Minificciones de San Valentín

De dos a cuatro y un para siempre

Por Katya López

Cuando llegue mi amor le diré tantas cosas 

o quizás simplemente le regalé una rosa.

Hoy corté una flor. Leonardo Favio

A lo lejos te miraba, tu belleza inusual me había cautivado, desde ese día algo floreció en mi interior, un amor puro y real. Se volvió mi rutina verte de dos a cuatro en esa banca frente a la iglesia, siempre con un libro nuevo y una gardenia entre tu cabello, la combinación perfecta entre la vida y la naturaleza. Al llegar junio, la lluvia también arribó, dando apertura a una historia.

Y llovía y llovía, mientras yo anhelaba caminar a tu lado, tomados de la mano, sin importar las calles despojadas de personas. Me armé de valor, invitarte un café era mi opción más inminente a un posible rechazo de tu parte, suceso que se hizo realidad, al negarte a salir conmigo. Por semanas seguí tu rutina, a la cual  agregué dejar sobre aquella banca ramilletes con las flores más hermosas, veía cómo disfrutabas de su aroma. Esperaba que la suerte, algún día no muy lejano, estuviera de mi lado  y por fin comprendieras que mis intenciones hacia tu persona no eran más que sinceras 

Mis pensamientos se hicieron realidad una tarde soleada. Te acercaste a mí, agradeciendo los detalles; finalmente, me atreví a invitarte una vez más a salir, esta vez, tu respuesta fue un sincero sí, y aunque no pude tomarte de la mano como me hubiera gustado, el simple hecho de caminar contigo, contando tantas cosas bonitas, ver al viento jugar con tu cabello y tu mirada en la mía, me consolaba el alma. Y así, unimos nuestras historias, convertidas en una sola rutina, de dos a cuatro y un café para dos. 

El tiempo pasaba rápido, como la lluvia, que se había convertido en nuestro aliado, me permitía tenerte más tiempo y besarte bajo su manto.  Al cesar la lluvia tu mano se extendió para regalarme una rosa, pensaba: que chica le regala rosas a un joven como yo. Pero antes de que pudiera formular alguna pregunta, sonreíste como la primera luz de la mañana después de una tormenta. Una rosa, dijiste, sosteniendo la flor. Por un nuevo comienzo, la lluvia nos trajo el tiempo, el café nos trajo historias, y ahora, el sol debe traernos una promesa.

Sentí un vuelco en el pecho. Por primera vez, tu mirada no solo se posó en mí, me envolvió con una certeza profunda. Tomaste mi rostro entre tus manos, las mismas que sostenían gardenias y libros. A partir de ese momento comprendí que me observabas, tanto como yo lo hacía.

Inclinaste tu cabeza y, finalmente me diste un beso, no fue bajo la lluvia, sino bajo el cielo azul que anunciaba el verano. Esa tarde, no caminamos hacia la banca ni a la cafetería, nos detuvimos frente a la iglesia. Te giraste, ajustaste la gardenia en tu cabello y me dijiste, con la voz llena de planes futuros: ya no más de dos a cuatro, a partir de hoy, no hay horario para nosotros, solo un largo para siempre. Juntamos nuestras manos, y, por fin, sentí esa conexión que había anhelado desde el primer día que te vi. 

El amarre

Por Alejandra Maraveles

Desesperado porque su crush ni siquiera lo volteaba a ver y por el fuerte enamoramiento que lo consumía, acudió con una bruja para hacerle un amarre. 

A pesar de las advertencias de la bruja sobre que el amarre que él buscaba era infalible, pero que sería para toda la eternidad, él aceptó las condiciones ya que creía que el amor que sentía nunca se acabaría.. 

El amarre fue exitoso, los primeros años fueron fabulosos, pero a medida que fue pasando el tiempo, la mujer, ahora su esposa, siempre insatisfecha con él y sus regaños constantes le comenzaron a cansar y el amor se fue desvaneciendo, tanto que cuando ella cayó gravemente enferma, él pensó que por fin sus plegarias habían sido escuchadas. 

Sus planes se vinieron abajo, pues desde que ella había muerto, el fantasma de ella lo seguía a todas partes. Sus continuas apariciones para regañarlo por no lavar los trastes y para seguir haciéndole la vida imposible, le hizo comprender las advertencias de la bruja.

