Minificciones Navideñas

Navidad

La siesta

Por Alonso Calbo.

Mientras descansaba, disfrutaba de sus sueños de noche buena, reuniones y perdones, pero el humo proveniente del horno, la despertó a su pesadilla navideña.

 

Regalo de Navidad

Por José Ricardo Contreras S.

Cumplir años el mismo día de la navidad no está chilo, toda la gente siempre se reúne a festejar la navidad pero tu cumpleaños pasa desapercibido la mayoría de las ocasiones. Yo soy uno de esos «afortunados» a los cuales se les ocurrió nacer en veinticuatro de diciembre. Ese día, siempre nos reunimos en la casona de los abuelos quienes tuvieron doce hijos; seis hombres y seis mujeres de los cuales, yo nací de la penúltima de las hermanas. Como podrán imaginarse, el montonal de nietos y bisnietos siempre ponemos la casa «patas para arriba», dijera mi abuelo, pero ellos encantados a pesar de todo el desmadre que le hacemos desde siempre todos los buquis y grandes. En la navidad del noventa y nueve, yo cumplí dieciocho años. Recibí más regalos de los de costumbre pero ya era clásico ver las mismas cantidades de regalos para mí como para mis hermanos, primos y hasta sobrinos. Sin embargo, en esa ocasión, hubo un regalo absurdo: una artesanía en forma de charro de yeso; cuando la vi, me pareció muy curioso aunque pensé que ni al caso, no tenía idea de quién me había regalado una cosa tan rara. Pasaron los días, las semanas y los meses hasta llegar junio, la tiré a la basura; al final de ese mes, es cuando regresan muchos de mis tíos quienes viven en otras ciudades al cumpleaños de la abuela. Nuevamente nos reunimos en la casa de «mamá grande» en Vícam. El tío Carlos quien vive en San Diego California, se acercó y me dijo:

–¿Cómo estás Ramón?

–Bien, gracias tío.

–¿Qué tal te fue con el charrito?

–¿Cuál charrito?

–El que te regalé en tu cumpleaños

–¡Ah!, ¡fue usted!

–Sí. ¿Qué te compraste con los cincuenta mil pesos?

–¿Cuáles cincuenta mil pesos?

–Los que tenía el charro alcancía adentro, ¿verdad que fue buena idea esconderlos adentro de la figura de yeso?

 

Santa Clos

Por Maik Granados.

Cuando Juliancito cumplió sus primeros cuatro años de vida, sus padres le dijeron que, el veinticinco de diciembre de cada año, Santa Clos le regalaba juguetes a todos los niños alrededor del mundo, y que las únicas condiciones para ello eran, portarse bien y obtener calificaciones aprobatorias en la escuela.

Y así lo hizo el primer año, obedeció cada una de las instrucciones de su madre, se esmeró en la escuela, consiguió ochos y nueves. En su carta pidió un carrito de control de remoto… Nunca llegó .

Pasó otro año, se portó bien y cumplió en la escuela, dejó su carta y el juguete solicitado, no llegó.

Pasó otro año, y la historia se repitió, y luego otro año, y luego otro…

Cuando Juliancito cumplió los once, ya no pudo con los requisitos que pedía Santa Clos, dejó la escuela para ayudar con los gastos de la casa, y mientras sus padres trabajaban, él cuidaba de Sofía, su pequeña hermanita. Así fue como entendió porqué Santa Clos no le llevó nunca un juguete, y él haría lo necesario, para que Sofí, no corriera con su misma suerte, cada veinticinco de diciembre.

 

Políticamente correcto

Por Alejandra Maraveles.

Santa pensó unos meses antes de Navidad que su imagen era poco saludable, se metió al gimnasio, se puso a dieta y, de paso, decidió cortarse la barba y teñirse el cabello.

Cuando las primeras imágenes de su nuevo look salieron al público, hubo quejas de personas de la tercera edad, por querer aparentar una juventud que no le correspondía; fisicoculturistas, pertenecientes a un grupo de fitness, hicieron comentarios negativos porque seguía aún con sobrepeso; el grupo de “all shapes” le puso una demanda por apoyar a los estigmas sociales de belleza; un grupo de feministas lo criticaron por seguir optando por un Santa hombre es vez de un Santa mujer…

Después de unas semanas de demandas y abogados, ya con espíritu cansado, no tuvo más opción que dejarle, por ese año, su trabajo al niño Dios… Esperando que la gente fuera más benigna con el divino infante y confiado en que el próximo año volvería a ser el viejo y gordo al que todos querían.

 

El niño de porcelana

Por E. Pérez Fonseca.

