
La visitante
Por Alejandra Maraveles
Yo soy esa brisa que te despeja los pensamientos y el viento que juega con la ropa. Yo soy los colores diversos en los árboles, las flores que se entrañan en tu vista y el aroma dulce que embriaga las calles. Soy quien recuerda que estamos vivos, incita al amor y el calor en el ambiente. Soy la calidez que ruboriza tu piel y los días luminosos que vienen a vencer los días cortos. Soy la visita más esperada del año por muchos, sin embargo, no puedo quedarme durante mucho tiempo. Soy joven y efímera: mi belleza radica en mi fugaz permanencia.

Algo azul
Por Katya López
En la familia Zamora, las mujeres no heredaban joyas costosas ni vestidos antiguos, sino algo más pequeño y frágil, un colibrí azul. No era un ave cualquiera. Era diminuto, de un azul profundo que parecía cambiar con la luz, como si guardara secretos en sus alas y aunque cada generación juraba que era el mismo, nadie podía explicar cómo seguía vivo. La historia comenzaba siempre igual. “Llegó a mí cuando más lo necesitaba”, decía la bisabuela Teresa.
Teresa lo encontró una mañana, justo después de despedirse de un amor que nunca volvió. El colibrí apareció en su ventana, tembloroso, pero firme, lo dejó entrar, y desde entonces, cada vez que la tristeza le pesaba demasiado, el ave revoloteaba cerca de su pecho, como recordándole que el corazón, aunque roto, sigue latiendo. Años después, cuando Teresa sintió que su tiempo se apagaba, llamó a su hija Elena.
—No es sólo un pájaro —le dijo, mientras el colibrí descansaba entre sus dedos—. Es un recuerdo y también una promesa.
Elena no entendió del todo, pero lo aceptó y así el colibrí llegó a ella en una etapa distinta, no fue el desamor lo que la marcó, sino el miedo, tenía sueños grandes, pero el mundo le parecía demasiado duro para alguien como ella, sin embargo, cada vez que dudaba, el colibrí azul aparecía, golpeando suavemente el aire frente a su rostro, como si le insistiera: que no se diera por vencida, que avanzara. Y Elena avanzó convirtiéndose en la primera mujer Zamora en irse lejos, en romper con lo esperado, en elegir su propio camino y cuando tuvo a su hija Lucía, ya sabía que el colibrí no era casualidad, era herencia; Lucía creció escuchando la historia del ave, aunque nunca vio al colibrí, a veces pensaba que era sólo un cuento bonito para hablar de las mujeres fuertes de su familia, hasta que su momento llegó. Fue una noche silenciosa, de esas en las que la vida parece detenerse para obligarte a decidir, Lucía tenía el corazón lleno de dudas, frente a una elección que cambiaría todo, incluso lloró, dudó e imploró a Dios, estaba apunto rendirse y entonces lo escuchó, un leve zumbido, ahí estaba, suspendido en el aire, mirándola fijamente, tal cual lo que su madre le contaba, con ese azul, intensamente azul, Lucía no tuvo miedo, sino lo contrario, algo distinto, llegó a ella una calma profunda, como si todas las mujeres antes que ella la sostuvieran entre sus brazos en ese instante, ella extendió la mano y el colibrí no se posó, solo giró a su alrededor, una, dos, tres veces… y luego se detuvo frente a su corazón, en ese momento, Lucía entendió, no era el mismo colibrí, eran todas ellas, Teresa superando el dolor.
Elena enfrentando el miedo, era cada mujer Zamora que eligió seguir adelante, incluso cuando no sabía cómo, el azul no era un color, era una memoria viva, una que no se rompe, no se pierde, ni se olvida. Lucía respiró hondo, secó sus lágrimas y tomó su decisión, el colibrí desapareció al instante, pero ya no lo necesitaba, porque ahora lo llevaba dentro. Y algún día, cuando otra mujer Zamora lo necesite, algo azul volverá a volar.

Trabajos nocturnos
Por Maggo Rodríguez
Buscaba las llaves de mi casa al fondo de una gran bolsa verde, de mano. El foco de la calle se fundió, mi vista, ya de por sí cansada a esas horas de la noche, no me alcanzó para ver un movimiento al lado de mis zapatos.
Pude darme cuenta que unas viejas amigas trabajaban, cuando sentí en los talones las decenas de picaduras de hormigas rojas que, con sus tenacitas, me reprochaban haber interrumpido su camino; han aprovechado las hojas caídas del árbol de la señora Libia que cambia de hojas cada temporada.
Desde ese día, procuro llegar antes de que esas trabajadoras empiecen con sus trabajos nocturnos.

La mariposa
por Alejandra Maraveles
Emergí de un capullo después de arrastrarme por el suelo. Al igual que las ideas, me constreñí en esa crisálida durante mi transformación. Surco los aires y mis colores resaltan en el cielo, tal como la imaginación que en tinta negra se plasma en un papel blanco. En menos de 300 aleteos, me convierto en la historia que vuela para ser libre.

Festival de primavera
Por Maggo Rodríguez
No mamá, yo no quiero salir de flor en el festival de mi kínder. Yo quiero salir de conejo, habla con la maestra, porque un conejito brinca mucho y muy alto, como yo, con mis tenis nuevos.

Primavera del 3026
Por Alejandra Maraveles
El equinoccio de primavera llegó como cada año. El sol salió por el oriente, algunas nubes surcaban el cielo. El astro rey alumbró la verde y vasta vegetación por la que un río cristalino destellaba con tranquilidad. A lo lejos, sonó el graznido de algún pájaro exótico que los ojos humanos jamás llegaron a ver. Ellos se preocupaban por la Tierra, pero deberían haberse preocupado por ellos que fueron otro evento de extinción que sufrió el planeta. Sin testigos humanos, la vida continúa y más primaveras llegarán..

Azahares
Por Maggo Rodríguez
Empiezan a florecer los azahares en los naranjos de la calle. Camino varias cuadras desde la estación del tren y, antes de llegar a casa, el olor me acompaña en cada cuadra. Pareciera que de noche aprovechan que el sol no les da directo y me regalan su aroma, a manos llenas.
Me recuerdan a mi vecino El Chino, a mi abuela, a mi vecina que cortó tres de un jalón el año pasado; huele a recuerdos, a los tiempos de exámenes que pensé que nunca iba a extrañar. Pero también emanan un aviso de vida, uno que advierte no confiarse, uno que te reitera que no debes confiar en las apariencias: porque su olor es dulce, sí, pero su fruto no lo es.

