La bestia

Por Missael Mireles

Era algo similar a un depredador, uno que no la amenazaba de una manera física, no en el sentido de saber que la devoraría hasta la muerte. El tormento era diferente, y de eso estaba segura Karina. Se maldecía a sí misma, a su propia vida, por haber caído víctima de aquel depredador, de aquella entidad incorpórea, a sus escasos diecinueve años. 

           Aún recordaba, detalle por detalle, el día en que la cruel entidad llegó a su vida: fue cuatro meses atrás, en una aparentemente cálida y pacífica reunión con sus más cercanas amistades. No hubo nada extraordinario en dicho evento, y el sitio donde tuvo lugar la casa de Jimena, su amiga más cercana, era de lo más normal: la clásica vivienda de una familia bien acomodada, con la posición económica suficiente para darse el lujo de contar con una alberca en el jardín. 

            Karina no estuvo en el agua por mucho tiempo debido al conflicto que le generaba el usar traje de baño. Procuró permanecer quieta, evitando salir a la superficie. Fue cuando sucumbió al estrés que decidió salir de la piscina, cubriéndose apresuradamente con una toalla. Daba la apariencia de que algo estaba ocultando con miedo y angustia, más no era nada salvo su apariencia física. No fue sino hasta haberse vestido que sintió alivio. Y durante el resto de la tarde se mantuvo en una especie de estado de alerta: ¿Me habrán visto lo suficiente?, ¿qué pensarán los demás de mi complexión? No tenía sobrepeso, mas pensaba que su complexión no era del todo esbelta, o, en extremo, atractiva. 

           Tardó en recobrar la tranquilidad. El estrés había sido tal que hasta le parecía difícil de creer el haber tomado la decisión de entrar en la alberca. Comenzó el atardecer entre risas, bromas y conversaciones nada sorprendentes, pero genuinas y reconfortantes.

            Entonces llegó.

            Una sensación. Una rara y nada tranquila sensación repentina, alarmante.

            Tuvo el presentimiento de un peligro inminente y desconocido. Miró a su alrededor en busca de alguna señal preocupante: un incendio, un temblor, quizás un asesino desquiciado que había logrado entrar a la casa. Nada. Su corazón palpitaba con fuerza, y un extraño dolor en el pecho surgió después. Al mismo tiempo, no podía respirar y vislumbró la imagen de ella derrumbada en el suelo, sin poder ver nada más que los angustiados rostros de sus amigos rodeándola. Estaba por desmayarse. Dio por hecho que así sería. Se preparó para el impacto. No pasó nada. Pero el pulso acelerado y el dolor en el pecho seguían ahí. 

             ¿Sería acaso una enfermedad?, ¿un infarto?, ¿o un derrame cerebral? No lo sabía, sin embargo, estaba asustada. Muy asustada. Las palmas de sus manos se humedecieron, su pulso palpitaba con fuerza, hasta en su yugular y otra sensación indescriptible que recorrió su pecho, algo similar a un escalofrío. Su miedo evolucionó: pasó de estar asustada a sentir terror genuino. Algo malo estaba sucediendo, o estaba por suceder, no tenía idea alguna sobre qué podría ser. Sucumbió al impulso de alejarse repentinamente de sus amigos, sin pronunciar palabra alguna; no dejaba de asimilar todo lo que estaba sintiendo, lo cual parecía carecer de lógica alguna, pero trataba de encontrársela o, por lo menos, averiguar la razón que había provocado ese cóctel de extraños y atemorizantes síntomas. 

             Su destino fue el baño, sin tener una razón concreta para dirigirse ahí y se empapó el rostro con agua fría, deseando que el líquido cristalino le ayudara, por lo menos, a reaccionar. No logró encontrar calma, aunque todo ese pensamiento apocalíptico había perdido algo de fuerza, pues sus temblorosas piernas se lo indicaban. Intentó respirar hondo por la boca en repetidas ocasiones, más de las que hubiera deseado, tal vez esa sería la solución definitiva. 

            De nueva cuenta, se mantuvo callada tras regresar al jardín. No hubo sospechas ni comentarios ante su repentina ausencia, y volvió a sentarse en el mismo sitio en que había estado minutos antes, continuando con el esfuerzo de mantener la discreción. No deseaba alertar a ninguno de sus amigos. Empero, el miedo y la preocupación seguían latentes, enganchados a la mente de la joven, lo que provocó que a ella le fuese imposible abandonar ese súbito estado de alerta: agitaba las piernas, constantemente cambiaba de posición, y las palmas de sus manos se volvieron a empapar de sudor.

          -Kari, ¿estás bien? – alguien preguntó de repente. Aquellas palabras la obligaron a reaccionar, y se volvió hacia quien las había pronunciado; era Jimena.

