
Por Marisol R. Arnot
Cada movimiento microscópico es una vibración […],
una canción que lleva sonando desde hace millones
de años.
MONICA OJEDA
Desde que tuvo el vago presentimiento de poder quedarse sorda, decidió escuchar más a la vida.
Sucedió durante el ensayo para una obra de teatro, una pastorela, concretamente. Su papel era el de una pastorcilla que viajaba a Belén con la guía de una estrella. Viajaba con otros pastorcillos cuando se les apareció el diablo para impedir su viaje. Aterrorizados, se tiraron al suelo y se cubrieron la cara. Pronto apareció el Arcángel Gabriel a defenderlos y confrontar al diablo. Y fue justo durante esa batalla que le surgió un pitido en el oído izquierdo: tinnitus, le llaman los médicos. No le dio mayor importancia, terminó el ensayo y fue a casa a descansar, pensando que, al despertar, desaparecería el pitido, como había sucedido en otras ocasiones en que un sonido similar aparecía al salir de un concierto o de una fiesta, pero no desapareció. El mentado tinnitus le acompaña día y noche desde hace cuatro años. A veces es un pitido fino, lo visualiza como un hilo de plata con el que bordan los fajos piteados en su pueblo. A veces se vuelve grueso, como los alambres de cobre que cuelgan de los postes de telefonía de su barrio. Y otras veces, sobre todo por las noches, el sonido se convierte en un chasquido incomodísimo, como si tuviera a un charro con espuelas bailando el jarabe tapatío sobre su tímpano.
Entonces se puso a investigar para pronto descubrir que el tinnitus es un síntoma de la sordera, la cual no se sabe si realmente vendrá, ni cómo vendrá, ni cuándo vendrá. Pero, ante la preocupación de quedarse sorda, le surgió una idea esperanzadora. Pensó que, si era capaz de escuchar los sonidos del pasado, quizá podría crear una especie de biblioteca para el futuro: una compilación de sonidos a los cuales pudiera recurrir para recrear su entorno si algún día perdiese el tan preciado sentido auditivo. Y desde entonces se dispuso a escuchar con más atención los sonidos del mundo. “Si todavía conservo el sonido del claxon de la Ford F-100 que hacía sonar el abuelo cuando llegaba entusiasmado a traernos frutas y birotes, seguro que puedo conservar más sonidos para la posteridad”, pensó, y se dispuso a expandir su umbral.
Y así, no obstante la charreada que le sucede en los oídos de vez en cuando por las noches, se ha maravillado al agudizar su percepción auditiva. Disfruta ir quitando capas de sonidos a cada día que comienza. Al despertar, luego de apagar la estruendosa alarma, se queda quieta para escuchar el canto de algunos pajaritos citadinos. Luego, los bastones de los viejos que se encaminan a la iglesia cercana; las ruedas de las mochilas que son arrastradas sobre el asfalto por los críos que van a la escuela. Dentro de casa, alguien se ducha, otro se prepara un café en el microondas; el gato mueve la arena de su caja para esconder sus primeros desechos del día. Al salir de casa, escucha al portero silbar sin ningún tipo de armonía. La primera vez que reparó en ello, le provocó una sonrisa al descubrirse, minutos después, imitando el silbido desentonado del portero.
En su paseo matutino, presta atención a las vibraciones de los tacones de zapatos finos y corrientes de los oficinistas que caminan deprisa a las distintas paradas de autobús. Porque sí, piensa que sí es posible distinguir, por su sonido, entre un tacón fino y un tacón corriente. Y, antes de que el día avance, se da cuenta de que en realidad no es que el mundo despierte poco a poco, sino que somos nosotros quienes vamos despertando y revelando el día según en dónde enfoquemos nuestros sentidos.
Sabe de antemano que la idea de crear una “biblioteca auditiva” no es precisamente una idea novedosa, pues ha comprobado que, si se concentra, le es posible escuchar claramente determinados ecos del pasado, como la voz chillona de la abuela Teresa cuando le gritaba al reprenderla por algo mal hecho en la cocina: “la madre que te parió”. O la voz gastada del abuelo cuando una vez, después de una caída en bicicleta, le dijo: “ay, muchacha tan maje”. O la risa rasposa del tío Poncho cuando se disfrazaba de Santa Claus en Navidad. Le es posible también evocar el sonido del pito del señor del triciclo que vendía tamales y atole por las tardes; y la campanita del señor de las nieves de garrafa; y las canciones promocionales que venían de la camioneta del pan dulce. Recuerda incluso el murmullo de las gotas de lluvia al caer sobre los charcos cuando salía a colocar barcos de papel para verlos desaparecer cuesta abajo. En otras palabras, sabe que la biblioteca de sonidos siempre ha existido, pero hay algo que no comprende del todo: si es verdad que, por definición, el sentido auditivo transforma ondas sonoras del ambiente en impulsos eléctricos que el cerebro interpreta, ¿en dónde es que se guardan todas esas ondas sonoras e impulsos eléctricos de hace años? ¿Esos ecos del pasado que es capaz de escuchar con claridad en el presente? Todavía con más interrogantes, decidió continuar con su empresa de ampliar su espectro y se dedicó a escuchar la vida con más ahínco.
