
La mujer de la calle Hidalgo
Por Katya López
Cuentan que hace algunos años, cuando las noches de Puente Grande eran más oscuras y la calle Hidalgo todavía conservaba buena parte de su empedrado, las hermanas Mercedes y María Arellano atendían una pequeña frutería sobre la calle principal. Las dos eran mujeres de costumbres sencillas, pero había entre ellas una diferencia que, de vez en cuando, provocaba discusiones. María creía en las ánimas, en las apariciones y en todas aquellas historias contadas de boca en boca en el pueblo. Mercedes, en cambio, se reía de esas cosas, no creía en los fantasmas, las almas errantes o la vida después de la muerte.
—Los muertos son muertos, María —solía decirle—. Nosotros somos los que nos asustamos solos, hay que temerle a los vivos, no a los difuntos.
—Eso dices porque nunca te ha tocado ver algo, pero ya te tocará y no tendrás de otra.
Aquella noche, poco después de las ocho, estaban por cerrar la frutería. Mercedes acomodaba unas cajas de fruta, mientras María barría la entrada. Fue entonces cuando levantó la mirada hacia la calle. Una mujer caminaba lentamente por la calle Hidalgo, era de piel blanca, cabellos negro azabache y liso hasta la cintura, vestía de blanco con flores de encajes de varios colores. Caminaba despacio, con los hombros ligeramente inclinados hacia adelante, como si el peso le impidiera erguirse.
—Mercedes, mira —dijo María casi susurrando—. Esa mujer necesita descansar, se ve cansada, deja le ofrezco una silla a la pobre.
—Pues que siga caminando, ya casi cerramos y debemos empezar el rosario porque se nos va a hacer tarde.
María salió a la puerta, en su intento de auxiliarla.
—Señora, venga a sentarse un momento, ¿quiere un vaso con agua?
La desconocida se detuvo frente a ella. Por un instante pareció dudar, pero finalmente se acercó a María, quien ya se encontraba acercando la silla, para después ofrecerle un vaso con agua.
—Gracias —dijo la mujer con voz tranquila, con esa voz cansada por los años, casi temblorosa y entrecortada.
María, intentando entablar conversación, preguntó a dónde se dirigía.
La mujer levantó la mirada y apuntó hacia atrás de ella. —Voy al panteón.
—¿Al panteón a estas horas? —preguntó.
—Sí. Voy a visitar a mi padre. Le llevo unas flores por su aniversario luctuoso, a él le gustaban mucho en vida.
—Pobre de usted y a estas horas, ya debe estar cansada ¿viene de lejos?
—No, vengo de La Laja.
—Y ¿dónde lleva las flores que le va a dejar su pariente? —habló finalmente Mercedes.
María por otro lado frunció el ceño, en reproche a su pregunta. Durante unos momentos solamente se escuchó el ruido lejano de un perro y el viento pasando entre la angosta calle.
—Pues ya es tarde. Debería apurarse y que no le agarre más la noche.
—Sí. Ya es hora de irme, muchas gracias por el agua y por dejarme descansar. —La mujer sonrió apenas.
—No tiene nada que agradecer —respondió María.
Mercedes solamente hizo un gesto con la cabeza al no obtener respuesta. La mujer se levantó de la silla y dejó el vaso sobre esta, sin decir algo más, comenzó a caminar por la calle, rumbo al panteón del pueblo.
—¿Ves? —dijo María—. Hay que ayudar al prójimo cuando lo necesita.
Mercedes soltó una pequeña risa. —¿Y ya vas a empezar con tus historias?
—¿Qué historias?
—Que sÍ era un alma, que si se escapó del panteón, que sí quién sabe qué cosa.
María negó con la cabeza. —Yo no iba a decir eso.
—Pero lo estás pensando, yo ni le creo, a lo mejor viene a ver a su amante, estaba muy sospechosa y las supuestas flores ni las traía, a estas horas no venden en ningún lado.
María iba a responder cuando se quedó inmóvil. El vaso en su mano comenzó a temblarle.
—Mercedes… ven.
—¿Ahora qué?
María señaló hacia la mujer. —Mira.