         -Sip- fue lo único que respondió al instante, mientras asintió con la cabeza- todo bien, hermanita. ¿Por?

         -Te noto algo rara, como intranquila. ¿Segura que está todo en orden?

         – ¡Claro! Nada más estaba pensando en el semestre, ya ves, ojalá todo salga bien- Karina se esforzó por lograr que su diálogo sonara lo más natural y genuino posible y, a la vez, se debatía con su conciencia si debía confesarle a su amiga todo lo que había comenzado a sentir, si debía deshacerse del orgullo y del miedo al qué dirán con el objetivo de encontrar algo de ayuda.

         -Ok…- su amiga no parecía del todo convencida, no tenía intención en presionar a la joven, y se conformó con su respuesta -. De todos modos, no te estreses, yo sé lo aplicada que eres. Te va a ir muy bien, ya verás.

         -Así será, Jime, gracias por tus palabras- dijo con una indiferencia disfrazada de agradecimiento. No tenía cabeza para expresar algún sentimiento positivo. 

        Después, se limitó a continuar con la velada, mientras se mantenía en esa lucha interna por recobrar la paz. “Ok, tranquila, no te pasó nada, estás bien”, se repitió a sí misma durante el resto de la reunión.

*

Esa noche no durmió lo suficiente. No había posibilidad de lograrlo. Su cena consistió en una barrita de avena y un recipiente pequeño de yogurt, lo cual resultó ser más que vasto; su apetito se esfumó casi en su totalidad, dejando apenas un antojo disponible para no pasar hambre, si es que podría sentirla en algún punto de la madrugada. En su mente, la inquietud la obligaba a no cerrar los ojos, a estar atenta en cada segundo a cualquier indicio de peligro, fuese interior o exterior y Karina estaba segura de no tener más opción. Sus padres dormían, pero ella deambulaba por toda la casa, de arriba a abajo, de su habitación a la sala y al patio cual alma en pena.

           Un nuevo impulso surgió, uno que la incitaba a despertar a sus progenitores, ¿por qué razón? Lo ignoraba. No obstante, supuso que, al no estar ellos dormidos, podrían estar a salvo… ¿de qué?

           Su cuerpo fue invadido por escalofríos, similar a una corriente eléctrica localizada en su pecho. Se mantenía ahí, fija, desagradable, que no podía brindar descripción alguna. Dicha corriente le lastimaba el torso. Parecía haber mutado de una descarga eléctrica a un conjunto de hielos pesados y punzocortantes. Sintió un frío extraño.  La única opción que le quedaba era recurrir a internet, con la esperanza de encontrar una respuesta o, por lo menos, una explicación lógica a aquello que comenzó a abrumarla. “Sensación de ahogo y desmayo”, “dolor en el pecho”, “sudoración excesiva en las manos”, todo eso teclearon sus dedos con una velocidad hasta ese entonces desconocida para ella.

          Y supo que había cometido un error fatal.

          “Posible infarto”, “accidente cerebro-vascular”, “esclerosis múltiple”. Dichas palabras perpetraron en su mente cual ráfaga de lanzas y flechas puntiagudas, abriendo las dolorosas laceraciones intangibles que el miedo había provocado en su ser. 

          Las taquicardias volvieron, junto con la sudoración en las manos y la terrible visión de una muerte próxima. Ahí, fue vencida por el terror y se dejó caer en el sillón de la sala, víctima de un inminente llanto. 

          Ese fue el nacimiento de la Bestia. 

*

Ignoraba cómo había logrado quedarse dormida, sin embargo, no había descansado, no hubo ningún efecto reparador en el corto sueño que pudo concebir. 

          Era sábado, y al despertar, no tuvo apetito alguno, como la noche anterior. Dio vueltas entre las sábanas por varios minutos, y dirigía su atención a su Samsung Galaxy en repetidas ocasiones. No. No debía buscar nada en internet; a esas alturas, ya tenía una idea de lo que podría encontrarse ahí. Era una caja de Pandora que le atemorizaba volver a abrir. Pero, ¿y si esta vez es diferente? Su mente rumiaba en un océano infinito de ideas oscuras, todas ellas, lógicas y verosímiles para su perspectiva. Y ahí encontró su alimento la Bestia. De nuevo, lágrimas en sus ojos.

          Karina atribuyó el haber despertado a un milagro: anoche estaba segura de que, en algún punto de la madrugada, sufriría algo doloroso y letal. A pesar de no haber sucedido, el siniestro presentimiento de que pronto llegaría el suceso seguía latente, vivo e intenso. Sí, no había otra respuesta. 

