Después de un corazón herido

Por Alejandra Maraveles

Regresé a la ciudad donde hice mis estudios, con el corazón roto y los ánimos por el suelo, dicen que para sanar el alma uno regresa al lugar que considera su hogar. Aquí no están mis padres, pero si muchos de mis amigos y eso… equivalía a un hogar para mí.

Era temprano y sabía que la mayoría tenían actividades, aún así me aventuré al viejo edificio de apartamentos, aquel que habité con mis amigas durante la época estudiantil. Aquellas a quienes quiero como hermanas, justo a un costado del edificio donde vivían ellos, los primos que se habían vuelto nuestros cómplices de aventuras y almohadas de lágrimas.

Me quedé un rato mirando ambos edificios. Las chicas, ya no tan chicas, estaban unas casadas con hijos, con trabajos importantes o con sus estudios sobresalientes. Yo no continué con estudios de posgrado, ni me casé, sólo una mala relación después de otra, igual a un trabajo mediocre después de otro. Lancé un suspiro… No sabía en qué momento todo se había desviado.

–¿Vero?, ¿eres tú?

De pronto me sobresalté, esa voz la podría reconocer, aunque hubieran pasado mil años. Giré mi cabeza y vi la cara sonriente de Fabián, sus ojos brillaban particularmente más que de costumbre, la sensación de flaqueo en mis rodillas seguía apareciendo con su presencia, sin embargo, está vez algo distinto ocurría en mi cabeza, tenía cierta pena que me viera en el estado lamentable en que me encontraba.

–Te vi desde la esquina, no estaba seguro, tal vez esté a punto de necesitar anteojos como Santi, no lo puedo creer, en verdad eres tú.

–Hola, Fabián –mi saludo no era ni la décima parte de efusivo que la bienvenida que él me estaba proporcionando.

–¿Qué haces aquí?, pensé que estabas en Barcelona o algún lugar así, ¿no estabas por sacar un libro?

–Sí, el libro saldrá –pensé en todos los problemas que había tenido ese año a causa de ese libro… Tal vez la única cosa a la que podía aferrarme y aun así resultaba poco tranquilizante pensar en eso.

–Tengo que decirle a mis primos, estarán contentísimos de verte.

–No, no les digas aún –me sorprendí a mí misma, diciendo eso, había viajado hasta allí para verlos y, de repente, no quería tenerlos frente a frente.

–¿Pasa algo?

–No –mentí descaradamente.

Delante de Fabián y lo guapo que estaba, su semblante risueño mostraba a leguas su apariencia de bienestar, comencé a sentir miedo, el mismo que me perseguía constantemente, que era el impedimento de visitar la casa de mis padres para contarles sobre mí. Cómo decirles que esa hija de quien esperaban éxitos no había logrado nada en la vida. Y ahora ese sentimiento estaba de nuevo dentro de mí, invadiendo mis entrañas, también me atemorizaba enfrentar a mis amigos, no podía decirles cara a cara lo fracasada que era. Por un momento deseé no estar allí, dejarles pensar que todo iba bien conmigo.

–Yo… –su teléfono comenzó a timbrar interrumpiéndolo y me pidió con un gesto de la mano que esperara.

Por un segundo, miré hacia la calle y pensé en escapar e ir a buscar a Lily, ella comprendería cómo me sentía y después escaparía de allí cual delincuente, sin dejar rastro de mi presencia.

–Es el trabajo –me dijo –, ya les avisé que hoy no cuenten conmigo, ¿a dónde quieres ir?

–No debiste hacer eso, supongo que era importante y…

–No, ni lo digas, nada es más importante que la gente que quiero, tengo años sin verte… Ni creas que te vas a escapar.

Fabián sugirió ir a un nuevo restaurante, mientras comíamos, comenzó a hablar del trabajo y cómo sus sobrinos ahora lo volvían loco, Álvaro era el soltero eterno, por lo visto jamás amaría a nadie tanto como a Lily, había jurado no casarse si no era con ella, y Santi se había casado… Y sus hijos eran los que volvían loco a Fabián.

–¿Y tú?, ¿te casarás? –pregunté un poco indecisa, en mis adentros no era algo que en verdad quisiera saber.

Fabián se limitó a sonreír. Después de un minuto me contestó.

–He estado comprometido dos veces, pero creo que eso ya lo sabes… y dos veces algo ha pasado, así que no sé… Tal vez… necesite ir a hacerme una limpia a Chalma. ¿sabes?… Pero hoy no pensaremos en cosas negativas. Si no tienes planes, quiero comprar una chamarra, ¿me acompañas?

Dentro de mí, sabía que le costaba hablar de amor, así como a mí hablar de amor o, de hecho, cualquier otra cosa, asentí con la cabeza y lo acompañé de compras.

Sé portó como un niño, peor que cuando estudiábamos. Por un momento me hizo olvidar todo… Mi trabajo mediocre, mi corazón roto y los problemas con el libro. Esa tarde sentí que yo misma había vuelto a ser niña.

Cuando menos lo pensé ya era cerca de la hora de la cena.

–Le hablé a Lily hace rato –confesó Fabián –, ya tenía un compromiso previo, pero te llevaré al restaurante donde cenarás con ella.

–Pero…

–Sé que quieres hablar con ella, además ya te acaparé demasiado.

Subí a su carro y llegamos pronto frente al restaurante; vegano. No esperaba menos de Lily, sonreí ligeramente.

Fabián se acercó y en lugar de darme un beso en la mejilla, me dio un dulce beso en los labios.

–No estoy seguro de qué te pasa, pero sé que también esto pasará, y mañana no te librarás de ver a todos, entiende que aquí no te juzgamos, simplemente te queremos así tal cómo eres.

Me bajé del carro, lista para ver a Lily y con la sensación de ese beso que estaba lejos de ser romántico, sino con ese beso que reanimaba mi espíritu, porque Fabián además de ser mi amigo, era mi primer amor, y no hay mejor hogar para sanar el alma que ése.