
Por Emmanuel Ochoa
¿Alguien puede morir de un corazón roto? Simón siempre pensó que era imposible, que era una tontería. Sí, había sufrido rupturas, ¿quién no? Le ha tocado estar de los dos lados, terminar o que lo terminen. No era alguien falto de empatía, claro que duele cuando acaba una relación. Pero, ¿morirse?
Hasta aquel día en el gimnasio cuando sintió una enorme presión en el pecho, tan intensa que su corazón parecía que iba a estallar, viendo a Valeria, la chica que lo cautivó, besando a alguien más.
Llevaba casi un año soltero, pero nunca había dejado de entrenar. Tenía fuerza, excelente físico. Y en su gimnasio había rostros bonitos, cuerpos trabajados. Él estaba feliz ahí.
Pero un día, haciendo un aburrido cardio en la máquina elíptica, una chica se puso a su lado. De baja estatura, de buena musculatura. Un rostro tierno, unos ojos miel. El corazón de Simón empezó a latir con mucha fuerza. Y cuando ella giró y le sonrió, él estuvo seguro, por primera vez, que tal vez el corazón si podía estallar.
Empezaron a saludarse con un asentimiento, chocando puños y con un simple:
—¡Hola!
—¡Hola!
El pulso de Simón se aceleraba con solo saludarla.
Un día se acercó a ella mientras usaba una máquina.
—¿Podemos turnarla?
—¡Sí, voy!
Su estrategia para empezar a hablarle funcionó.
Siempre sentía su corazón latir más fuerte cuando trataba de hablarle, que cuando aumentaba los discos de fuerza en su rutina.
Mientras turnaban máquina, Simón le preguntó:
—Oye, ¿y cómo te llamas?
—Valeria. ¿Y tú?
—Simón, mucho gusto.
Las conversaciones aumentaron y se profundizaron.
—¿Qué rutina te toca? —preguntaba Simón.
Valeria le contestaba, y así él cambiaba sus planes para pasar más tiempo cerca. Ya se llevaban tan bien que cuando ella lo veía llegar, lo saludaba con una sonrisa tan radiante que Simón pensaba que su corazón podía explotar.
Un día Valeria le preguntó si él podía ayudarla en su rutina de pecho.
—¡Claro que sí! —contestó Simón, sintiéndose en un sueño.
La barra bajaba y tocaba suavemente aquellas dos cosas que él tanto admiraba. Su pulso latía a tope. Pero tan distraído estaba que no se percató que los brazos de Valeria no subían.
—¡Ayuda! —exclamó Valeria, entre risa y falta de aliento.
—¡Voy!
Simón, apurado, tomó la barra y le ayudó a levantarla. Pero al colocarla en su lugar, sucedió que sus manos se mantuvieron tomadas unos instantes.
—Ay, gracias. ¡Me salvaste! —dijo Valeria. Se puso de pie y le dio un rápido abrazo.
Él balbuceó, su corazón acelerado a más de trescientas pulsaciones por minuto, sin duda.
Aunque algo pasó en su cuerpo, porque la adrenalina se disparó, y su cerebro dejó de funcionar. En ese momento, Simón decidió que era momento de impresionar a Valeria.
—¿Puedo? —le dijo, señalando la barra.
—¡Claro! ¡Y ahora yo te ayudo!
—¡Va!
Colocó los discos que había estado usando. Pero el mundo es para los arriesgados. Puso otros diez kilos más, sin duda podría.
—¿Tanto? —preguntó sorprendida Valeria.
—¡Por supuesto! ¡Fácil!
Se puso debajo de la barra. Respiró profundo. El rostro de Valeria se asomó, dedicándole una sonrisa. El cuerpo de Simón tembló, había electricidad recorriendo sus músculos. Su corazón bombeaba pasión. Acomodó las manos, inhaló y sacó la barra. Entonces, dejó de ver a Valeria, tan solo miraba el techo con luces azules incandescentes. El peso era demasiado… fácil. ¡Lo estaba logrando! Tres, cuatro, cinco… Uf. Seis… sieeeeeeete.
—¡Llegaste! —escuchó la voz de Valeria por encima de la música y de los demás gemidos de fuerza en el gimnasio.
Ochooooooooooo…
—Hola, amor. Te dije que hoy podía volver —se oyó una voz profunda.
Nnnnnnuuuuuuuueveeeeeeeee
Simón giró el rostro, desconcentrándose del ejercicio. Valeria se paró de puntitas y besó a un hombre musculoso, de mentón cuadrado y barba bien recortada. El tipo colocó sus manos en la cintura de Valeria y la acercó a él.
De repente, la barra resbaló y cayó directo en el pecho de Simón. Sintió una terrible opresión, un chasquido incluso. Se cortó su respiración y tenía un intenso dolor justo en el pecho, en el corazón. Los brazos estaban tan escuálidos como un salmón.
Su visión se tornó borrosa, percibió ardor en su garganta. Todo iba a terminar. Su corazón estaba a punto de estallar en mil pedazos. Era verdad, era el último pensamiento de Simón, que alguien podía morir de un corazón roto.
Entonces el aire volvió de lleno a sus pulmones. Dejó de sentir la opresión en su pecho. ¿Acaso estaba elevándose al Cielo? Sus ojos lograron enfocar. El tipo que estaba besando a Valeria, con suma facilidad, logró levantar la barra. Ella se puso a su lado y le acarició los bíceps cuando acomodó todo.
Simón se fue incorporando. La gente en el gimnasio lo veía, algunos con risas y otros preocupados.
—¡Bro! ¿Estás bien? —le preguntó el tipo que besaba a Valeria. Simón tan solo pudo asentir—. ¿Qué pues, carnal? ¿Demasiado peso? A la siguiente pídeme ayuda, carnal.
—¡Perdón! —exclamó Valeria—. Es que me distraje cuando lo vi llegar. Te presentó a mi novio—. Señaló al sujeto—. Cristian, él es mi amigo del gimnasio, Simón.
—Mucho gusto, bro —respondió Cristian, acercándole el puño.
Simón le contestó el saludo. Luego vio que la mano de Cristian se ponía detrás de Valeria.
Y por un instante, Simón pensó que habría sido mejor morir del corazón aplastado, al corazón roto.