*

Karina convenció a sus padres de acudir por ayuda médica después de contarles sobre sus extraños síntomas. El primer diagnóstico que recibió había sido en verdad positivo: el encefalograma no marcaba resultados alarmantes y encontró reconfortantes las palabras del neurólogo que dio el veredicto. Ahí no había nada de qué preocuparse, ni de un tumor, ni de nada parecido.

       ¿Y si se equivocó?, ¿si el diagnóstico estuvo mal? Los doctores también se equivocan. Aquella idea estuvo presente en la joven durante los días siguientes, acompañada de angustia e inquietud ¿Quién podría en verdad asegurarle que el neurólogo había dicho la verdad?

         No dejó de sugestionarse sino hasta el día en que acudió a un consultorio de cardiología. El proceso fue más corto de lo que se había imaginado; su pulso estaba en orden, su ritmo cardíaco… normal. En resumen, su corazón estaba sano o, por lo menos, eso aparentaba. La paranoia seguía ahí, acechando, esperando su momento para esparcirse por la mente de Karina. Sentada frente al escritorio del doctor, aguardó mientras éste revisaba los estudios. 

         -Pues bien, señorita- dijo con amabilidad el cardiólogo. Era un sujeto de aparentes sesenta y tantos años, pero con una actitud jovial-, todo en orden, estás completamente sana- entonces dirigió una mirada analítica a la joven-. Si se puede saber, ¿por qué viniste a revisarte? 

         -Ah…- permaneció unos segundos en pausa, esforzándose por encontrar la respuesta adecuada. ¿Debía decirle la verdad? ¿y si la tachaba de loca o exagerada? Algo dentro de ella le indicaba que la Bestia estaba ahí presente, quizás tranquila, o poco hambrienta, pero Karina se sintió vigilada por ella. No digas nada, estás advertida. Creyó escuchar esas palabras con la misma claridad con la que veía el consultorio del cardiólogo. Y entonces…-, verá, hace unos días me pasó algo muy raro: estaba en una fiesta con mis amigos y, de repente, comencé a tener muchísimo miedo y angustia, como si algo malo estuviera pasando. Tuve un ligero dolor en el pecho y se me aceleraba el corazón, sentí también que me faltaba el aire y que me iba a desvanecer. Pensé que me iba a dar un infarto o algo así- miraba fijamente al doctor mientras le contaba la verdad. Tales palabras lo hundieron más en su postura analítica hacia Karina.

            -Bueno- respondió, recargándose en su silla- las pruebas están aquí: no estás ni cerca de sufrir un paro- añadió observando el documento-, tu salud cardiovascular está en orden. ¿Habías tenido estas sensaciones antes?

           -Para nada- Karina negó con la cabeza- tal cual fue la primera vez, pero aún estoy algo preocupada- cuando terminó de hablar, el doctor se levantó de su silla y rodeó el escritorio, en dirección a la joven paciente.

          – ¿Me permites? – cuestionó levantando los brazos hacia la mandíbula de Karina. Ella asintió. El cardiólogo masajeó suavemente con sus dedos anulares debajo de la quijada, en la zona cercana a la yugular. Karina sintió un repentino dolor punzante-. Estás muy estresada, ¿has pasado por algún mal momento en estos días?

          -No, doctor, para nada, en sí todo ha sido muy…normal, muy cotidiano y monótono. De hecho, hace poco terminó el semestre y no estoy disfrutado las vacaciones- no se percató de que tenía los puños cerrados sobre sus piernas.

          -Ok…eso si me sorprende, porque tu nivel de estrés no me parece muy común en alguien de tu edad. Claro, no niego que tus clases se te hagan pesadas en ocasiones, pero, a fin de cuentas, no tienes ninguna otra responsabilidad; no tienes hijos ni nada por el estilo. Fuera de eso, ¿qué te tiene tan angustiada? – aquella pregunta sonó lo bastante amigable como para no generarle a Karina la idea de que se trataba de un regaño.

         -La verdad, no lo sé, podría ser por lo que le conté, pero, fuera de eso, no hay nada extraordinario- tras responder, el cardiólogo regresó al lado opuesto del escritorio, volvió a sentarse en la silla y miró fijamente a la joven. 

        – ¿Me permites hacerte una sugerencia? Lo digo con todo el respeto y amabilidad del mundo; es un tema que muchas personas no se lo toman tan a la ligera- agregó atento a cualquier reacción proveniente de Karina, y la única que recibió fue un suave “ajá” por parte de ella, acompañado de una mirada atenta-. Va, perfecto- acto seguido, abrió un cajón de su costado izquierdo, sacó una pequeña tarjeta azul, para después extender la mano que la sostenía. Karina la recibió: era una tarjeta colorida y elegante, que tenía grabado en relieve el nombre “Norma Barrantes Alcázar”. Debajo de este, la descripción “psiquiatra y terapeuta”- es amiga mía, y compañera de la facultad. Te hago esta recomendación más que nada porque, tomando en cuenta tu estudio y lo que hemos hablado, muchas veces los problemas o molestias que sentimos en nuestro cuerpo no necesariamente provienen de una enfermedad o una infección. Lo que tenemos aquí- señaló su sien con el dedo índice- nos puede afectar mucho más de lo que pensamos.