La cita de Lord Heboric

Por Emmanuel Ochoa

Lord Heboric, también conocido como El Bárbaro de Horah Lux, buscaba en su ropero su mejor armadura. No quería verse violento, pero sí parecer intimidante, fuerte. Se probó una totalmente oscura y trazos dorados, la capa le quedaba bien, aunque incluía un casco, y Lord Heboric deseaba mostrar su rostro. Se probó una sotana de clérigo con blanco y morado, pero le quedaba como falda, y bueno… el Bárbaro de Horah Lux todavía no pensaba que fuera lo indicado.

Salió de su fortaleza en el Volcán de Ceniza con una armadura ligera, de un verde esmeralda. Revisó las estadísticas: no tenía suficiente protección física, pero sí elemental. Y se veía bien. Guardó su poderosa hacha de colmillo de dragón y partió al pueblo.

En el camino pensó en derrotar a algunos unicornios para llevar unos cuernos de regalo. Pero tal vez un cuerno sangrante, aunque tuviera colores vibrantes, no era el mejor regalo. Pasó diez minutos cortando árboles y recolectando flores. Por error mató a un conejito que se cruzó. Bueno, eso nadie lo sabría.

Lord Heboric entró al pueblo de Ninime. La gente lo miró, sorprendida. Algunos huyeron del pueblo, pues conocían sus fechorías. Mientras que otros se acercaban y lo saludaban, porque también había participado en varias campañas de conquista con ellos. Entró a una de las tabernas de descanso. Una música de arpa y flauta lo recibió. Apareció la señal de prohibido atacar.

En una mesa en la esquina estaba aquella elfa maga de cabello blanco y un vestido rosado, un báculo dorado con una perla azul celeste, aguardando. Evolett, se llamaba. La conoció en una incursión a una mazmorra. Él la protegió durante una pelea contra goblins acorazados, y ella realizaba constantes hechizos de potenciación de fuerza física. Luego comenzaron a intercambiar mensajes y cartas. Ambos eran, en realidad, personas solitarias, y el mundo de Gaia Online era el único lugar donde podían sentirse especiales, fuertes, valientes, extrovertidos. Decidieron un día verse a conversar, solo ellos dos.

Lord Heboric, también conocido en el mundo real como Nicolás Valverde Ibáñez, joven de dieciséis años y nada atlético, activó su chat con modulador de voz:

—Mi corazón negro, sediento de batallas, vibra con fuerza draconica al verla, doncella.

Encima de la cabeza de Evolett apareció un signo de chat aceptado y voz activada:

—Gran guerrero legendario… —se escuchó una voz gruesa, varonil y ronca. Se calló. Se escuchó interferencia en los audífonos de Nicolás. El modulador de voz se activó—. Pido una disculpa al Bárbaro de Horah Lux. Entendería si ahora desea alejarse y volver a una conquista.

El personaje de Evolett se levantó, pero Lord Heboric se colocó en medio, impidiendo el paso.

—Tome asiento, maga Evolett. Hay mucho de lo que podemos conversar. Tome, le traje flores para sus pócimas.

Nicolás apretó unos botones y los ítems de flores aparecieron delante de Evolett.

Heartless

por Miriam Prudencio
Finalmente dejé sin respuesta el último mensaje, pero al girarme te encontré, estabas en un rincón, temblabas. El pequeño charco carmín, removió mis pensamientos apenas te vi. Me acerqué con cuidado tratando de calmarte, a cada paso que avanzaba te provocaba más miedo y te encogías más.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, me percaté de tus heridas, algunas todavía sangraban y otras, a pesar de estar suturadas, no dejaban de doler. Llorabas en silencio como si no quisieras ser escuchado, me sentí mal, no pensé que había llegado a este grado.

Traté de tomarte entre mis brazos, pero te alejabas más, fui una completa irresponsable contigo no te cuidé lo suficiente, a pesar de que me lo advertiste en más de una ocasión, te llevé al límite. De nuevo, me estiré para alcanzarte, solo logré cortarme con los cristales a tu alrededor. ¿En qué momento permití que esto ocurriera? Intento razonar contigo pero es en vano, te quiero entre mis brazos y necesito que te acerques, lo cual parece imposible pues estás prácticamente destruido.

