Chicalote

Chicalote

Por Maggo Rodríguez.

Mi abuela solía llevarme al monte, a mí, la menor de sus nietas. Tenía siete años entonces, quizá los más dulces de mi vida. Atravesábamos el río por el viejo puente de madera, para después tomar el camino ancho hacia la vereda que los leñeros habían marcado con su paso, a través de muchas décadas.

Ya fuera hierba de venado, chaya o maderos de palo blanco, el motín herbolario, casi siempre, consistía en plantas medicinal, dependía de la temporada y el motivo por el cual emprendíamos el viaje. A veces, el abuelo nos acompañaba, nos dejaba debajo de un árbol llorón y regresaba con un zorrillo o víbora de cascabel en las manos. Por entonces, no entendía muchas cosas, odiaba ver los ojos cerrados de los animalitos. Sentía coraje, tristeza y un desazón nauseabundo, porque sabía que en cuanto regresáramos a casa, un pedazo del trofeo iría directo a nuestras bocas.

Un día, la nieta de doña Eduviges enfermó levemente, poco a poco su garganta se cerraba, por lo que no respiraba con normalidad. No había mucho dinero, ni doctores ni farmacias cercanas, así que la señora optó por visitar a mi abuela, esperando que hubiera remedio para la pequeña.

En ese momento, no teníamos la hierba indicada, por lo que muy temprano en la mañana, mi abuela me mandó por su rebozo y agarramos camino.

―¿Qué vamos a buscar?― le pregunté con curiosidad.

―Esta vez es algo fácil. Vamos por un puño de chicalote ―respondió pacientemente.

―¿Chicalote? ¿Y ésa, cómo es?

―Hija, ya la has visto. Es la de la flor amarilla.

No. No podía ser esa odiosa planta, era apestosa y muy espinosa como para ser medicinal. Pensé que me equivocaba, pero cuando vi que mi abuela comenzó a cortarla me invadió cierta decepción que no pude ocultar y que perduró, aún después de llevarle el remedio a doliente.

―¿Qué traes? ―indagó mi viejita.

―Esa planta está bien fea y huele muy mal, pensé que era otra hierba mala.

―Ha sufrido mucho, tienes que entenderla.

―Es claro que ella nos hace sufrir, no es al revés.

―Te contaré que sí. Antes, cuando la maldad no existía, nació una amapola diferente, allá por la Sierra de Sonora. Cuando creció, se dio cuenta que sus pétalos no eran tan rojos como los de sus hermanas. Alguna amapola malosa le dijo que tal vez ella era una rosa perdida, que tenía que viajar a donde estaban las rosas, para que estuviera con los de su especie. Muy a su pesar, se cambió de lugar a donde las rosas. Aunque no estaban del todo molestas con su presencia, las rosas, altivas y siempre orgullosas, lastimaban a la amapolita cada vez que ésta trataba de acercarse a abrazarlas, ¡Había tanto amor en ella! De las cicatrices de sus heridas, una nueva espina brotaba. Si la herida era muy profunda, la amapola lloraba y sus lágrimas se llevaban el color de sus hojas, hasta que éstas se tornaron amarillas.

Gravemente herida, la amapola decidió regresar a casa. A la mitad del camino un aguacero de julio la sorprendió, y sólo pudo cobijarse entre la maleza, quien la recibió con amabilidad. Tenía heridas que nunca pudieron sanar, su tallo había cambiado de color. Sus espinas eran más largas de lo que jamás hubiese imaginado. En silencio, con sus últimas fuerzas, echó raíz en el único lugar donde había sentido algo de paz, mas no derramó la última gota de su esencia.

―Por eso su centro es rojo, ¿verdad?

―Así es. ¿Sabes por qué quiso guardarla? Porque quería compartir su amor. No quería que nadie más muriera en silencio, así que oró a la madre Tierra, quien se apiadó de ella, extendiendo su esencia por todas sus espinas, tallo y flor. Quizá su aroma no es el de una rosa, ni su aspecto es el de las tiernas amapolas, pero su amor perdura y su voluntad se honra cuando alguien toma un té de chicalote para aliviarse la garganta.