        -Entiendo- añadió sin lucir ofendida por el diálogo del doctor, aunque no tenía con exactitud las palabras adecuadas para continuar hablando- ¿cobra mucho?

       -No estoy seguro, pero ojalá puedas darte una oportunidad para atender ese aspecto y, de nuevo, no te lo digo en plan de ofenderte. Muy al contrario; esto es algo que, por desgracia, solemos descuidar bastante y, aunque pueda no parecerlo, es bastante dañino. Esto es por y para ayudarte, estás muy joven para tener esta carga.

        -No se preocupe, no me ofende. Más bien, le agradezco mucho su apoyo- atinó a decir sin demostrar nada. El doctor le sonrió, asintiendo. Fue su forma de responder “no tienes qué agradecer”.  Karina salió del consultorio, en compañía de sus padres, con los resultados en mano. Ya no había nada de qué preocuparse respecto al estado de su salud cardiovascular, tenía pruebas que lo garantizaban. No obstante, al volver a observar la tarjeta de la psiquiatra…” ¿Tendré una enfermedad mental?”. Afuera se percibía la calidez de una tarde de verano placentera, imagen que Karina no era capaz de apreciar por causa de la bruma en su mente: veía personas ejercitándose o paseando a sus mascotas sin aparente preocupación, negocios y tiendas operando con normalidad. En pocas palabras, había vida a su alrededor, una vida cotidiana pacífica y Karina observaba el panorama con indiferencia. De las palmas de sus manos comenzó a brotar sudor. La Bestia estaba despertando.

*

La recepción del centro en que laboraba la Dra. Norma no lucía diferente a cualquiera que la joven había visitado antes: paredes pintadas de blanco, cuadros con pinturas y fotografías que representaban la paz y la salud, personas sentadas en sillones de cuero blanco atentos a sus celulares o libros de bolsillo. Nada fuera de lo común. Estás a punto de ver a una psiquiatra, pensó Karina. Estás dañada. Esos pensamientos se vieron acompañados por el incesante movimiento de sus piernas.

           De una de las puertas del centro salió una familia conformada por los padres y un hijo cuya edad aparentaba ser de etapa adolescente. Mientras los tutores intercambiaban diálogos con una mujer madura, de cabello mediano y castaño. Karina dejó su mirada discretamente fija en el primogénito: su rostro lucía perturbado, carente de raciocinio. Daba la impresión de padecer algún trastorno severo. 

         Así vas a terminar tú también. Y el movimiento de sus piernas continuaba. La mujer madura, debía de ser la doctora, volvió al interior del consultorio y la familia salió del centro después de agendar una cita. ¿Qué enfermedad tendría el hijo?, ¿era ese el destino que aguardaba a la joven angustiada?

          -¿Karina Rosales?- sonó la voz de la recepcionista. Karina volvió la mirada hacia ella y levantó la mano cual estudiante pidiendo permiso para hablar en clase-. Adelante, por favor- agregó señalando hacia la misma puerta por la que había salido la familia. Ella agradeció en voz baja, se encaminó hacia la habitación disimulando los temblores en sus piernas con el deseo de no hacer el ridículo mientras caminaba. Sería horrible que eso pasara: quienes la hubieran visto se burlarían de ella, y muy probablemente se les ocurriría algún apodo humillante con el cual bautizarla…

           – ¡Buenas tardes! Pasa- la voz de la Dra. Norma interrumpió sus catastróficos pensamientos. 

           -Qué tal, doctora, buenas tardes- Karina sintió que había podido sonreír de manera genuina. Al entrar en el consultorio, creyó percibir una esencia amigable y tranquila; dentro había un librero con varios tomos de estudios médicos y psicológicos, algún libro de autoayuda, que debía ser serio y en verdad útil, dos recuadros en los que pudo observar a la doctora en compañía de un hombre algo canoso y dos jóvenes, hombre y mujer, que parecían tener su misma edad y un crucifijo de madera sostenido por una base redonda. 

            -Karina, ¿verdad? Gusto en conocerte- agregó la Dra. Norma, sentándose en un sillón cuadrado individual de terciopelo azul. 

            – ¡Igualmente! – una parte suya le hacía pensar que podía sentirse más tranquila estando en presencia de una profesional y en un espacio que incitaba a una conversación afectuosa. 

          La joven se sentó en un sillón más amplio, del mismo material y tonalidad que el de la doctora, situado frente a ésta. Desde ese punto, pudo observar los títulos académicos enmarcados y un recuadro del Sagrado Corazón ubicados encima de Norma. 

