Minificciones

Minificciones

Paraíso Personal

La playa era increíble, el horizonte se perdía entre el azul del mar y del cielo, las olas se coronaban con espuma blanca como la arena caribeña que componía la bahía, se podían apreciar pequeños cangrejos que caminaban de lado a lado de la costa; de las palmeras verdes cual esmeraldas, colgaban racimos enteros de cocos y se inclinaban de manera tal que tomar uno sería cosa sencilla.

Era perfecta, casi podía sentir la fresca brisa del mar en su cara y la cálida sensación de los rayos del sol, se notaba revitalizado y en paz, podría mudarse y vivir sus años de retiro en ese edén.

— ¿Señor puedo ayudarlo?
— Sí… ¿Cuánto cuesta este cuadro?
— Mil seiscientos pesos señor.
— Me lo llevo.

Al poco tiempo salió de la tienda con su paraíso personal bajo el hombro, dispuesto a colgarlo en la sala de su casa.

Alonso Calbo

Treinta y cinco besos

Escuché al viento cómo se quejaba de dolor al golpearse contra los eucaliptos en aquel otoño. Tras la ventana, observé cómo corría y era perseguida por el mar que se le fue. Abrí la puerta y la vi. Envuelta en su vestido azul, lastimada por los golpes de ese mar ído, lucía indefensa, reducida; entró a mi casa pidiendo ayuda y me derrumbó con su aroma de juventud, esos ojos de color café y sus extremidades superiores que pude adivinar, medían treinta y cinco besos desde la muñeca hasta el cuello. ¿Qué podía hacer un hombre que se jacte de serlo? Por la ventana, aquél mar se asomó, pero ella ya no estaba, había entrado a mi pecho a ocultarse, allí se acurrucó a un lado de mi corazón; pareció gustarle el calor que encontró en aquel, hasta entonces, vacío lugar, pues decidió quedarse a habitar dentro de él para siempre.

Al siguiente día, con sus labios borró toda huella de besos pasados por otras bocas, la tomé entre mis brazos y la llevé al lado oscuro de la luna y desde entonces, allí es donde hacemos el amor.

José Ricardo Contreras S.

Amor cósmico

Eunice ansiaba cada noche la llegada de su amante cósmico proveniente de la constelación de Orión, le robaba los besos, jugaba con los caireles de su cabello carmín, y con suaves caricias exploraba sus pechos, luego su vientre y al final, cuando él se posaba entre sus muslos, una explosión estelar la estremecía. En la mañana, Eunice amanecía entre las sábanas, húmeda, fría, sin narcóticos y preguntándose: «¿Hasta cuándo acabará conmigo este maldito cáncer?»

Maik Granados

Inicio

La luz que se colaba por los espacios de la cortina la despertó. Se levantó encandilada y con una leve jaqueca. Se vistió rápidamente, se acodó en el alféizar de la ventana y miró los carros pasar por la avenida.

Giró la cabeza y lo vio aún durmiendo. Era como un desconocido. No se acurrucó entre sus brazos, ni le pidió caricias, ni le preparó el café. Ni siquiera podía recordar sus buenos momentos juntos.

Había iniciado una gran historia de desamor.

Mario Lozano

Sorpresa

Cuando dieron el aviso de que mi jefe murió de un ataque al corazón, yo fui la más sorprendida, no podía creer que ese señor tuviera un corazón.

Alejandra Maraveles

Una chica interesante

Al final de su turno, un cocinero miope comentaba con tristeza a su compañero cómo le había ido en su cita con la chica más interesante del mundo; una cliente de cabello rubio que todos los días llegaba al negocio por un “Paquete-desayunes”, con un periódico en mano y un singular maletín.  

Resultó que sus largos cabellos dorados eran extensiones; que su fino rostro lo marcaba con innumerables cosméticos; que el periódico y desayuno eran para su jefa y que ella sólo se quedaba con la sección de horóscopos, y que el maletín era una bolsa vieja de su madre… resultó que, después de todo, la chica más interesante de su mundo ni siquiera era chica.

Maggo Rodríguez

Amistad duradera.

Luego de la confesión hecha a mi mejor amiga:

—Te vas a ir al infierno —me dijo.
—¡Qué gusto me da! —respondí —así podemos seguir siendo amigas más tiempo.

 Marisol Ruiz Arnot

Y lo dejó solo….

—Cariño, no es lo que parece.
—No, tranquilo, ya no estoy para que me des explicaciones…

Y lo dejó solo con aquella chica, preguntándose sin parar el porqué de sus traiciones, ¿qué le había hecho falta?, si ella siempre estuvo ahí para escucharle, consolarle y susurrarle al oído lo mucho que le amaba.

A pesar de todo, en el fondo lo sabía: él volvería a ella llorando, destrozado y de rodillas. Así había sido siempre, pero esta vez no la encontraría esperándolo.

Sin mirar atrás, ella siguió su camino, marchita y herida, la pequeña Soledad.

Stephanie Serna

El espresso doble

Estaba sola sentada en la mesa de aquel café, tomando un espresso doble a pesar de saber que le provocaría taquicardia por al menos las siguientes dos horas. De repente, al buscar el encendedor sintió una mirada posada sobre ella. Él estaba de pie y le miraba dudando si acercarse o no, ella, al percatarse, sonrió y le miró a los ojos. Empezó a sentir la taquicardia y volteó a ver la pequeña taza de su espresso. Sólo le había dado un sorbo, esos latidos acelerados no se debían al café. Él se sentó, sin preguntar si podía. Ordenó un americano y puso sus cosas sobre la mesa. Iniciaron la conversación más maravillosa que ella había tenido en mucho tiempo. Decidieron salir nuevamente, a otro café, a varios cafés. Conoció a sus amigos, él a los suyos. Se dieron un beso, muchos besos. Compartieron abrazos, risas, cenas, bailes, películas. Intercambiaron regalos, tuvieron discusiones, se reconciliaron. Más besos, más abrazos, más cafés. Y por fin, él preguntó: ¿Quieres…? Volteó a ver nuevamente su taza, apenas había dado dos sorbos a su espresso. Él estaba parado a un lado de la mesita y terminó su pregunta: ¿Quieres ordenar algo más?

Sara Valenzuela