Estigma

Por Missael Mireles

       -Claro que me acuerdo- respondió Rafael, justo al instante en que su psiquiatra, el Dr. Franco, había hecho la pregunta. 

        Y no estaba mintiendo: Rafael recordaba, con lujo de detalle, el día en que su frente sangró por primera vez a causa de sus propios pensamientos. Era una madrugada de julio del 2017, pocos días después de haber sufrido en carne propia un ataque de pánico, y en el tiempo intermedio entre ambos sucesos, su mente rumiaba en un mar de miedos inquietantes, todos relacionados a enfermedades mortales, a caer en un lento y cruel vórtice cuyo final terminaba en la locura, en un estado de desesperanza y desolación. Aquella madrugada tardó en conciliar el sueño, fruto de la inquietud. Sus ideas invadidas por el temor lo azotaban; intentaba meditar, oír música, sin resultado positivo alguno. Hasta que, sin estar seguro de cómo lo había conseguido, logró quedarse dormido. Sin embargo, como si sus cansados ojos hubiesen parpadeado solamente, despertó con una repentina y extraña sensación de humedad en la frente, y su somnoliento estado le hizo creer, al principio, se trataba de sudor. Después, supo que se había equivocado, cuando, al limpiar aquella humedad proveniente de su cabeza, reparó en un líquido oscuro. Tanto su respiración como su ritmo cardíaco aumentaron drásticamente, tras encender la lámpara del buró, y cerciorarse de que, en efecto, era sangre. 

       -Muy bien- prosiguió el Dr. Franco –, ¿qué pasó después de darte cuenta de ello? ¿De que estabas sangrando? – el psiquiatra cruzó las piernas. Su porte, y su lenguaje corporal, denotaban a un sujeto mayor de edad bastante sabio, maduro y confiable. Mantenía su vista fija en Rafael, con la misma atención interrumpible de un jaguar acechando a su presa.

        -Corrí a despertar a mis padres. Tenía mucho miedo; mi cara terminó completamente manchada de rojo, ya que había comenzado a llorar, y mis lágrimas se mezclaban con la sangre. Es más, hasta siento que salía a chorros, como si hubiera tenido una hemorragia. Para hacerle en cuento corto, doc, me llevaron a urgencias, me examinaron detalladamente, pero no encontraron nada preocupante; no había heridas, ni nada por el estilo, lo cual no precisamente me calmaba, pues seguía con las ideas de tener alguna enfermedad extraña, de que me iba a morir. También me hicieron resonancias magnéticas y encefalogramas porque pensé tener algún problema cerebral, y tampoco hubo nada alarmante- mientras Rafael proseguía con su relato, el Dr. Franco asentía en ciertos momentos. El aroma del incienso penetró en cada rincón del consultorio, lo cual le hizo creer al joven paciente que en los diplomas y títulos enmarcados del doctor se había impregnado aquella esencia característica de cualquier espacio donde se busca tener algo de paz.

        -Perfecto, Rafael. Ahora: me comentaste que todo este asunto está relacionado con los miedos a las enfermedades, originados a raíz de un ataque de pánico. Me imagino que sentiste todos los síntomas propios de este problema, ¿no? Palpitaciones, punzadas o dolor en el pecho, sensación de falta de aire, etcétera, etcétera- el psiquiatra acompañó estas últimas palabras con un ademán de su mano izquierda. 

        -Así es, y, de hecho, también me imaginaba a mí mismo tirado en el suelo, o en la sala de un hospital. Y se sentía bien real, ¿sabe? Como si todas esas imágenes fueran premoniciones, y que yo estaba tan sólo esperando el momento para que sucedieran. A partir de ahí, no podía dejar de pensar en un infarto- agregó el joven inclinándose ligeramente sobre el sillón individual.

