al llegar a casa después del trabajo te das cuenta: tus primas llegaron esta tarde, junto con la lluvia. Tan inoportunas e inesperadas como siempre.

Vampiro en primavera

Por Nicte G. Yuen

El mes que más detestaban los padres del pequeño Marcus, era justo aquel en que daba inicio la primavera; de hecho los días previos al equinoccio ya les había cambiado el humor, y deambulaban por los pasillos de la mansión con los colmillos más afilados que de costumbre, los ojos teñidos de sangre y una mueca de dolor en el rostro. Marcus no necesitaba echarle una ojeada al calendario, él al igual que sus hermanos sabía que la primavera se acercaba; del mismo modo que recordaba cuáles serían las consecuencias que el pésimo humor de sus progenitores le traería: regaños, castigos y sermones de sobra.

Marcus aún así disfrutaba aquel cambio de colores y formas desde la ventana del sótano, siempre que no estuviera alguno de sus padres presente. Pasaba largo rato observando el prado cubierto de flores envuelto en penumbras, e imaginaba cómo luciría aquel paisaje bajo la luz del sol. Algunas ocasiones se quedaba hasta muy tarde pegado a la ventana, aguardando el amanecer, pero irremediablemente terminaba escuchando el grito de mamá vampiro ordenándole que se fuera a dormir. Sin embargo, ahora que su mejor amigo era un zombie, tendría excusas de sobra para que papá vampiro lo dejará ir a jugar futbol americano al prado, por lo que estaba seguro que este año la primavera sería más divertida que en años anteriores. Los regaños, castigos y sermones no se irían a ningún lado, pero valdrían la pena. Sus padres podrían seguir torciendo narices con los dulces aromas de las flores que se atrevían a colarse por las rendijas de las paredes; él tenía planeado no vivir el equinoccio de primavera al máximo.

Y no vivieron felices para siempre.