Luna y Miel

Por Stephanie Serna.

El cielo estrellado es testigo de todo, pero prefiere callar, dando paso al canto de los grillos. La luna no hace más que extrañar. Aunque millones de ojos se posan sobre su cuerpo esta noche, ella sólo quiere un par, dos cucharadas de miel que ya no la miran más. Melancólica, irónicamente forma una sonrisa, cuya luz cae en velo sobre un conjunto de casas color blanco.

En una de ellas, el número 16 tiene un aspecto cabizbajo, frunce el ceño y arquea la boca. La corona de Cristo que cuelga a su lado inerte ya no lo hace sonreír, murió de tristeza, echando de menos el agua y echando de más los rayos de sol. Ahora sus compañeras entienden mejor que nunca su nombre. Seca, como lo está ahora, luce como una aureola de espinas.

La puerta está cerrada, con el seguro puesto, entumida por no poder moverse. Aun así, trata de consolar a la cerradura, que extraña a su llave, que tenía la mala costumbre de poner de cabeza su mundo por lo menos dos veces al día. Ahora, tanta quietud había conseguido oxidarla.

Al otro lado, el sofá duerme plácidamente, no extraña su función de ser desagradablemente aplastado. Frente a él, está la mesa. Sobre ella descansan facturas que murieron ante la decepción de no cumplir con su propósito, además, un ramo de rosas emana un olor fétido y un color a juego, a ellas no las mató la desesperanza, sino el tiempo.

La estufa agoniza de frío, todo dentro de sí se encuentra oscuro, no le queda más que resignarse a permanecer inactiva el resto de sus días, recordando aquellos gloriosos tiempos en los que era una fuente de alegría y calor. A su lado, el fregador ya se ha cansado del mismo plato lleno de sobras malolientes y el refrigerador solo espera que lo liberen de la tarea de albergar viejos y desagradables inquilinos.

La mesa del comedor, en cambio, se siente cómoda, calientita debajo de su mantel, sin importarle que una mancha de café haya endurecido una de sus esquinas. Ha hecho un buen trabajo olvidando que ha perdido una silla, si no fuera por esa pata débil que la hizo caer seguirían siendo dos. Pero el hubiera no existe.

En el pasillo, se extiende la alfombra, que disfruta de su nueva segunda piel, dejándose caer para que repose sobre ella, impregnándola y opacando sus colores, los que solían ser unos bellos tonos de amarillo y naranja, que ahora lucen marchitos.

Dentro de la habitación no existe la desesperanza, sino el horror. Varias prendas de ropa yacen en el suelo, no piensan en nada, en cambio, los cajones arrancados de sus lugares, reviven una y otra vez lo que los llevó a terminar hechos trizas. Las paredes sólo observan el conjunto de desastres a su alrededor, lo que suceda o deje de suceder las tiene sin cuidado, después de todo, durante su vida se han limitado solamente a mirar. Las manchas y raspones que portan no son más que cicatrices, olvidadas en el pasado y registradas en la piel.

La cara de una muñeca mira hacia su brazo, permanece inmutable a pesar de que éste se encuentra muy lejos. Más allá se encuentran su vestido y sus piernas, anteriormente arregladas por plastas de silicón, ese líquido que les había hecho daño con su insoportable calor, pero que las había ayudado a permanecer en pie hasta que las volvieron a destrozar.

Los trozos de cerámica adornan el piso blanco junto con montoncitos de polvo gris y gotas rojas que ya han perdido toda su humedad, formando un todo que enmarca un cuerpo mucho más grande.

La mano se aferra a un teléfono que poco a poco perdió la energía, posiblemente por la presión de los rígidos y helados dedos sobre él. Más arriba, el pecho siente la ausencia de aire, las extremidades extrañan el movimiento, mientras que el rostro está agradecido de que ya no existan las posibilidades. La nariz perdió su lugar, los ojos su brillo, su humedad, su miel. Antes de irse, alguien escribió una historia en las mejillas con tinta roja, misma que sale de los labios amoratados, formando un laberinto con un sinfín de callejones sin salida, caminos con tonos carmín, esmeralda y azabache, terminados en el cuello con una cruz mortal que delataba el paso asfixiante de dos pulgares que gustaban de acariciar la misma zona.

La luz de la luna se cuela entre las delgadas cortinas, impotente durante centenares de noches. Al fondo, la puerta entreabierta, choca una y otra vez contra su marco, pasando por encima de los vidrios rotos. Se burla.