      La mirada de Rafael, aunque se mantenía fija en el doctor la mayor parte del tiempo, constantemente se enfocaba en otros puntos del consultorio, o, en ocasiones, en ningún punto en particular. Él pensaba que se trataba de un gesto común, al menos tratándose de pacientes en el consultorio de algún profesional de la mente humana; quizás, sería una forma de mantener las ideas organizadas, así como también de hurgar en el baúl imaginario donde se encuentran todas esas memorias, traumas y dolores, intentando encontrar otro punto importante a tratar en la sesión. 

        -Y hay algo más- prosiguió el joven paciente-, siguiendo con lo de los miedos y pensamientos, después de la primera vez en que todo eso me provocó el sangrado, llegué a pensar en la posibilidad de que estaba siendo víctima de un estigma- finalizó abriendo los ojos, en señal de sorpresa. El Dr. Franco volvió a asentir con la cabeza, y emitió un sutil “aaaaah”.

         -Con “estigma” te refieres al concepto religioso, ¿cierto? Lo de la supuesta manifestación en la carne de las heridas que sufrió Jesús en su crucifixión.

         -Exacto. Y claro que el miedo seguía ahí, fue como una “metamorfosis”; en ocasiones, el miedo a una enfermedad mortal se esfumaba, pero daba paso a un terror que poco a poco crecía respecto a la idea del estigma, o al dolor que me pudiera provocar, y pensaba “si es eso lo que tengo, voy a tener la sensación de una corona de espinas en mi cabeza, o en cualquier momento sentiré mis manos y pies siendo brutalmente traspasados por clavos gruesos”. Por ende, el miedo provocaba el sangrado- Rafael se quedó pensando un momento. Daba la impresión de que, en cada palabra que pronunciaba, se introducía más en sí mismo, en todo ese enigma que abrumaba su mente. El doctor percibió inquietud en él, sin embargo, parecía que su paciente se esforzaba por mantenerse estable, por no volver a sucumbir a esas torturas mentales. 

        Y entonces la vio. Una ligera gota de sangre comenzó a brotar de la frente de Rafael.

        El doctor prestó atención al ligero hilo rojo que se escurría en dirección a la ceja izquierda del joven. En el fondo, estaba pasmado, verdaderamente sorprendido, pero no escatimó en permanecer calmado; dada su profesión, era su deber mantenerse sereno ante cualquier situación con sus pacientes, incluso en una tan extraña y peculiar como la de Rafael, e hizo como si aquello fuese normal. El joven paciente limpió la sangre de su frente con un pañuelo desechable, y lo hizo con la misma sencillez y calma de quien se limpia la nariz a causa de un resfriado. 

       – ¿Estás asustado ahora? – cuestionó el psiquiatra.

       -Pues…no mucho. Me siento más bien preocupado, por lo mismo de que esto es bastante extraño, de que seguramente soy el único caso así en toda la historia de la humanidad, de no saber a ciencia cierta qué tanto afectará mi vida, y detalles así- y el joven cruzó sus manos, en señal de reflexión.

       -Antes de venir aquí, ¿habías acudido por ayuda profesional?

       -Claro. Aunque nadie ha sabido a ciencia cierta cómo ayudarme, pero, por el otro lado, tampoco puedo negar que nada ha servido hasta ahora. Me dijeron que podría tener ansiedad generalizada. Hasta ahora no se me ha dado un diagnóstico como tal, y también que, probablemente, esa sea la razón del sangrado. Eso no me parece tan descabellado; con el tiempo, me di cuenta de que, tal cual, eso sólo aparece cuando tengo miedo, o estoy nervioso.

         Ante esa respuesta, el Dr. Franco tuvo una ligera sensación de alivio, no por sí mismo, sino producto de la empatía por Rafael. En ningún momento de lo que llevaban de la sesión perdió el rumbo del testimonio de su nuevo paciente, y él, en ese momento, creyó haber encontrado algunas pistas que, quizás, no serían la solución definitiva al extraño problema del joven, pero sí podrían fungir como destellos de luz en la oscuridad que lo acogía. El psiquiatra se inclinó ligeramente, en dirección a Rafael.

