Duerme, Bebé, Duerme

Duerme, bebe, duerme

Por Alonso Calbo.

A la orilla de todo, sin ser vista, una mujer camina cautelosa hacia una choza mal hecha, en medio de un campamento oculto por la selva africana. Está vestida con lo que apenas podrían llamarse harapos, la ropa hecha jirones, claramente usada más allá de lo que resisten las telas, aunque a la mujer parece no importarle, tiene mayores preocupaciones que la ropa que lleva puesta; una amenaza intangible persiste en el ambiente. A lo lejos, los hombres dejan sus armas y se agrupan para comer, ríen, gritan y bromean entre ellos, pero ella viaja hacia la choza con un pensamiento que se repite en su mente: « Por favor un momento, sólo quiero un breve momento ».

La mujer entra a la choza con sumo cuidado, no quiere causar ruido, lentamente se acerca al centro en donde un montón de ramas entretejidas forman lo que con algo de imaginación podría llamarse una canasta, dentro, un montón de trapos y harapos se mueven muy ligeramente. La mujer decide aventurarse a tomar un vistazo más de cerca, tiene miedo, pero algo más poderoso la impulsa a actuar. Con delicadeza, ella mueve las telas, para descubrir un hermoso bebé. El pequeño está despierto, mas no hace ruido, no llora ni gime, pero al sentir el movimiento abre sus pequeños ojos, y muestra en un carita un esbozo de sonrisa.

— Mtoto wangu — Mi bebé, lo llama la mujer, más un suspiro que palabras vociferadas.

Con cuidado y cariño, la mujer toma al pequeño en sus brazos, en este instante, para ella, no existe nada más que la madre y su niño. Ella acerca el bebé a su pecho, toma un momento, pero el bebé comienza a comer, la mujer puede sentir la boquita del niño mamando su teta, y una lágrima escapa de sus ojos acompañada de una sonrisa en su rostro.

La escena trae recuerdos a la mujer, memorias de otro mundo, una vieja canción de cuna. Lentamente la canción escapa de sus labios, débil al principio, la tonada cobra vida por sí misma.

— Lala mtoto lala — Duerme bebé duerme.

— Jua nalo limezama — El sol también se está poniendo.

— Ndege wote wamelala — Los pájaros están dormidos.

— Lala mpendwa lala lala lala — Duerme querido duerme duerme duerme.

— ¡Deja de cantarle, perra! —una cruel voz regresa a la mujer con su niño a la realidad.

El hombre que se encuentra a la entrada de la choza, lleva unos pantalones militares llenos de jirones, igual que una playera de un equipo de fútbol europeo, su piel oscura contrasta con el claro de su turbante, lleva una pistola en el cinturón,  y en sus manos cubiertas de cicatrices, carga con un rifle automático, que exhibe como para dar prueba de su autoridad.

— Sabía que te encontraría aquí, maldita, no puedes cocinar o hacer nada bien. Apenas puedes, sales corriendo para evitar trabajar.

El hombre es Magal, el líder del campamento, es un hombre tosco y sucio, su grande y desordenada barba carga restos de comida, y se nota el sudor en la ropa que lleva.

— Deja al niño y sal afuera —comanda Magal.

La mujer duda, la paradoja ocasionada por el miedo que siente, y el deseo de proteger a su hijo, la tienen paralizada.

— Deja ya al niño, bruja. Un día ese niño será un hombre, un guerrero sagrado que ayudará a traer el castigo de nuestros enemigos y la gloria de Al-Shabaab, todo en el nombre de Allah. No te necesita a ti, ni a tus canciones.

— Mi hijo nunca será como ustedes —las palabras escapan de los labios de la mujer, parecen actuar por cuenta propia para sorpresa de ella.

La mujer voltea a ver el rostro de Magal y sabe lo que viene a continuación, lo reconoce; Magal no duda, su oscuro rostro cubierto de sudor se endurece, sus ojos se llenan de una ira que quema la piel, Magal aprieta su puño lleno de cicatrices, su cintura se gira para dar más peso a su movimiento, su hombro se mueve hacia atrás llevando consigo el resto de su brazo, el siguiente movimiento es rápido y certero, el puño viaja definiendo un arco en el aire. La mujer siente un intenso dolor antes de que todo desaparezca.