         -Antes de comenzar, me gustaría que me contaras un poco sobre ti: a qué te dedicas, tus pasatiempos, todo lo que sea relevante- dijo la doctora con un semblante confiable, que, incluso, denotaba un instinto materno muy bien desarrollado, Karina además percibió en la doctora una capacidad y devoción de ayudar, por lo que accedió a su petición, un tanto emocionada por compartir todo lo que era importante para ella. Por alguna razón, no le fue difícil abrirse: su subconsciente tenía indicaciones claras de estar en un sitio adecuado para ello. A ver cuánto te dura, no te emociones. Le contó sobre sus estudios y pasatiempos.

         -Perfecto, Karina. Cuéntame, ¿ésta es la primera vez que acudes a terapia? – interrogó sin despegar los ojos de la joven. Ella asintió-. Muy bien. Primero que nada, quiero que sepas que este es un espacio en donde debes ser sincera contigo misma; no te guardes ninguna cosa negativa, por más fuerte o vergonzosa. Estás aquí para sanar y yo estoy para guiarte por este camino. Debo confesar, no suele ser tan fácil como parece, pero, de nuevo, para eso estoy yo aquí. De igual forma, toma con calma el proceso, date tu tiempo para hablar, para poner en orden tus ideas y, sobre todo, ten paciencia contigo misma. Ahora sí, dime en qué puedo ayudarte- finalizó con una cálida sonrisa, la cual, indudablemente, incitaba al diálogo y la confianza. 

         -Muchas gracias por sus palabras, doctora- agregó Karina. Y sin más preámbulos, la sesión inició…

*

Tan sólo cuatro días habían transcurrido después de su primera visita con la Dra. Norma, y faltaban poco más de dos semanas para volver a verla. A Karina le parecía una eternidad el tiempo restante para volver a verla, lo que significaba un ingrediente más en el cúmulo de torturas provocadas por la Bestia, el consultorio de la psiquiatra, la medicina recetada, eran los únicos refugios que tenía. Debía combatir en esa batalla por su propia cuenta durante los próximos días. Karina no se sentía capaz de lograrlo. 

         La noche anterior volvió a caer víctima del insomnio, hecho que dio paso a vivir, en una pesadilla auténtica pero invisible, en la cual no había espectros o criaturas siniestras, pero reinaba el miedo, la desesperanza. 

         El cambio en el peso corporal de la joven era notorio, más no rayaba en lo alarmante: se sorprendía por las ocasiones en que podía sentir un auténtico apetito, aunque había otras en las que sucedía todo lo contrario. Cayó en un bucle, quizás interminable; todo se resumía en angustia, temor y algo de paranoia. Dicha sensación se aferraba a ella en cada minuto, a veces floja, a veces sin misericordia y ni siquiera la compañía de Jimena podía sacarla de ahí.

       -No me es tan fácil hablar de esto, o, al menos, no con cualquiera. Por eso decidí comentártelo a ti, porque sé que contigo puedo hablar de lo que sea, sin tapujos y sin miedo- le dijo a su amiga entre todo el barullo del Parque Metropolitano. Jimena permaneció pasmada durante el relato de Karina, pensativa respecto a encontrar la forma adecuada de ayudarla. 

        -Entonces… ¿eso te pasó el día de la fiesta?, ¿por qué no me lo contaste?

         -Porque no quise que se preocuparan y me aferré a no darle importancia- dijo después de haber ingerido una píldora que sacó de un pastillero. 

         -Dime la verdad, Kari: ¿no querías preocuparnos? ¿O tenías miedo de contarnos? – ante la pregunta, Karina desvió la mirada, y suspiró.

         -Un poco de ambos: me hubiera asustado de verlos a ustedes angustiados por mí, pero, a la vez, no quería que me juzgaran.

         -¡¿Juzgarte?! Kari, no sé de dónde sacas esas ideas. Dime una vez en que alguno de nosotros te haya hecho eso.

         -Nunca. Sin embargo, fue como si no hubiera querido arriesgarme a ello; quizás me dejé llevar por ese miedo de volver a pasar por lo mismo que en la secundaria, cuando tenía sobrepeso y todos me tachaban de inútil o de estúpida, si cometía algún error- ella desviaba la mirada, mientras que Jimena mantenía la suya fija en las expresiones de su amiga.

         -En verdad, me saca de onda que te sientas así. Nosotros no somos esas personas de la secundaria; somos tus amigos, quienes siempre te hemos apoyado en todo lo que podemos. No sé si esa vez tuviste un mal día o te pasó algo, porque también te noté muy tensa cuando te metiste a la alberca.