        -Tomando en cuenta lo último que me acabas de contar, me percato de una cosa: efectivamente, la raíz de todo esto es tal cual miedo, temor. Ahora, con respecto a la ansiedad, ¿cuál consideras que sea su origen? Es decir; ¿desde niño sueles preocuparte de más y sobrepensar tus problemas? ¿Hubo algún evento traumático que te generó todo eso? – el doctor mantuvo su mirada fija en los ojos de Rafael. Este observó momentáneamente hacia el suelo, e hizo una ligera afirmación con la cabeza.

        -Bueno…ahora que lo mencionas, doc, nunca me han gustado los problemas, ni las peleas, ni las situaciones negativas en general. Es como si quisiera tener siempre el control de todo- hizo una pausa. –Por decir así, quisiera poder controlar el mundo, en el sentido de que las cosas malas no existan, no pasen, ni a los demás, ni a mí. Incluso… también podría agregar que me da miedo lo desconocido, y con eso me refiero a casi todo en general:  si los eventos paranormales son en verdad ciertos o no, si existen criaturas gigantes y grotescas en el fondo del océano, detalles así. También, desde niño he sido un poco miedoso, aunque yo considero “lo normal”: a los monstruos, a los fantasmas, a Chucky- tras mencionar a este último emitió una ligera risa-, pero siento que, conforme fui creciendo, lo mismo pasó con el miedo en general, al punto de llegar a sentirme incapaz, insuficiente, y temer por mi futuro- finalizó. Inhaló y exhaló profundamente. 

        -Y cuando eras niño, ¿no sangrabas? – añadió el doctor.

        -Para nada. Y eso es lo que más me frustra y extraña. Pienso; “¿cómo es posible que esto me pase a mis veintiséis años? ¿Significa que soy un auténtico cobarde y de niño era mucho más valiente?”. 

        -Pero he ahí un detalle importante, Rafael: cuando somos niños, estamos “explorando y conociendo” nuestro mundo, nuestra realidad. En cambio, conforme vamos creciendo, también lo hace esa misma realidad: tenemos más responsabilidades, nos enfrentamos cada vez más a las cosas complejas y difíciles de este mundo. Entonces seguimos explorando, seguimos enfrentándonos a cosas desconocidas para nosotros. Tal cual como si fuese un videojuego: el nivel de dificultad va en aumento, y nosotros debemos acoplarnos a dicha dificultad. Enfrentarse a la adultez, a todos esos obstáculos que nos pone la vida en frente, no es tarea fácil, y, efectivamente, peor es cuando no tenemos ni idea de lo que nos espera, de todos esos obstáculos en nuestro camino. Sin embargo, eso no tiene por qué ser algo fatal. Te pongo otro ejemplo: piensa en un atleta profesional, de alto rendimiento, que ha ganado medallas en Juego Olímpicos, o, mínimo, pudo competir en unos. Ahora, piensa en esto: ¿llegó ahí por arte de magia o por un milagro? ¿Esa oportunidad se le dio en bandeja de plata sin ningún esfuerzo? ¿Sin ningún sacrificio?

         -Claro que no- agregó Rafael. – Es imposible, hasta irreal- ante la respuesta del joven, el Dr. Franco sonrió.

         -Exactamente. Tuvo que prepararse tanto física como mentalmente: se despertaba de madrugada para entrenar, debía cumplir con un régimen alimenticio muy estricto, y eso sin contar sus demás responsabilidades: el estudio, o el trabajo. Lo mismo sucede con la vida: no existen los caminos sin obstáculos, no existe la vida perfecta, carente de problemas y situaciones negativas. Estos obstáculos, estas cosas malas, son precisamente aquellas que nos forjan, que nos hacen darnos cuenta de lo que en verdad somos. Lo importante no es que todo eso no suceda, dado que es imposible y no está en nuestro control. Lo que importa, es que sepamos afrontar esos golpes que nos da la vida, porque sólo así comprobamos lo fuertes que somos, o que podemos llegar a ser. Ahora, respecto al miedo a lo desconocido, y a las enfermedades, tengo una pregunta por hacerte: ¿hay en ti algún miedo referente a la muerte? – el tono de voz del doctor disminuyó, cómo haciendo un sutil énfasis en aquella duda. Rafael hizo otra mueca reflexiva; apretó los labios y miró hacia su izquierda, sin fijar la vista en nada en específico. 

