La caída de Emperador

La caída del emperador

Por Maik Granados

Un bostezo mostró los afilados dientes de Emperador, así lo llamaron sus sirvientes humanos, Emperador. Se despabiló, estiró las patas delanteras arqueando la espina dorsal largamente, no pudo negar su herencia felina.

El instinto predatorio de Emperador, se atisbó en sus garras retráctiles, instrumentos de caza que sólo utilizaba en la persecución de alguna bola de estambre o algún roedor invasor de su espacio.

Con andar pausado, pelaje bruno brillante y ojos ámbar, se dirigió a la cocina de los Fuentes, sus sirvientes humanos, atravesó el piso de duela de la sala, olió la limpieza del lugar y notó un reflejo lustroso debajo de sus patas, al llegar a su destino buscó el tazón plateado con el desayuno dispuesto. Los Fuentes mantenían limpio su palacio, por las mañanas lo dejaban solo, eso le gustaba, porque meditaba sobre la grandeza de su imperio, mientras estaba encaramado sobre la tapa blanca de su trono de porcelana.

Una mañana, después de su meditación, el gato se sentó en el alféizar de una de las ventanas de su castillo, a tomar uno de sus acostumbrados baños de sol, arrebujándose sobre sus cuatro patas y la cola, entornó los ojos para evitar el exceso de luminiscencia, apreció el paisaje a la distancia, y vislumbró en el cenit del día, la parte sobresaliente de una torre, que sus sirvientes llamaban «la torre latino».

El gato, harto de la vitamina D, regresó al interior del departamento para ejercitarse un poco, se colgó de las cortinas, patinó sobre la mesa del comedor y persiguió por unas horas, unas partículas flotantes de polvo, lo suficientemente grandes, para reflejar la luz del ocaso que entró esa tarde por la ventana.

Por la noche llegaron los Fuentes, con un maullido, Emperador exigió un masaje para su espalda, el ejercicio lo había agotado, su sirviente macho lo cargó y lo puso sobre su regazo para acariciarle. Después de la cena, Emperador fue llevado por su sirviente hembra a sus aposentos, situados al pie de la ventana de la recámara de aquel departamento. Esa noche, la luna aluzó de plata la habitación, ese efecto iridiscente detonó en el gato, sensaciones únicas, emanadas desde sus entrañas.

Los siguientes días, el humor de Emperador cambió radicalmente, por las mañanas tenía más vigor, más energía, comía más de lo habitual; por las tardes peleaba feroz con las hormigas u otro bicho que osara cruzarse en su camino, y en las noches, la melancolía lo abrumaba, la luna llena provocaba en él un deseo incontrolable por alguna emperatriz, y con maullidos lastimeros, inundaba las noches en su alcázar.

Con el paso de los días, Emperador se hizo más hosco, sus sirvientes fueron víctimas, en un par de ocasiones, de sus incontrolables zarpazos, el felino ya no era el emperador tan bueno y afable que acostumbraba ser.

Una mañana, los sirvientes decidieron llevar a Emperador con el veterinario, lo metieron en una jaula, se sintió traicionado en el encierro, no estaba habituado a las rejas, quiso cortar las gargantas de sus sirvientes y conseguirse otros, una vez liberado.

Exasperado, Emperador mostró sus garras al veterinario, vio que aquel hombre vestido de blanco, con las manos envueltas en hule, lo trató con delicadeza, dejó entonces que le acariciara hasta el ronroneo, tranquilo sintió un piquete en una de sus ancas traseras, se sumergió lento en un sueño profundo, y antes de perder el conocimiento aquel hombre de blanco le dijo:

–Tranquilo amiguito, estarás bien…

Confortado, Emperador escuchó a lo lejos la voz de su sirviente femenina, que preguntó al hombre de blanco:

–¿Y entonces doctor, ya que Emperador quede esterilizado, dejará de ser agresivo?

Emperador no había escuchado esas palabras antes, de igual modo no le importó, pues sabía que una vez que regresará de su sueño, sus sirvientes, los Fuentes, ya no estarían más en su palacio.