Sólo un deseo

Solo un deseo

Por E. Pérez Fonseca

Sumergida en la profundidad de su recámara, un colchón de resortes y unas sábanas percudidas, Liliana despertó con una fatiga insuperable. La deshidratación en su cuerpo todavía caliente junto con el desánimo, le impedían cumplir con sus deberes y fue hasta después de varios intentos que logró separarse de la cama. Se desplazó con movimientos torpes mientras se sostenía en las paredes para llegar a la cocina. Después de tomarse un vaso de agua, cuando su piel se humedeció un poco, las ideas se volvieron más claras y recordó que tenía dos hijas. No las había llevado a la escuela.

Al ponerse los anteojos, encontró a las niñas en la mesa de plástico, la seguían con sus miradas miserables detrás de esos ojos lagañosos, unos rostros que le causaban pena. Esperaban su desayuno, pero Liliana no tenía nada para prepararles, el refrigerador se había descompuesto desde hacía un mes y los sobrantes se habían acabado la noche anterior.

—¿Por qué no me levantaron para llevarlas a la escuela?

Las niñas no contestaron.

—Ni siquiera para eso son buenas.

El sentimiento de lástima pasó al disgusto después de percibir el olor a salitre de los uniformes escolares y Liliana se regresó a su recámara. Necesitaba dinero para la comida, pero no quería despertar a su marido; la última vez, el hombre se había puesto de tan mal humor, que le había dejado un moretón en el ojo. Liliana se recostó a su lado, el decaimiento todavía no la abandonaba y el sueño la dominó.

Unos ladridos perturbaron su estado de reposo, entre la confusión y los problemas visuales, su mente no le pudo indicar cuánto tiempo se había quedado en la cama. La luz filtrada por las persianas ya era la de las lámparas.

Al notar que su esposo se había ido, la culpa la invadió; le debía haber pedido dinero para la comida, sus hijas llevaban un día sin comer y su perro no paraba de ladrar. Revisó en el tocador, más no encontró ningún billete.

Liliana deseaba que a su marido le fuera mejor en el bar… Que le diera dinero todos los días, pero… Cómo le iba a dejar dinero si no le había acomodado su ropa ni lo había afeitado antes de irse a trabajar. Te tengo para que me atiendas y sólo te la pasas acostada, le gritaba el hombre, esos días que la aflicción la dominaba, después la sujetaba del cuello y la arrojaba al piso. Aun así, ella no dejaba de amarlo, acaso alguien más la iba a querer como él lo hacía. Pese a que la golpeara en cada borrachera, imaginando que lo había engañado, o que lo podría engañar y después la desvistiera y la aplastara contra su cuerpo, para hacerlo sin ningún estímulo ni preámbulo, para marcar su territorio dentro de ella. Lo hacía tan duro que Liliana apenas podía sentir el amor, aunque con eso le bastaba, porque todo era culpa de ella, por nunca haberle dado un hijo varón. Ese era el mayor deseo de su esposo, y Liliana sólo deseaba lo que él deseaba. Mientras tanto, podían nacer las niñas que fuera, para él, las mujeres no contaban, por más que hubieran pasado dos abortos y su vientre no resistiera otro embarazo, no iba a detenerse hasta lograrlo.

Al salir de su cuarto, encontró a las niñas en la sala comiendo chetos y tomando refresco. La sangre le subió a la cabeza. Invadida por la euforia, las golpeó, primero con la mano, después con las cazuelas.

—¿Cuántas veces les he dicho que no coman esas porquerías?

—Mi papá nos lo compró —respondió la mayor con las mejillas embarradas de frituras y lágrimas—, teníamos mucha hambre.

Después Liliana recordó que no tenían alimentos saludable. Ya con arrepentimiento, se encerró en su cuarto y se tomó medio Diazepam intentando olvidar su vileza. Al siguiente día las llevaría con su abuela, ahí tendrían algo para el almuerzo. A Liliana sólo le quedaba esperar que a su marido le fuera bien en el bar y no se gastara el dinero en el vicio. Ella se sumergiría una vez más en esa profundidad, no la de la de su recámara, sino la de su pesar; sometida a la esperanza, a un sólo deseo.