         -La neta… sí, o eso puede ser. Es algo que nunca me ha agradado como tal, me genera inquietud. Yo pienso que es por eso que me asustaba demasiado con los síntomas físicos del ataque de pánico, o de la ansiedad. Tenía miedo de morirme de un infarto, o de un accidente cerebro-vascular, como le pasó a Gustavo Cerati. También, creo que, más que temerle a la muerte en sí, igual es miedo a no haber vivido como me gustaría, a que todo el camino que he recorrido hasta ahora no haya valido la pena. Que haya sido un desperdicio.

        -Entiendo – prosiguió el Dr. Franco- Rafael: el enigma de la muerte es un elemento que ha existido desde hace miles de años, y, claro, no voy a negarte el impacto que tiene en nuestra sociedad. El problema es que la vemos como algo negativo, como si habláramos de la Fosa de las Marianas, volviendo al tema del océano que mencionaste: “¿qué hay ahí? ¿Qué tan peligrosa es? ¿Qué secretos guarda?”. Pero, en este caso, la realidad de la muerte es que no es nada más que parte de la naturaleza, de la vida misma, así como lo son las enfermedades y los atardeceres. Uno puede pensar: la vida y la muerte, el día y la noche, el Ying y el Yang, la relación que hay en estos ejemplos es la de los “polos opuestos”, lo bueno y lo malo, pero es distinto a lo que se cree, al concepto que se tiene de todo eso. En realidad, esos son complementos: no puede existir uno sin el otro. Tanto el día y la noche, como el Ying y el Yang, son sólo algunos de tantos ejemplos del significado de la vida. Ninguno debe ser ni bueno ni malo. Simple, y sencillamente, son lo que son. Lo mismo sucede con la muerte: a pesar de lo que hay después, a dónde iremos, y todo eso, no debemos tenerle miedo, porque sería tenerle miedo a la naturaleza misma. Las cosas no son ni buenas ni malas, Rafael. Como dije, las cosas son lo que son, pero el significado, nuestra perspectiva respecto a ellas, es el verdadero problema. Velo de este modo: ¿por qué no le temes también a la vida misma? Con todos sus defectos: los problemas, tanto personales como mundiales, los obstáculos en nuestro camino, y así – notó que Rafael asintió sutilmente, como si, en efecto, su perspectiva hubiese dado un giro de ciento ochenta grados-. ¿Te fijas que todo cambia, o todo puede cambiar, con sólo hacer un ajuste de nuestra visión? – finalizó. Y el joven paciente hizo un ligero semblante de satisfacción.

         -Siéndote sincero, doc, me gustó un buen todo lo que me acabas de decir. Nunca antes lo había pensado de esa forma, y no es que niegue todo tu ejemplo, pero voy a mentir sobre esto: lo difícil es no sucumbir al miedo, el no tener la capacidad de que todas esas ideas negativas tengan el más mínimo poder sobre mí, porque se siente, en la mente y en el cuerpo, y, la verdad, creo que ahí es donde se complica todo- esta vez, Rafael mantuvo la vista fija en el psiquiatra. 

        -Te comprendo- añadió el doctor- y, de nuevo, el miedo es parte de la naturaleza, como lo es la paz. No estoy aquí para decirte “ignora el miedo”, “no seas cobarde”, “los hombres no sienten miedo” ni ninguna tontería de esas, pero si estoy para enseñarte que, en primer lugar, no debes negar ninguna de tus emociones, ninguna de ellas: a las emociones no hay que combatirlas, sino solamente sentirlas y reconocerlas, pero, así como con el alcohol o la comida chatarra, todo en exceso es malo, y las emociones no están exentas de ello. Una vez vi una imagen, de esas que contienen frases y puedes encontrar en Facebook, o Instagram: “la tristeza es exceso de pasado, y el estrés, exceso de futuro”. Entonces, es justamente loslo mismo con el miedo, lo cual podemos traducir en exceso de nervios, de ansiedad, de preocupación. En resumen, no es malo que sientas miedo por “x” o por “y”, el problema es cuando permites que eso se apodere de ti, que nuble tu juicio y tu ser- en cuanto terminó esta frase, Franco notó que una lágrima brotó de un ojo de Rafael-. ¿Te encuentras bien? – cuestionó al joven.