Le divierten, por ejemplo, los sonidos provocados por su cuerpo. Las tripas moviéndose cuando tiene hambre, su respiración agitada cuando sale a correr, el ligero golpeteo de los párpados al abrir y cerrar los ojos. El clic del cortauñas cuando se rebaja las gruesas uñas de los dedos gordos de los pies. Nota los distintos sonidos que emergen al masticar; sobre todo le gusta analizar los crujires de los frutos secos. “Una nuez de la india no cruje igual que una nuez normal”. Pero hubo un día en el que se conmovió con un sonido de su cuerpo. Fue el día en que escuchó con especial intención el latido de su corazón. Había cerrado los ojos antes de dormir y, luego de echar par de suspiros con el fin de desinflar los ruidos del exterior y adentrarse en el mundo onírico, lo escuchó: Pum, PUM… Pum, PUM…Pum, PUM. Fuerte y claro; tranquilo y bello; rítmico y armonioso. Sintió toda la vida ahí, palpitando. La suya y la de todo lo vivo en la tierra. Sintió una enorme gratitud y derramó un par de lágrimas antes de fundirse con su almohada.
Durante los sueños, percibe los susurros de la noche. Aquellos de afuera, como el de los señores que recogen la basura y limpian las calles de madrugada. Y aquellos que vienen de los sueños. Tiene la teoría de que las pesadillas son más estrepitosas que los sueños placenteros. De otra manera no se explica por qué al despertar logra recordar con más detalles las pesadillas que los sueños: trenes que se descarrilan, olas gigantes que inundan todo un pueblo, seres extraños que le gruñen palabras cuyo idioma ella no reconoce. Todo lo recuerda vívidamente al amanecer.
En un momento dado, se dispuso a escuchar más y hablar menos durante conversaciones de familiares y amigos. Descubrió con un tono de desilusión que, en casi todas las reuniones a las que asistió, había una desconexión completa en la comunicación. Se dio cuenta de que nadie estaba realmente interesado en escuchar al otro, sino más bien en hacer valer su punto de vista, aunque se tuviera que alzar la voz para aturdir al resto de voces. Más que ante una conversación, tenía la impresión estar frente a monólogos superpuestos. Muchas veces logró bajar el volumen de la charla y abstraerse en sus pensamientos; le había quedado claro que tenía que saber elegir cuáles ondas sonoras dejaba entrar al cerebro y cuáles se quedaban fuera. Ha entendido, pues, que ampliar la vasija para contener más sonidos tiene su costo y lo ha asumido con valentía. Con valentía porque sabe que al escuchar más y mejor trae consigo el riesgo de escuchar aquello que no desea. Como los chismes de las personas que tienen como pasatiempo el hablar mal de los demás o como las noticias de las guerras entre países y de la violencia provocada por el crimen organizado en su ciudad. Mas que evitar escucharlo, desearía que ese ruido no se provocara nunca.
En cualquier caso, al día de hoy se siente satisfecha con los ecos para el futuro hasta ahora acumulados. Conserva con especial cariño la bendición de su padre que escucha una y otra vez con su voz original: “cuídate mucho, mija, que Dios te me bendiga y te me cuide siempre”; las risas de sus sobrinos; los acentos de sus amigos: mexicanos, colombianos, venezolanos, argentinos, españoles, italianos; los sonidos del avión al despegar en sus múltiples viajes; los corchos cuando se han destapado vinos para celebrar cualquier cosa; el sonido de su pluma cuando escribe en su diario reflexiones profundas sobre la vida y la muerte. En entradas recientes, y a propósito de su cometido con los ecos para el futuro, ha reflexionado sobre las distintas frecuencias de la existencia y se ha preguntado: ¿a cuántas vibraciones será que no tenemos acceso los seres humanos? ¿Si nos estamos perdiendo de algo? ¿O será la propia vida la que nos protege de frecuencias que no podríamos comprender? ¿O será que no todos escuchamos lo mismo y que cada uno escucha solo aquello que es capaz de procesar y traducir?
No se considera capaz de plasmar armónicamente todas aquellas vibraciones bellas que ha percibido y compilado en los últimos años, como lo harían los genios creadores de música clásica, pero tiene claro que el temor a la sordera la ha orillado a descubrir “una canción que lleva sonando desde hace millones de años”. Y todo gracias a que se le pasaron los decibelios al diablo durante aquel ensayo de pastorela.

