La pregunta

Por Nicte G. Yuen

Celeste estaba ahí, mirando a través de la ventana las columnas de humo que se alzaban en distintas direcciones. El olor a quemado inundaba todo el departamento mientras una lluvia de cenizas mantenía la ciudad en tinieblas.

—No me has respondido —murmuró Fabián, quien con lentitud le acariciaba el cabello ondulado. Se acercó un poco más, rodeándola con sus brazos.

—Sabes que te amo —respondió Celeste dejándose abrazar. Lo besó con lentitud, como si tuviera el tiempo de su lado. Sonrió.

—¿Entonces? 

—A este punto en los cinco continentes se han detonado bombas, las principales capitales del mundo están ardiendo… No importa si hablas español, inglés, alemán, francés, mandarin… No importa, estás muerto o agonizando o en tus últimos momentos de paz antes de la tormenta.  La guerra nos ha alcanzado a todos… Nos estamos hundiendo en este barco llamado Tierra.

—Mi pregunta es inoportuna… ¿A eso te refieres?

—¡Vamos a morir! Hoy, mañana o en unos días… ¡Qué más da cuál sea mi respuesta!

Fabián asintió, en su rostro se dibujó una mueca. 

—Y pensar que cuando bombardearon Dubai se aseguró que sería un hecho alistado… Fuimos tan estúpidos, la tercera guerra mundial ya nos respiraba en la nuca. 

Los gritos de las personas que allá, en las calles, corrían tratando de ponerse a salvo, silenció la conversación. Celeste abrazó a Fabián, sus laǵrimas antes discretas se transformaron en un llanto torrencial. Ambos cerraron los ojos, los gritos de varios niños se escuchaban demasiado cercanos, como si estuvieran muriendo en el departamento de al lado. También comenzaron a oírse cánticos religiosos y oraciones, quizá era la última esperanza de los feligreses antes de ser alcanzados por la muerte.

—Estoy aterrada —expresó Celeste con voz entrecortada —, siento que voy a desmayarme en cualquier momento.

—¡Yo también te amo! —exclamó Fabián — Fui un tonto, debí preguntar hace mucho tiempo, es sólo que sentía que no tenía lo suficiente para ofrecer. Y ahora que lo tengo… bueno, nos vamos a ir todos al carajo.

 Los celulares comenzaron a sonar, las pantallas se iluminaron, alerta de bombardeo, alerta de bombardeo, un minuto, un minuto. 

—Puede ser el edificio de enfrente o nuestra torre, puede ser a las afueras de la ciudad o encima de nosotros… 

—¿Quieres rezar? —preguntó Fabián abrazándola aún más fuerte. Luego le dio un beso con la esperanza que el tiempo se detuviera justo ahí. 

—Hace muchos años que dejé de hacerlo… Ya olvidé…

El edificio de veinte pisos tembló con violencia, rompiendo todas las ventanas en una fracción de segundo. Una lluvia de cristales se expandió dentro del departamento. 

—¡No vamos a ver otro amanecer! —lloriqueó Celeste sin poder apartar la mirada de los ojos azules de su novio — Quisiera tener un lugar a dónde escapar, un refugio, quisiera que tuviéramos una esperanza aunque fuera pequeña.

Entonces Celeste trató de moverse, estaba herida, no de gravedad, pero los cristales que la habían alcanzado le habían lastimado ambos brazos. Sin embargo, estaba tan aterrada que no podía mover sus piernas para avanzar o retroceder, estaba anclada al piso.

Gritos avanzando por el pasillo. 

Gritos lejanos, moribundos.

—¡Tú también estás herido! —gritó Celeste echándose para atrás. Fabián  estaba tan ensangrentado como ella. 

—¡Tranquila! Sólo un poco, en mis piernas, tal vez en alguna parte de mi espalda, nada grave —respondió mientras se sacudía los cristales que tenía entre la ropa— ¡Al menos el fin del mundo nos agarró juntos! Si Dios me hubiera preguntado cómo quería morir…

Alerta de bombardeo, alerta de bombardeo, dos minutos, dos minutos.

La pantalla de ambos celulares se iluminó. Gritos renovados corriendo escaleras abajo. 

Celeste y Fabián volvieron a abrazarse. 

—Hazlo —murmuró Celeste — ya no queda mucho tiempo.

Fabián sacó del bolsillo trasero de su pantalón una pequeña caja de terciopelo azul. Se sentía débil, como adormilado. Miró la sangre que manchaba su pantalón con la sensación de estar afuera de su cuerpo.

—¿Quieres casarte conmigo? 

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