        -Si, también fue eso, estuve estresada durante todo ese rato, por tener que usar traje de baño.

        -Pero, ¿por qué te sentías así? ¿No estás conforme con tu cuerpo?

       -No, no lo estoy…-sus labios comenzaron a temblar con sutilidad-. Tengo miedo, Jime…mucho miedo- y el llanto se hizo presente. Jimena se apresuró a sujetarla entre sus brazos, y aguardó hasta que Karina pudo recobrar el aliento-. Siento que mi vida ha cambiado para mal; nada me anima, lo que me gusta ya no tiene ningún efecto bueno en mí, desde hace un tiempo sólo siento preocupación y temor. No sé qué va a pasar en un futuro, pero pienso que serán puras cosas malas, mucho de lo que veo a mi alrededor me parece de mal augurio. Creo que ya no soy la de antes, Jime, mi vida ha caído en un hoyo del que no sé si podré salir. No quiero esto, no lo quiero. Mi mente no está en paz y, a veces, creo que nunca lo estará. Voy a terminar mal, voy a terminar muy mal- dijo entre sollozos. Jimena la sujetó con fuerza, para después sentarse frente a ella.

        -Creo que sé por lo que pasas. Te diré algo: así como lo bueno se acaba, lo malo también, nada es eterno. Imagina esto, estás en una casa y quieres llegar al segundo piso, pero las escaleras están llenas de obstáculos. En cada escalón hay algo que te impide subir: hay viudas negras, escorpiones, púas, hasta una sierra giratoria, da igual, tú imagínalo. Te da pánico subir esas escaleras, pero una parte de ti te incita a hacerlo, porque tienes claro el objetivo de llegar al segundo piso, entonces comienzas a subir, con miedo, con terror, con todo eso y aunque sientes dolor por las picaduras y las heridas, tú sólo te limitas a seguir avanzando. Quizás te topes con un momento en que quieres rendirte, porque sientes que el esfuerzo no está valiendo la pena, sólo dolor y lágrimas. Después, en modo automático, retomas tu objetivo y continúas subiendo las escaleras, a pesar de los obstáculos. Cuando menos te lo esperabas, llegaste al segundo piso y hay otra cosa que te sorprende… no tienes nada en los pies, ni un rasguño y, al fijarte de nuevo en la escalera, te percatas de que ahí estaban los obstáculos, pero no eran del todo reales, aunque se sentían como tal, no eran nada, salvo ilusiones. Todo el tiempo, el miedo te hizo creer que estabas sintiendo las picaduras y las heridas, jugó contigo y supo cómo hacerte sentir herida. ¿Cuál es el mensaje de todo esto, Kari? Simple, lo que te ha pasado últimamente, los síntomas y eso, no te van a dañar, ni a matar y no te das cuenta de algo muy importante, te estás enfrentando a todo eso por tu cuenta, estás librando una batalla dentro de ti. Intenta tener eso siempre presente, y nunca pongas en duda esto, es sólo miedo, el cual sabe cómo atacarte y jugar contigo, porque así es cómo crece y se alimenta, pero una vez estés consciente de que nada de esto te va a hacer daño, habrás dado un paso muy importante- sujetó las manos de su amiga mientras daba su discurso. Karina permaneció atenta, aun con lágrimas en los ojos.

        -Entiendo. Pero Jime, ¿cómo podré saber cuándo va a terminar? No quiero volverme loca.

        -No va a ser así- Jimena se apresuró en responder, como si de una forma muy sutil le diera una bofetada a Karina, al mismo tiempo en que le decía “reacciona” – Recuerda que siempre, sin excepción, hay un amanecer después de un anochecer. Lo bueno acaba, pero lo malo también.

       -Tienes razón. Con todo esto, no sabes cuánto extraño el pasado, cuando no tenía ninguna de estas chingaderas.

      -Bueno, de una cosa estoy segura: en algún punto, esta experiencia también quedará atrás y yo confío en que, cuando mires en esa dirección, te sientas muy feliz contigo por haberlo superado. Pero oye, si tu complexión tiene que ver en esto, debes trabajar en ello, y no te lo digo como regaño, sino al revés, porque estamos hablando de tu bienestar; la única persona afectada eres tú, y yo comprendo que no debe ser algo fácil en sí, pero permanecer en ese hoyo será peor- para cuando Jimena terminó esta frase, llegó el atardecer y el cielo rojizo deleitó la vista de Karina.

      -Sabias palabras. No te voy a negar que, si no estuviera yendo a terapia, sería como un apocalipsis para mí, me sentiría perdida.

        -Pero no lo estás y, aunque así fuese, siempre vamos a estar ahí para ti.

        -Gracias, Jime, en verdad muchas gracias- sonrió Karina, y la plática concluyó con un amistoso y cálido abrazo.