          -De hecho… si, doc, me siento…conmovido – respondió Rafael.

          -Es muy normal sentirse así, es parte del proceso. Antes que nada, debo decirte la verdad: tu caso me parece fascinante y extraordinario, pero el hecho de no haberme topado antes con algo parecido no forzosamente quiere decir que no tenga solución, que estés condenado a sufrir, sobre todo, porque yo noté algo positivo en tu testimonio.

          – ¿Qué, doc?

          -Esta condición no te ha matado, ni te ha hecho ningún daño grave. Además, tú mencionaste que, conforme más te asustabas, más te sangraba la frente, ¿cierto?

          -Así es. A pesar de todo, creo que este problema no me ha impedido tener una vida relativamente normal: he podido estudiar, hacer ejercicio, divertirme. Y pues, obvio, en momentos de calma no hay señal ni de una sola gota de sangre- añadió Rafael. El Dr. Franco emitió una sonrisa ante su respuesta.

          -Vamos a hacer algo, Rafael: a partir de ahora, quiero que cambies tu percepción sobre el sangrado: no lo veas como algo sobrenatural, ni como un estigma, velo como si fuese tan sólo un síntoma más de la ansiedad, cómo lo son las taquicardias, o la sensación de falta de aire. Intenta comenzar a restarle poder, y, sobre todo, a reconocer que el miedo no debe afectarte de más. Para ello, voy a recomendarte que tomes Pasiflorina, no es un medicamento en sí, es más un remedio natural. De todos modos, conforme avancemos veremos qué te puede servir y que no, pero, en general, quiero que te quedes con una sola palabra: confía. Estarás bien, y saldrás de esta.

           – ¡Me parece perfecto, doc! Así será.

          Cuando Rafael salió del consultorio, sintió el frío de aquel día nublado en su rostro, y pensó en la única gota de sangre que había brotado de su frente en esa ocasión. Aún tenía incertidumbre sobre aquel problema, pero esa única gota se volvió un buen indicio para él; un indicio de mantenerse firme y seguir luchando. Comenzó a caminar, percibiendo el petricor en sus fosas nasales, y con una paz que no había sentido desde hace tiempo.

           Cerca de 7 años habían transcurrido, y junto a ellos, un camino duro pero reconfortante para Rafael; uno que significó tiempos de batallas y estabilidad, de confrontación a ese ser vulnerable que habitaba dentro de él. A pesar de toda esa oscuridad, de aquellos días de incertidumbre y agonía, Rafel recordaba dicha época con una peculiar especie de nostalgia y cariño, digna de un guerrero que no sucumbe ante el amargo y doloroso recuerdo de sus más significativas batallas. El Dr. Franco se había convertido en un maestro para él, un guía que desbordaba amistad y sabiduría, el cual había estado presente en cada tropiezo, obstáculo y victoria del camino de su paciente. 

          Jamás hubo una explicación meramente científica de la afección de Rafael, sin embargo, el mismo camino le hizo ver que tan sólo era una parte de sí mismo, como lo es la forma de ser y pensar de cada humano. Al enfrentarse a sus pensamientos, se enfrentó también a sus miedos, pero no de la misma forma en que un noble caballero hubiese combatido a un inmenso dragón, sino que los hizo parte de él, de todo aquello que lo conformaba, junto con sus gustos musicales, su perspectiva de la vida y del mundo. Junto con todos esos elementos que nos construyen y forjan.

          Y nunca más volvió a sangrar, bajo ninguna circunstancia.

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