Rugido ahogado

Por Juan Romo

Mi primer recuerdo de infancia no tiene palabras, sólo un rugido ahogado. 

Mientras mi cuerpo era revolcado por esa licuadora de arena y espuma, mis pulmones se llenaron de silencio y sentí gran paz. Aún no cumplía seis años cuando el mar decidió hacerme parte de él. Dicen que estuve inconsciente sobre la playa unos minutos, parecía que me había ido, con los labios morados y sin pulso, pero ese viaje sincronizó el ritmo de mi corazón con el canto de las ballenas, pude ver peces ancestrales a través de la oscuridad del más profundo océano y estuve en contacto con anémonas sin sentir dolor. La presión del masaje sobre mi pecho hizo que escupiera sal convertida en agua y desperté con una sonrisa. Dije “Amo el mar” y ya no me dejaron acercarme a la playa, nunca regresamos de vacaciones.

Crecí a más de cinco horas del destino de playa más cercano, en una ciudad de cemento, algunos jardines. Mis padres estaban afectados, me cuidaban porque no querían que el mar me reclamara de nuevo, yo en cambio añoraba la sal en mi cuerpo, después entendí que era un pequeño náufrago en tierra firme. Viví sumergido en la biblioteca de la escuela, pasaba horas viendo los libros con fotos del océano, cada imagen me invitaba, mientras tanto sentía que me ahogaba con el viento seco que oleaba en la ciudad, tantas veces me descubrí levantando mi nariz buscando que otros aires trajeran olor a mar.

Al crecer, busqué comunión con el océano, acudí a todas las albercas que encontré pero esas aguas parecían prisioneras, anestesiadas por el cloro. Salí de excursión a ríos cercanos con los que tuve cierta armonía pues parecían venas desbocadas que huían buscando el mar, tal como yo lo deseaba, pero siempre estaban papá y mamá que me regresaban a la seguridad de la pecera seca que era mi vida.

Convertirme en adulto no fue una solución que me liberó, la necesidad de ganar dinero para subsistir era ahora mi captora, no tuve la suerte de nacer con herencias, debía trabajar en mis responsabilidades. Entonces apareció Mariana, en su nombre traía el mar y nadaba por la vida, sabiendo con exactitud para dónde moverse, como un delfín que tiene un radar que le permite esquivar los obstáculos.

Planeamos una boda con la convicción de pasar la luna de miel acampando en la playa, nos imaginamos entrando y saliendo en el inmenso océano, con la pasión de los enamorados acompañados del sonido de las olas. Pero la muerte tiene un humor que seca, tuvo otros planes para nosotros: viajábamos por carretera hacia la playa, una llanta reventó, nuestro auto rodó como cuando el mar me reclamó. Ella se fue, no pudimos ver el atardecer apagarse en el horizonte, se convirtió en cenizas y yo no pude tocar la arena.

La depresión fue el océano que me cubrió. Pasé años sumido en el colchón de mi cama mirando las grietas del techo de mi cuarto como si de mapas de corrientes marinas se tratara. No quería nada pero necesitaba todo, las piernas pesaban, no podía levantarlas para salir. Mis amigos me visitaban y aseaban el departamento, me compartían comida que yo deglutía frente a ellos para no ser descortés.

Una mañana el aire me ahogó con su falta de humedad. Decidí levantarme, sin equipaje y con unos cuantos pesos. Me dirigí a la central de autobuses con dirección al mar. “A dónde sea”, me dije y tomé el primer camión que salió hacia allá. 

El trayecto fue un martirio, durante seis horas sentí que no podía respirar. Hacia el final del viaje, al olor a salitre se coló entre las ventanas y mis pulmones se expandieron como nunca los había sentido, apresuré mis piernas, ahora ligeras, para bajar. Al pasar por la puerta me recibió el rugido del oleaje y me transportó a ese instante de vuelcos inundados con arena y espuma.

Corrí hacia la orilla, nadie me esperaba, sólo la inmensidad de aquello que tanto amaba lucía quieta y sorprendente. Me arranqué la ropa, me despojé de años de luto y desnudo me acerqué al abrazo del mar.

Los primeros que recibieron esas caricias de amante fueron mis pies. El mar me recorrió poco a poco y sin prisas, mis rodillas, mis muslos, mi sexo, mi abdomen, todo se llenó de agua salada. Una descarga eléctrica recorrió mi sistema nervioso y subió con fuerza hasta mi cerebro, ese rugido ahogado llegó sin violencia pero con intensidad, me transportó al gozo inicial de mis memorias, un clímax absoluto que me arrancó las lágrimas y la risa, todo en comunión.

El agua me cubrió por completo y mis ojos se abrieron sin resistencia. Extendí mis manos bajo el agua y todo cobró sentido: las delgadas membranas casi transparentes de mis dedos que siempre escondía dejaron de ser vergüenza. Ya no había ciudad, ni dolor, ni soledad. Por fin respiré el agua, aquella que vi tantas veces en los libros. Comencé mi viaje de amor a lo profundo, sin huir, volviendo a la vida, mi vida.

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