*

La joven no sabía con exactitud, no en ese momento, cuánto tiempo había transcurrido desde que la Bestia llegó a su vida, sin embargo, estaba consciente de un suceso importante: su relación con aquella entidad dio un giro inesperado y el enfoque de la percepción de Karina hacia la Bestia tuvo una esperanzadora modificación: el miedo, la angustia, la preocupación, habían disminuido al punto de convertirse en sólo una molestia, una incomodidad y dicho enfoque le otorgó a Karina un poder de razonamiento mucho mayor al que había tenido al principio. 

           Mientras caminaba, al tiempo en que la cotidianeidad fluía a su alrededor, tuvo una peculiar conversación con la Bestia, sacando provecho de la nueva circunstancia que había adquirido la relación:

         -Muy bien, es momento de hablar.

         – ¿De qué? – murmuró la Bestia con aparente disconformidad.

        -De ti. Desde hace un tiempo no me aterras como antes, pero aún hay algo que me inquieta; no sé si sea el hecho de no saber si te quedarás en mi vida para siempre y eso me deja pensando. No te mentiré: puede que, en ese aspecto, aún tengas poder sobre mí, sin embargo, tanto tú como yo sabemos cuánto han cambiado las cosas entre nosotros. Ahora, sólo tengo una pregunta para ti… ¿qué quieres de mí?

       -Da igual, a estas alturas, ¿qué chingados importa? Desde que empezaste con esas mamadas de buscar ayuda, de “trabajar en ti, en tu bienestar”, ya no es lo mismo: no me he alimentado lo suficiente, no me basta. He notado que ahora sólo soy algo enfadoso para ti,  ya no me temes tanto como antes. ¿Tienes idea de cuánto me perjudica eso?

      – ¿Perdón? – cuestionó Karina, con indignación-, ¿tratas de decirme que la víctima eres tú? Vaya, vaya… los giros que da la vida, ¿no crees? 

     -Pues déjame decirte que no me gusta este cambio. Enójate si quieres.

     -Ja, ja, la verdad no entiendo por qué ves las cosas de esa forma, estás cegada por tu ego.

     -No, la ciega eres tú, porque no te das cuenta de una cosa: no puedes ni podrás mejorar en nada, ni en tu forma de ser, ni en la manera en que sientes tus emociones- Karina imaginó sentir la frustración de la Bestia. La joven estaba ganando la discusión.

    – ¿Lo das por hecho? Se me está complicando, no lo niego, pero de no hacerlo, mi vida se verá afectada, y no pienso tener problemas relacionados a esto en mi futuro. Estoy peleando por mí, por mi salud y mi paz.

    -Exactamente a eso me refiero: antes me era mucho más fácil permanecer en ti por tu vulnerabilidad, porque siempre has sido muy miedosa e insegura, y yo podía crecer con facilidad. Después, optaste por intentar jugar a la chingona y te lo tomaste en serio- ante la afirmación de la Bestia, Karina se imaginó sonriéndole en la cara, pues le había dado a entender que, en efecto, algo dentro de ella estaba cambiando para bien. 

       -Pues claro que iba a ser así, ¿por qué crees que decidí acudir con la Dra. Norma? Obvio iba a buscar una solución a esto, no pensaba dejarlo como está y vivir así, sobre todo ahora, cuando ya encontré al menos una de las razones– Karina sujetó con dos dedos de su mano derecha la piel de su cintura. 

      -Llevas años preocupada por eso, ¿a poco piensas que va a cambiar o mejorar tan fácil?

      -No lo sé, por eso he decidido intentarlo, porque, tal cual como dijeron la Dra. Norma y mis amigos, esto sólo me va a afectar a mí, y no me dejará vivir mi vida en paz.

     -Yo que tú, no me haría muchas ilusiones. Te lo repito, eres demasiado insegura y miedosa. Veamos si en verdad puedes con ello.

     -Como dije, voy a seguir intentándolo- Karina cerró el diálogo. La brisa de aquella tarde calurosa, pero apacible, impactó en su rostro. No recordaba la última vez que sintió paz genuina como en ese momento. 

*

       -Quiero felicitarte, Karina, has tenido mucha mejoría en los últimos meses. Es más, tomando en cuenta el avance de todo este año, considero que por fin sanaste- dijo la Dra. Norma, el tono de su voz sonaba esperanzador. Karina lo percibió de esa forma-. ¿No has vuelto a sentir nada de lo que te causaba la Bestia?

        – ¡Para nada! O al menos no como antes. Una parte de mí aún siente algo de incertidumbre respecto a este caso y a mi futuro, pero ahora ya no me carcome ni me da miedo en sí. Tan sólo es algo que me pone a pensar.