Mercedes se acercó. La mujer seguía avanzando por la calle hacia la oscuridad. Pero algo no estaba bien. La mujer no caminaba, sino que flotaba a unos centímetros del empedrado, el vestido blanco apenas lo movía el viento, mientras avanzaba lentamente calle arriba. Mercedes hizo la señal de la cruz.
—Te dije, es un alma errante, no ha de saber que ya murió.
Mercedes no respondió, se quedó mirando, tratando de encontrar una explicación.
—Debe ser… —comenzó a tartamudear—. Algún efecto de la oscuridad y la poca luz de los postes.
—¿Un efecto de la oscuridad? —María la miró negando.
—No sé. Tal vez está caminando por alguna parte más alta de la calle.
—Ay Mercedes, de verdad que a ti no hay quien te gane.
Mientras la mujer continuaba alejándose, ocurrió algo que ninguna de las dos pudo explicar, la desconocida se detuvo, al darse la vuelta, levantó lentamente una de sus manos, las luces de los postes se intensificaron, hasta sentir un calor veraniego. Las dos hermanas sintieron un escalofrío.
—Nos está señalando —susurró María.
—No, ya estás teniendo alucinaciones —respondió Mercedes inmediatamente.
La mujer permaneció así durante unos segundos, después bajó el brazo, las luces volvieron a la normalidad y continuó avanzando, siguió hasta que la oscuridad terminó por tragársela, durante un largo momento ninguna de las hermanas habló, ni se inmuto en moverse, hasta que Mercedes fue la primera en meter a María y cerrar la puerta.
—No viste bien, es el cansancio que te cargas.
—Claro que vi bien, todavía no estoy tan ciega.
—Es tarde, los ojos nos engañan a estas horas.
—Tú también la viste.
—Sí —admitió finalmente—. Pero no significa que fuera un fantasma.
María sonrió nerviosamente. —¿Y qué significa entonces?
Mercedes no respondió.
Aquella noche rezaron el rosario tres veces y cuando estaban por terminar el segundo, escucharon tres golpes suaves en la puerta. Las dos se quedaron inmóviles. Maria apretó el rosario entre las manos y continuó rezando.
—No abras —susurró.
—No pensaba hacerlo —respondió Mercedes, acomodándose en el sillón.
Después se volvieron a escuchar los golpes, pero ninguna se acercó a la puerta. Al terminar de rezar se fueron a acostar sin decir una sola palabra al respecto. A la mañana siguiente, al momento de abrir la frutería, Mercedes encontró junto a la puerta, un pequeño ramo de flores casi marchitas.
—¿Y eso? —preguntó María.
—No sé, ya estaban ahí.
—¡Ves!, seguro fue la señora, para que le creyeras, han de ser flores de panteón, no las vayas a tirar, no nos vaya a caer una maldición.
—Ay María tu y tus cosas, deja de creer en eso ya.
A pesar de no creer, Mercedes no pudo tirarlas, las tomó, percatandose de una sola flor viva, buscó un florero para ponerle agua, le daba pesar tirarla, no tanto porque fuera a suceder algo si se deshacía de ellas.
Desde entonces, María nunca volvió a dudar de las historias que contaban sobre las ánimas de Puente Grande. Mercedes aún estaba en duda, entre creer o no, y durante muchos años siguió diciendo que seguramente había una explicación para lo ocurrido aquella noche. Lo único que nunca pudo explicar fue cómo aquellas flores habían llegado hasta la puerta, quién y por qué las había dejado y como todas estaban secas, excepto una que permanecía fresca, como recién cortada.
Así pasaran meses, nunca moría. Cada noche antes de dormir, le rezaban, pidiendo por el alma de la mujer y demás difuntos, por su descanso eterno y dejaran de vagar por este mundo. Desde ese entonces, nunca volvió a sucederles nada, al contrario, conforme pasaban los días, notaban su salud mejor que antes, aunque Mercedes asegurara que era gracias al licuado de jitomate en ayuno. Aun así, ambas en su interior, decidieron no volver a ofrecer ayuda a cualquier desconocido que caminara por Hidalgo, después de las ocho de la noche.
Con cariño para las tías María y Meche Arellano.
En memoria de aquellos momentos compartidos
que hoy permanecen en nuestra memoria.
Que su recuerdo y cariño viva siempre
en nuestros corazones.

