
Por Nicte G. Yuen
Miércoles 31 de diciembre del 2025
11:30 P.M.
Querido Amante:
No tengo idea de la fecha exacta en que te conocí, en mi memoria no existe un día de un mes, los recuerdos están borrosos en mi cabeza. Creo que fue tu voz lo que me hizo voltear entre la multitud y buscarte; la energía que emanaba de tus cuerdas vocales, el sonido de tu risa. Y simplemente me quedé embelesada mirando el tono azulado de tus ojos en perfecta simetría con la carnosidad de tus labios. Entonces todo a mi alrededor desapareció, mi urgencia por llegar puntual al trabajo, las horas de sueño atrasadas, el hueco en mi estómago, la tensión en mis hombros. Desapareció cuando el contacto visual se produjo. La mueca en tu rostro me provocó escalofríos, había un misterio ahí, entre tus cejas y tu mentón, un algo que me sacó una sonrisa y me obligó a desviar la mirada. Seguí caminando a pesar del temblor en mis piernas, porque estaba segura que me seguías con la mirada. Jalé aire con fuerza, lo sostuve un momento y exhalé en cuatro tiempos. Entré a esa cafetería famosa por sus conchas rellenas de exóticas mermeladas y busqué una mesa en la terraza. Dejé sobre una de las sillas las bolsas que llevaba en la mano.
—¿Puedo acompañarte? — preguntaste detrás de mí. Estoy segura que tus labios rozaron mi oído derecho. Cerré los ojos porque estaba aterrada. Era la primera vez en la vida que me sucedía aquello.
Te miré como dentro de un sueño.
—Sí, claro —respondí sin pensarlo. Y me apresuré a quitar las bolsas de la silla.
¿Lo recuerdas? Nuestro primer intercambio de palabras. La primera cita en aquel café, en aquella terraza con olor a miel y chocolate.
—¿Tienes novio o puedo pedir tu número teléfonico? —soltaste mientras dejabas la propina al centro de la mesa.
Desvié la mirada por puro instinto. El idiota de mi ex había escupido tantas culpas sobre mi rostro que irremediablemente tuve que visitar al psicólogo.
—No, no tengo novio —murmuré sin atreverme a mirarte.
Una conversación llevó a otra, las salidas a cafés y restaurantes, los paseos nocturnos, los debates existenciales sobre Dios y la existencia del infierno y el paraíso, los recuerdos de nuestra niñez. De una forma no planeada, tu presencia en mi vida se volvió una constante. Nuestros caminos se cruzaron y te quedaste perfectamente plantado en mi existencia. Por supuesto que debo admitir que las primeras semanas estaba inmersa en una extraña crisis, aún se cruzaban por mi cabeza los reproches de quien había sido mi pareja por muchos años. No había podido sacarlo de mis pesadillas y mis insomnios. Sin embargo, cuando los primeros besos se presentaron, todo mi pasado se fue al carajo. La forma en que tus brazos rodearon mi cintura, apretándote contra mi cuerpo, disolvió mi negativa a volver a tener pareja. Ahí estaba yo, de pie en la orilla del abismo, ansiosa por dar el salto.
—No me mires así —te dije separando mi cuerpo del tuyo tras aquel primer beso. Tenía escalofríos y un mordisco en el labio inferior.
—Lo siento —dijiste antes de caer en aquel ataque de risa —es que tu boca es tan apetecible.
—No puedo creer que me hayas mordido —dije entre dientes cruzando mis brazos. No lograba resistir la intensidad que emanaba de tu cuerpo aún en aquel traje negro. Retrocedí, aún sabiendo que deseaba más.
—¡Ya, ya, ven acá, deja morderte donde me hizo falta!
Debo admitir que tampoco recuerdo con exactitud cuándo despertar a tu lado cada mañana se volvió una constante. Tu casa, mi casa, el resultado era el mismo. Lo difícil fue dar el primer paso, desabotonar la primera camisa, bajar el cierre, tirar el fajo al suelo; ya después se hacía a ojos cerrados, sin rodeos. Daba igual qué tan tarde salieras del trabajo, los encuentros siempre se suscitaban.
El motivo de esta carta es para agradecerte cada caricia, cada beso, cada abrazo y todos los te amo que han salido de tu boca. Este 2025 estuvo marcado por tu presencia rodeándome de cariño, arrancándome una sonrisa cuando tuve un mal día, velando mis noches más oscuras y cubriendo mis temores con tu cuerpo. Yo no hubiera dado un paso al frente para dejar definitivamente el pasado atrás sin el empujón que me diste a base de respeto y confianza. Eso fue el bálsamo que terminó por curar la herida.
Hace unos días, cuando caminaba rumbo al trabajo, apresurada porque iba tarde y tenía una reunión, mis pasos se cruzaron con los de él, mi ex. Lo miré de reojo, me miró de reojo, nos detuvimos, nos observamos, nuestras miradas se encontraron de frente, recorriéndonos de pies a cabeza, y luego seguimos caminando. No me importo, sentí indiferencia, como si me hubiera topado con un desconocido. Un par de cuadras más adelante, me detuve y miré hacia atrás, era él ni duda cabía; entonces sonreí aliviada, dentro de mí no había amor ni odio. Él había formado parte de mí en tiempos pasados, pero esos recuerdos habían dejado de doler.


Hermoso FELICIDADES!!!
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una fantástica historia, con palabras que transmiten amor, pasión y emoción en cada momento
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