Al despertar, todo da vueltas y sólo se escucha un zumbido, mientras el mundo decide detenerse, ella da cuenta de Magal, restregándose contra ella en la tierra de la choza.  Le pide a su cuerpo que no se mueva y que deje de sentir; el cuerpo hace caso de la primera petición, pero, en cuanto a la segunda, lo siente todo. Ella siente el sudor de Magal cayendo a gotas, siente el peso de su cuerpo posado sobre unos brazos y pecho derrotados, siente el olor rancio que emana del cuerpo de él, siente el uume de Magal salvajemente invadiendo el uke de ella, creando un dolor que alcanza todo el cuerpo y el alma, la escena es enferma, al igual que tantas otras ocasiones anteriores, pero como lo ha descubierto tras dos años de abusos, no hay nada que ella pueda hacer, sólo esperar que termine pronto.

Algo más llama la atención de la mujer, el zumbido ha cedido, y ahora escucha la respiración forzada de Magal, y los quejidos apagados que emanan de ella, pero más allá, escucha el llanto de un bebé, su bebé, voltea a ver a la inocente criatura que llora desconsoladamente en el frío suelo de tierra, las hormigas han llegado hasta él y suben por sus piernitas, y ella observa sin poder actuar. El llanto parece molestar a Magal, quien se detiene por un momento, trata de continuar, y después de unos empujes, se vuelve a detener.

— Calla ese niño —demanda Magal con enfado en su voz.

Las manos no se pueden mover, el cuerpo sigue atrapado, sólo se escucha una voz que suena como el lamento de un débil fantasma.

— Shhh mtoto, son sólo unas siafu, no te harán nada.

El bebé sigue llorando, mientras la frustración de Magal aumenta. Derrotado, Magal se levanta, y se acerca al bebé tratando de sacudir las hormigas de sus piernitas con brusquedad. Vencido por los llantos de la criaturita, el imponente hombre entrega el bebé a los únicos otros brazos que están ahí.

— Haz que calle —ordena con voz autoritaria, mientras se acomoda los pantalones.

Las manos de la mujer comienzan a actuar por instinto, meciendo a la cría en brazos, acercando su boquita a los pezones para que pueda comer. Magal extrae una cajetilla de cigarros maltrecha de una bolsa de su pantalón y con un aire de decepción sale de la choza.

El niño insiste con su llanto, y la mujer no puede más que recordar lo que dijo Magal: “Uno de nosotros”. El recuerdo que deja una semilla. La mujer le ruega a sus manos actuar, pero éstas no se mueven, le implora a sus brazos levantarse, pero no reaccionan, le ordena a sus dedos moverse, pero ellos permanecen. Por un momento la tarea parece imposible, pero la mujer no se rinde, realiza un último intento, reúne toda la voluntad, todo el resentimiento, la energía, el deseo, el sufrimiento, todo lo que es capaz de extraer de lo más profundo de su ser y más aún, todo, con el afán de salvar a su hijo, su bebé.

Sin saber cuántos minutos, días o años, son los que pasan, la mujer espera paciente mientras la choza yace en silencio, su mente un vacío y torbellino a la vez. Finalmente, la figura de un hombre aparece en la entrada, un oscuro contraste contra el sol del exterior, Magal da unos pasos y se detiene al encontrarse con una escena inesperada.

— Mi nombre es Adia Otieno, y mi hijo jamás será uno de ustedes —declara la mujer en voz propia y de manera absoluta.

El hombre deja caer su cigarrillo encendido mientras observa el cuerpo sin vida del pequeño bebé, aún colgando de los brazos de la madre, el tiempo parece detenerse y estirarse, la mano de Magal se dirige a su propio rostro, al retirarla, la sorpresa se ha transformado en cólera, el hombre lleva su mano hacia su cinturón, de donde toma su pistola la cual apunta con el cañón hacia el rostro de ella, el dedo sobre el gatillo, se produce un ruido, una explosión y una luz. Todo, mientras un único pensamiento pasa por la mente de Adia:

— Lala mtoto lala…— Duerme bebé duerme.