
Por Katya M. López
Carlos, como de costumbre en los últimos años, se había despertado antes de que la alarma sonara, la ansiedad y la angustia que cargaba, tanto física como mentalmente, lo obligaban a sobrepensar una y otra vez sus problemas, dividido entre el trabajo que lo acorralaba y su familia, que cada día le pedía estar más presente.
Frente a él se encontraba aquel viejo reloj de madera que siempre marcaba la misma hora y el mismo día, se había prometido arreglarlo, pero el tiempo del que disponía sólo le permitía observar e imaginarlo avanzar como debería. Carlos al igual que ese empolvado reloj, se sentía inútil, atrapado y sin una solución para arreglar su vida, era como vivir siempre la misma hora, sin un minuto de ventaja.
Un día, el trabajo lo consumió tanto que no se percató de que las horas lo habían sobrepasado, no tenía excusas para disculparse en casa, pero aun así llegó, todo parecía sumamente normal, la luz de la sala estaba encendida, la casa limpia y el reloj seguía inservible, Carlos notó una hoja sobre la mesa, al tomarla para leerla, sus ojos se aguaron, no podía creer que hubiese olvidado una fecha tan importante como su aniversario, y entonces recordó aquella promesa a su mujer: arreglar el regalo de bodas y cenar en el restaurante más elegante de la ciudad.
El hombre se apresuró a arreglar el reloj hasta el amanecer, solo faltaba colocar las manecillas en la hora y la fecha correctas, el tic-tac llenó la casa por primera vez en años. entonces comprendió que ya era tarde, había hecho esperar toda la noche a su esposa, subió a las habitaciones encontrando a su paso un vacío, no había ropa, ni fotografías, ni rastro de vida compartida, como si aquella casa hubiera estado abandonada por un largo tiempo; regresó a la sala y tomó nuevamente la hoja, la misma que ahora se encontraba opaca y con la tinta tenue.
—Ya es tarde —se dijo a sí mismo, al comparar el calendario de tres otoños atrás con la fecha del reloj, El tiempo, ese que nunca tuvo, había seguido avanzando sin él.