Después de varios intentos, por fin logro sacarte del rincón en el que se convirtió en tu refugio, te dedico una sonrisa tratando de calmarte. Nada parece funcionar, lloras desconsoladamente mientras te resguardas contra mi pecho, entre más lagrimas derramas, más sangre brota de tus heridas. No tengo palabras para consolarte, sólo este abrazo sincero.

Te entregué desconsideradamente a alguien quien te destruyó sin compasión alguna, me olvidé de todo permití que llegara a este grado, no tengo palabras de consuelo o disculpa para ti, tampoco espero que vuelvas a ser el mismo. Eso sería muy egoísta de mi parte. Cuando te levantas te abrazo contra mi pecho tratando de darte calma, debes de estar cansado por lo ocurrido y por haber llorado tanto.

Sano tus heridas en silencio mientras tratas de contener el llanto que amenaza con salir una vez más.

-¿Ya no está? 

Bajo la mirada al saber a lo que te refieres.

-No, él se ha ido y tampoco va a regresar

-¿Estás segura? Sé que querías mucho, podía sentirlo, me sentía bien cuando él estaba cerca, hasta hace un tiempo en el que me hacía temblar, no sabía dónde estaba y eso me preocupaba, no respondía por días, sus palabras me lastimaban y sus acciones ya no eran las mismas, dejó de traer flores, escribir canciones o siquiera preocuparse por nosotros.   

Suspiré pesado sabiendo que tenía razón, aguanté más de lo necesario.

-Lo sé y verte así tampoco se siente bien, por eso dejé de responder sus mensajes ya no le importábamos y de eso debí de haberme dado cuenta antes, para que no terminaras tan herido.

-No te preocupes estaré bien, solo no quieras a alguien más hasta que sane un poco y, la próxima vez que esto ocurra, vámonos a tiempo.

Suelto una carcajada al verlo más animado.

-No te preocupes corazón estaremos bien y esta vez prometo cuidarte mejor.  

Cinco años

Por Nicte G. Yuen

La chica de rojo había acumulado mil ochocientos veinticinco días sin recibir un beso, eso equivalía a tener un corazón resignado a la vida en soledad. Amaneceres ausentes de caricias y madrugadas vacías. Una silla, un plato y un vaso sobre la rutina de lunes a viernes. Nada de buenos días desde el interior de las cobijas. Nada de cruce de miradas y suspiros  bajo la luz de luna. Sin embargo,  aquel día,  la chica de rojo prefirió un adorable vestido rosa para su salida semanal al centro comercial; no estaba segura de semejante atuendo,  pero se hacía tarde y sus amigas la esperaban afuera de su casa. 

La chica de rosa conoció a Felipe aquella tarde, su necesidad de una dosis extra de cafeína los llevó al mismo lugar, a la misma hora. Fue ahí donde  descubrió esos ojos azules, esa sonrisa y esa voz. Y por primera vez en doscientas cuarenta semanas, su corazón se sacudió dentro del pecho, bailando una especie de merengue mientras sentía la proximidad de aquel cuerpo contra el suyo. Y entonces entendió todo, estaba lista para un nuevo beso.

Cupido amargado

Por Alejandra Maraveles

Cupido estaba harto del amor, había pasado milenios disparando sus flechas a la gente correcta para formar parejas. En un inicio, la idea del destino había sido tan fuerte que, difícilmente, las personas se habían quejado. Sin embargo, a medida que los años habían transcurrido y los siglos pasaron los humanos se habían sentido con todo el derecho de reclamarle. 

Lo peor había llegado con la tecnología, no sólo se habían quejado, sino que habían pensado que podrían hacer un mejor trabajo que él, creando absurdas apps de citas. Cansado de los paquetes con lentes de aumento y prescripciones de oftalmólogos, así como de amenazas e insultos recibidos a diario. Decidió cambiar de estrategia.

Se compró un fusil de precisión y desde la azotea de su casa en el Olimpo, todos los días observa con cuidado a los humanos y cada que encuentra a un par de personas que no se soportan entre ellas les lanza una bala de amor para que queden “flechados”. En cada ocasión piensa que ahora sí, si hablan mal de él, por lo menos se lo ha ganado. 

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