Minificciones II

Minificciones

Aparadores

Betty trabajaba como dependiente de una tienda de ropa femenina desde hacía ya unos meses, suficiente como para saber algo de los vaivenes y pormenores comunes relacionados con la tienda. Incluido un señor que ocasionalmente se aparecía temprano, y se pasaba horas viendo los aparadores desde la banca que se encontraba fuera de la tienda.

Un día, decidió salir y preguntarle al anciano la razón de su acciones y qué era lo que esperaba con tanto ensueño afuera de la tienda. El hombre de avanzada edad, la miró de una manera condescendiente, y le dijo:

—Señorita, con la edad, los recuerdos son un tesoro, y cuando algo despierta tus memorias, se transforma en una droga y todo un placer, en especial cuando las vitrinas de las tiendas me recuerdan el viaje que realice a Amsterdam, hace ya varios años.

Alonso Calbo

Instinto Maternal

Después de buscar por años a su madre, Rosa finalmente la encontró; un investigador privado le informó que se encontraba añosa en un viejo burdel en San Carlos. Rosa llegó hasta el sitio, preparó su discurso pues pensó que su madre la extrañaría y ella, a pesar del abandono de su progenitora, estaba dispuesta a iniciar la relación de madre e hija que siempre soñó. Tocó la puerta y una mujer abrió.

—¿Quién eres?

—Soy Rosa, tu hija, la que abandonaste hace treinta años en la casa de tu amiga Isela, allá en Nogales.

—Ah.

—¿Ah?, ¿eso es todo?

—¿Qué quieres que te diga?, ¿qué quieres escuchar?

—¡No sé!, ¡al menos que te arrepientes de haberme dejado sola a los diez años!

—¿Quieres que mienta?

—¿Por qué me abandonaste mamá?

—Yo no soy tu madre, yo solamente te parí.

—¿Por qué nunca volviste por mí?, ¡siempre te esperé!

—Te abandoné porque no te quería, ¿tan difícil es de entender?

—¿Por qué?, ¿qué hice mal?

—Nada. Simplemente no te quería, nunca te quise ni me arrepiento de haberte alejado de mi vida.

—Las madres siempre quieren a sus hijos…

—Esa es una idea demasiado romántica y falsa. Yo no. Vete y no vuelvas.

José Ricardo Contreras S.

Razones de peso

Nunca pensé que tuviera problemas con ella, siempre habíamos llevado una buena relación, antes de casarme era feliz sin ella, y tal vez ella era feliz sin mí…

En un principio era tímida conmigo, yo le veía con buenos ojos, incluso le trataba con cariño, sin embargo con el paso del tiempo ella cambió. Comenzó a reprocharme mi gusto por la comida, a señalarme los kilos de más en mi cuerpo.

Después fue menos sutil con sus señalamientos sobre mi aumento de peso, afectando incluso mi intimidad. Un día, mientras estaba sobre ella, se puso como loca dando vueltas, estoy seguro que quería me quitara de encima, por fin lo hice y solo así se calmó.
Me puse a dieta, sustituí los tacos, las tortas y los bizcochos, por ensaladas, frutas y jugos, hice ejercicio, pero me alejé de ella, y tiempo después me separé…

Hace pocos días, la recordé con cariño, decidí entonces que la volvería a ver, ya había perdido algo de peso, y es posible que si me vuelvo a subir en ella, esta vez la báscula me trate mejor.

Maik Granados

 El Burro

María recordó, al llegar a casa de su suegra que había olvidado la tabla para planchar que le había prestado.

-Doña Meche, no crea que se me ha olvidado, mañana le regreso su burro.

Su cuñado, que estaba cerca, comentó.

-¿Ya oyó, ‘amá?… le quieren regresar al Ramón.

Alejandra Maraveles

Boletos

En vacaciones de verano los boletos son más consultados que comprados para la renombrada línea aérea en la que trabajo. Uno de esos días un atractivo joven llegó a cumplir con la rutina de casi todos los curiosos viajeros cuando me encontraba de turno:

—¿Tienes boletos a la Ciudad de México? —preguntó con amabilidad.

—Claro, aún tengo lugares disponibles —contesté perdida en sus carnosos labios.

—¿Y a Monterrey?

—Sólo me quedan un par.

—¿Y el próximo vuelo a Cancún a qué hora sale?

—A las cinco de la tarde, aún tienes tiempo —respondía absorta en sus ojos color miel.

No me molestaban tantas preguntas.

—Bien, quiero un boleto a Tijuana en el horario de las dos.

Comencé a teclear los datos para el boleto. Supe entonces que se llamaba Diego Lizarraga y antes de confirmar sus datos expresó una mueca de duda y finalmente preguntó con una cautivadora sonrisa.

—Por cierto, ¿Tendrás algún boleto disponible para tu corazón?

No hice más que regresarle la sonrisa, sentía la cara fría y caliente a la vez. Con esa misma sonrisa pícara me dijo adiós mientras tomaba su boleto a Tijuana.

Lo vi alejarse y, mientras recordaba el nombre de Diego Lizarraga, recordé que olvidé cobrarle.

Maggo Rodríguez

Inoportuno

Me encuentro sola en mi cuarto cuando a lo lejos escucho como el hombre más inoportuno que he conocido pasa frente a la puerta de mi casa. Bufo y bajo corriendo las escaleras mientras me seco las lagrimas con el cuello de la blusa.

Abro la puerta y él deja de agitar la campana. Me sonríe y yo me limito a entregarle una
bolsa de basura.

Stephanie Serna