Vigilancia nocturna
Por Alejandra Maraveles
Mi hijo de cinco años me decía que alguien lo vigilaba todas las noches. Mi esposo y yo llegamos a la conclusión de que sólo buscaba una excusa para dormir en nuestra recámara. Un año después, cuando tuvimos la necesidad de mudarnos de casa, al dejar la habitación de mi hijo vacía encontramos unos agujeros ocultos en la pared, justo a la altura de la cara de un adulto en la parte que correspondían a los ojos.

Apariciones
Missael Mireles
No creía en apariciones. Hasta que, una madrugada, vi aquello en la entrada de mi habitación.

31/10
Por Miriam Prudeencio
Regresaba a casa a toda prisa, la hora dorada estaba cerca, mamá me lo había advertido, no salir en esta fecha ni a estas horas, las calles comenzaban a llenarse de gente con máscaras. Algunos pedían dulces en las entradas más decoradas, otros simplemente vestidos con ropas extrañas subían a sus autos con destinos desconocidos para mí.
Corría a casa cuando finalmente la vi al final de la colina, mi madre me esperaba en la entrada preocupada porque aún no había regresado, apenas estuve cerca me envolvió entre sus brazos cálidos, su preocupación se desvanecía.
Entramos a casa cerrando la puerta con seguro, escuchaba la cálida voz de mi madre ʺOlvidaste que no debes de salir en esta fecha, te pudiste haber perdido entre los humanosʺ, asentí levemente mientras regresaba a mi tumba, esperando a que este día terminara si me hubiera llegado a confundir con los humanos que se ponen esas máscaras y ropas raras me hubiera perdido de regreso a casa.

Fondo del Mar
Por Missael Mireles
Durante la sesión de buceo, me sumergí hacia una zona oscura, acercándome a una gigantesca formación rocosa. Cuando ésta se movió, abrió su ojo que era de mi tamaño.

Calaverita a Jaime Sabines
Por María Rábago
Estaba Sabines sentado mirando al vacío…
A través de la ventana suspiraba.
Miro a lo lejos una calaca
No la distinguió y pensó, ¡ será
Chepinita que viene.
Dichoso yo que la veo como si fuese un ensueño!
Colocaré las flores que le gustan.
Y el café caliente, hoy quizás un poco más,
La esperaré hasta el amanecer, no importa.
Esta vez si te conseguiré mi Chepinita
Para acariciar tú cabello y esa pequeña cintura, que me incita a tomarte…
La muerte , que sabía lo que estaba por pasar …
A su lado se sentó cubierta por flores ,reboso de seda ,guantes de azul celeste callada se quedó.
Sabines la acarició como los amantes silenciosos… y al sentirla , entonó estas palabras, que salían de su corazón…
No es nada de tu cuerpo ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre, ni ese lugar secreto que los dos conocemos, fosa de nuestra muerte.
Hoy te siento diferente, un poco fría y silenciosa
La muerte, para que no sospechara,le recitó estas palabras…
Déjame reposar aflojar los músculos del corazón y poner a dormitar el alma para poder hablar para poder recordar estos dias, los más largos del tiempo
Entonces Sabines asintió, cuenta rápido se dio que era la muerte que venía.
Haciéndose pasar por la mujer que más quería.
Se alejó un poco para verla enfoco y la miró , sereno un paso al frente dio, como los valientes.
La tomó de la mano y la besó
Y en sus brazos quedó.

El timbre
Por Alejandra Maraveles
Después de la muerte de mis padres, seguí viviendo en la misma casa. Todo era normal, pero dormir parecía estar sentenciado.
Por las noches me despertaba el sonido del timbre de la puerta de entrada. Las primeras veces ni siquiera chequé la hora; esperaba un segundo timbrazo que nunca llegaba. Intrigada, decidí levantarme tras oírlo, pero, para cuando llegaba al frente, quienquiera que tocara ya se había ido.
Decidí colocar cámaras de seguridad. Esperé esa noche en que sonara el timbre. Así fue, pero, al revisar las grabaciones, no se veía a nadie. Solo pude notar que la hora en que tocaban siempre era la misma: las 3:56 de la madrugada.
Hasta la fecha, el timbre suena a esa hora. Ya no checo las grabaciones, ya no me levanto; ahora solo doy media vuelta en la cama y continúo durmiendo… Se me ha quitado la curiosidad de saber qué es aquello que toca el timbre y tengo la precaución de no dejarlo entrar al abrir la puerta.

¿Imaginación?
Por Missael Mireles
Pensé que solo había colapsado en mis pensamientos. Después, reaccioné: vi los destrozos y rastros de sangre a mi alrededor.

3:00 am
Por Nicte G. Yuen
La observé agotada, más allá de los párpados cerrados, la respiración tranquila y la cobija que abrigaba su cuerpo. Un viento fresco y saturado de aroma a Cempasúchil recorrió los pasillos de la sala hasta la habitación. Me senté en la orilla de la cama y comencé a cantarle una canción de cuna. Sonreí al percibir cómo su cuerpo se relajaba. La expresión en su rostro cambió, por un breve instante volvió a ser una niña. Yo alargué mis brazos, rodeándola. Aquí estoy nena, murmuré mientras le acariciaba el cabello, jamás estás sola. Soltó un suspiro en medio de aquel sueño y cambió de posición. Si, yo también te quiero, a través del espacio y el tiempo. Me quedé parada junto a la cabecera de su cama el resto de aquel dos de noviembre.

Recuerdo de la infancia
Por Missael Mireles
Apagué la luz del pasillo, y recordé aquellos años en que salía corriendo hacia mi habitación al quedarme a oscuras. Debí haber hecho lo mismo esa noche cuando escuché aquel gruñido…

