Demasiado esponjoso

Por Maggo Rodríguez

Hay un conejito indiciado. Se le acusa de ser demasiado esponjoso para su propio bien. Sus orejas son alargadas con puntas blancas, parecen dibujadas; lo demás, oscila entre tonos beige, café oscuro, ah, y un par de mechones negros. Sus cuatro patitas le ayudan a correr feliz entre los surcos del sembradío; con ellas, huye de los perros y brinca cuando juega con sus hermanitos y hermanitas. 

Hay un conejito confundido. Lo han colocado en un pedazo de metal, frío como la tierra después de una helada de noche buena. Los señalamientos no se han hecho esperar: demasiado esponjoso para su propio bien. ¿Qué hay de malo con él?, piensa, pero no se atreve a decir nada, porque los ojos de mamá coneja se han puesto tristes y papá conejo ha fruncido la rosada nariz, está molesto, lo sabe, porque mueve sin cesar su pata trasera derecha.  

Hay un conejito vigilado. No le dejan salir a jugar a la huerta, su lugar favorito. Ahí hay zarzamoras, arándanos y grosellas; le han prohibido comer de ellas, ahora sólo tiene permitido llenarse de heno de pasto ovillo. Él mira su rabito, ya no está tan rebosante de pelitos marrón con blanco, ni abultado como un diente de león. Le prometieron que pronto sería normal, que si se portaba bien y obedecía ya no sería tan esponjoso para su propio bien. 

Hay un conejito sentenciado. Subirá cada día, al salir el sol, a ese trozo de metal helado para que unos foquitos se prendan y lo que sea que se dibuje en ellos, determine si puede salir o no a jugar o saborear alguna mora, aunque sea de las chiquitas. En tanto, le han obligado a seguir con su pasto por tiempo indeterminado, mientras ve comer a sus hermanitos y hermanitas fresas, jitomates o las manzanas caídas cerca de la sombra del árbol, porque claro, ellos no son demasiado esponjosos para su propio bien.

Hay un conejito castigado. Como sus cachetes siguen grandotes y sus piernas regordetas y su panza hecha una bola, no ha quedado más remedio que hacerle escarmentar. La condena es inapelable: sólo barritas de salvado de trigo. Llora, porque le prometió a mamá coneja portarse bien, se propuso no decepcionar a papá conejo, jura no haber probado ni un pedacito de zanahoria siquiera. Odia el salvado de trigo, sabe amargo, le revuelve el estómago y le da mucha sed pero, a su cortísima edad, es la única forma que conoce para dejar de ser demasiado esponjoso para su propio bien.

Hay un conejito en silencio. Está cansado, ya no quiere salir a ningún lugar. No patalea ni se inmuta si ve a sus hermanitos y hermanitas salir a jugar, poco le interesa ir. Se le han acabado las fuerzas, duda, ¿algún día las tuvo? Tiene mucho sueño, quiere dormir aunque es de día y el sol está radiante. Sólo quiere cerrar los ojos y olvidar que, por más que se esfuerce, se cuide y obedezca, sigue siendo demasiado esponjoso para su propio bien.

Dejar un comentario