        – ¡Muy bien! Primero, toma en cuenta que el miedo, o la incertidumbre por el futuro, no es nada anormal y a todos nos ha pasado en algún punto: el futuro es algo que aún no existe, no sabemos nada acerca de él, pero, por lo mismo, tampoco debe convertirse en un problema para nosotros, no se trata de eso. Te pongo un ejemplo: el momento en que salgas del consultorio aún no llega. Sabemos que va a pasar, pero todavía no sucede. ¿Cuál es el motivo para centrar tus pensamientos en ello? A estas alturas, ya conoces el mecanismo: puede que tus ideas sean “¿y si me atropella un auto cuando salga?”, y es cuando entras en ese bucle de preocupación excesiva. Pero, si te concentras sólo en el momento presente, éste en el que estamos conversando frente a frente, el bucle se dispersa y aunque las ideas sigan ahí, ya no te apropias de ellas, no les das poder sobre ti. Como el agua, o como las nubes, fluyen, y se van por sí solas, y al final, ese acontecimiento que tanto temías no estuvo ni cerca de pasar.

        -Así es, me costó comprender eso, sobre todo por las sensaciones. Para mí, esa es la parte más difícil, lo que más asusta: el no saber ignorar los síntomas. Y luego ya ves que también mencionaba mucho lo del deseo de volver a ser quien era antes, cuando no conocía nada de esto y eso contribuía a tener miedo por el futuro, respecto a qué tanto me terminaría afectando la mentada Bestia – Karina se recargó ligeramente sobre el descansabrazo del sillón. 

        -En el Trastorno de Ansiedad Generalizada, el miedo es una de las bases de todos sus malestares, y es muy común temerle a una recaída, o a la idea de tener que vivir con él, pero, como lo ya mencionado, llega un punto en que te percatas de que no es así: continuas con tu vida, con tus metas y propósitos, y es cuando sabes que todo salió bien, o que siempre va a ser así. Para eso existimos nosotros, y la terapia, para otorgarte todas las herramientas necesarias a la hora de afrontar este tipo de problemas, y, claro, también para ayudar en poner en orden todo lo que requiera ser acomodado. Aquí te digo lo siguiente: muchas personas no se percatan de lo errónea que es la idea de volver a ser como antes, cuando sus vidas eran “tranquilas y pacíficas”, porque en sus “yo” de antes radicaban todos los problemas que provocaron el surgimiento de la Ansiedad. Lo correcto, lo adecuado, es cambiar esa perspectiva por un “quiero ser mejor que antes” y trabajar en esa nueva versión, más resiliente y más poderosa con las emociones.

        -Me gusta mucho cómo suena eso, de hecho, si llegué a darme cuenta de lo importante de trabajar en mí, como con lo de mi físico- Karina señaló con ambas manos hacia su torso. ¿Sabes, Norma? Entre más pienso en toda la situación actual, en el “ahora”, más me convenzo de estar agradecida con la Bestia…bueno, con la Ansiedad, por haberme dado todas esas experiencias que me motivaron a cambiar, a mejorar en mi forma de ser, y en mi perspectiva hacia mi persona.

         -Y eso está perfecto, porque, tal cual como lo mencioné, ahora estás en el camino de la resiliencia, y dado el excelente progreso que has tenido, a partir de ahora te retiro el medicamento. De nuevo, me siento muy feliz por ti, tienes muchas razones para estar orgullosa.

         -Nada de esto hubiera sido posible sin tu ayuda, Norma. Te estoy eternamente agradecida; fuiste uno de los principales pilares en mi proceso. Esto podrá sonar exagerado, pero siento como si hubiese vuelto a nacer. 

         -No estás exagerando. Hay una “nueva tú”, ansiosa por vivir su nueva vida. El tratamiento terminó, pero siempre voy a estar disponible para seguir ayudándote- con esa frase, la sesión finalizó. La joven salió del consultorio, apreciando la calma de un día común y pacífico.  

          Para ese entonces, habían pasado pocas semanas desde el cumpleaños número veinte de Karina, y se repetía a sí misma que no había podido recibir mejor regalo que esa nueva versión suya, en pleno nacimiento y gestión. 

          De la Bestia no quedaba mucho rastro, incluso, Karina confiaba en su inminente ausencia, o, al menos, en una verdadera disminución de su fuerza, y con eso le bastaba para confiar en el porvenir, aún teniendo, en ocasiones, la simple idea de tener que aprender a convivir con ella, con el Trastorno de Ansiedad Generalizada, no obstante, al mismo tiempo, llevaba consigo la receta de la Dra. Norma para la solución: el no volver a darle poder. 

         Esa misma tarde, recibió una invitación de Jimena para una reunión en su casa al día siguiente. Karina accedió sin pensarlo dos veces y sintió ganas de sumergirse en la piscina.