El niño de porcelana no apareció. También se lo habían robado. En su lugar, colocaron uno de cerámica pintada, muy grande y deforme. Para Mariana la navidad no sería lo mismo, a ella le gustaba el niño de porcelana porque el año pasado le había traído sus “muñecas lol”. Pero este año quién sabe, todo parecía deteriorado, porque ni el arbolito ni las luces eran los mismos y cuando acompañó a su madre a comprar los adornos, le dijo que sólo para eso le alcanzaba.

 

Instinto

Por Maggo Rodríguez.

¡Qué bonito es diciembre! Las luces de mil colores adornan las vitrinas y paredes de los locales del centro. Los árboles de navidad creativamente adornados me hacen recordar la calidez del hogar de mis padres y de las humeantes cacerolas de la cena de nochebuena lista para servirse.

Las esferas plateadas son mis favoritas, un millar de ellas se dejan ver en diversos paquetes listos para ser llevados a casa. Los muñecos del regordete Papá Noel varían en tamaños y relleno, pero todos resultan igual de tiernos.

Adoro ver este espectáculo todos los días de camino a la oficina. Creo que tanta nostalgia y los andadores peatonales aledaños a la zona hacen que un instinto oprimido quiera brotar del profundo encierro de mi alma.

Es un instinto criminal, tan oscuro que contrasta con las blusas color pastel con las que suelo ir a trabajar. Primero empieza como un susurro, luego como una idea, después se vuelve un grito desesperado que lo único que lo calma es el temor a que todo pueda terminar con una agresión verbal, en el mejor de los casos. Este instinto salvaje, casi primitivo, se mantiene latente todo el tiempo. Atento a la menor señal de debilidad de mi voluntad se prepara para atrapar en sus feroces fauces mis pensamientos y acciones.

Quizá te parezca terrible que alguien pueda sentir algo así en esta época, no me juzgues, no soy una psicópata. Es algo simple, no puedo evitar que este instinto asesino se apodere de mí y me invite a darle un merecido empujón a esas mujeres, aficionadas a las compras navideñas, que se detienen a la mitad del paso a contemplar las vitrinas y paredes de los locales del centro, haciendo que, como siempre, se me haga tarde para llegar al trabajo.

 

Todo lo que quiero para Navidad eres tú

Por Stephanie Serna.

25 de diciembre. Justo amanece cuando bajo las escaleras, emocionada por descubrir los regalos que Santa ha dejado para mí. Suelto un chillido de alegría al verte al pie del árbol, rodeado por un enorme moño dorado, del que pende una etiqueta con mi nombre. Las luces intermitentes crean matices sobre tus bellas facciones, hacen brillar tus ojos bien abiertos y la cinta adhesiva que cubre tus labios tal y como lo haría un sello de garantía.

Al fin mi deseo se cumplió, todo lo que quiero para Navidad eres tú.

 

Anuncios Navideños Varios

Por Omar St. Esteban.

Árbol de Navidad

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En renta adolescentes Navideños

Harto que sus cena navideña sea monótona, cansado de los mismo villancicos, aproveche con nuestros adolescentes “Triste, Pedinche y Huraño” se encargará de traer otro tono a su cena navideña, con sus quejas, preguntas y “jetas”; esparcirá a la celebración esa bonita atmósfera de agresividad navideña, tan de moda en nuestros días. Después de la cena, también sirven como adornos, genial para fotos.

Se regala esposa

Se regala esposa navideña modelo “Crisis Queen”, especialista no sólo en organizar cualquier fiesta navideña, y al mismo tiempo echarlo todo a perder, con gritos, reclamos y reproches. Trabaja por la oportunidad de derramar veneno, a cambio de unos romeritos.

Ultima Oportunidad

En venta saco de Santa Claus lleno de memorias de felices navidades inventadas, cuidadosamente imaginadas hasta el más último detalle, jamás han sido usadas.

 

Nochebuena

Por Nicte G. Yuen.

El árbol de navidad estaba ahí, justo frente a la ventana, proyectando su danza de luces sobre la avenida 451, casi moribunda a esas últimas horas de sueños y pesadillas. La mujer de bufanda roja y tacones plateados entró a casa, olvidó la llave estancada en la cerradura, en el instante aquel en que dejando caer su bolso, ahogó un grito al interior de su garganta. Retrocedió. La sangre empapaba la alfombra, deslizándose hasta las baldosas y salpicando las esferas que colgaban al pie del árbol. Retrocedió. Un cuchillo de cocina yacía inmóvil junto al cadáver de su esposo. Retrocedió, sosteniendo su propia respiración. Comenzó entonces a contar las puñaladas que recorrían el cuerpo bocarriba de Santiago, al tiempo que encendía su celular, al tiempo que sus ojos se le llenaban de lágrimas y, que en su boca, morían todos sus “feliz navidad” de aquella Nochebuena.