Straight, No Chaser: una historia interrumpida

Por Maik Granados

«Un diálogo anhelante corría por las páginas

como un arroyo de serpientes, y se sentía

que todo estaba decidido desde siempre».

Continuidad de los parques.

Julio Cortázar.

Recomendación del autor: Acompañe su lectura con Thelonius Monk en el fondo.

No tenía idea de cómo iniciar. “La blancura del papel impone, como la montaña al alpinista”, pensó. Luego comenzó a escribir…

Ella lo deseaba, sonríe, baila en el centro de aquel bar casi vacío. Gira sobre sí, muestra su espalda, y se despeja el cabello que le cubre el cuello. Él la abraza por detrás y besa suavemente su hombro desnudo.

Straight, no Chaser de Thelonius Monk, suena en los altavoces. Los tonos ligeros y audaces de la melodía hierven en el pecho de Morgan que, desde el otro lado del lugar, observa cómo las manos de aquel hombre acarician las caderas de su esposa, mientras ella se muerde el labio inferior con su alineada dentadura…

Se detuvo. El cursor en la pantalla parpadeó impaciente. Morgan, el nombre de su personaje principal en el texto no encajaba. “Por eso te están engañando, amigo. ¡Vaya nombre!, pensó”. Lo borró. Probó con otras opciones: Julián, Rubén, Jorge. Dio un trago a la copa de vino. Hizo una pausa. Elisa y Morgan. Había armonía entre ellos. Continuó con la historia.

Morgan la quiere muerta. Ha bebido mucho. El ambiente lo sofoca, un zumbido agudo opaca la música, quiere vomitar. Ahora lo sabe; las llegadas en horarios irregulares, el celular en modo vibrador, la nueva clave de bloqueo en su computadora, las llamadas en privado, los WhatsApp en visto, los desvíos al buzón de voz.

Sale con una opresión en el pecho. Le falta el aire. En la puerta, el cadenero le pregunta si se siente bien. Morgan reacciona con arcadas, pero sólo se le humedecen los ojos. Disimula el llanto. Pide un taxi que lo lleve a Avenida del Parque 1955. Al fin uno hace parada. Morgan asciende al vehículo y de inmediato baja el vidrio buscando consuelo en el aire frío de la madrugada. En su estómago la rabia da vueltas. En su mente se enjambra una idea…

Thelonius Monk, de nuevo, pero ahora en la bocina portátil del apartamento. Suena ‘Round Midnight. Él se separó por un momento de su escritorio, quería distanciarse por un momento de aquella historia, buscó más vino. Había hecho de ello una costumbre. Vino y teclado. “Un buen vino es catalizador de creatividad”, decía en cualquier entrevista que le hicieran. Un acicate para su alcoholismo de closet.

    —¿Hay más vino?

    Ella respondió algo desde la recámara, mientras parecía regular la temperatura en la regadera. Él entró en la cocina y se despachó otra copa. Ella, con el agua corriendo, le pidió alistar el café para la cena.

    —¡Ok, cielo!

    Dio un sorbo a su copa y paladeó el sabor. Bailó errático algunas notas del jazz en el aire mientras regresaba al teclado. Se acomodó, bebió de nuevo y siguió con la historia…

Cae una ligera lluvia. Morgan paga al chófer del taxi y se olvida del cambio. Sube a tumbos la escalera exhalando grandes vaharadas. No alcanza a llegar al cuarto nivel, en el entrepiso del primero y el segundo, se desmaya.

    —¿Está bien, señor Morgan?

Escucha la voz de la afanadora que, regularmente, llega temprano a sus labores en el edificio. Morgan intenta incorporarse con la jaqueca a punto.

    —¿Necesita algo, señor Morgan?

No responde. Un vistazo al celular con el uno por ciento de batería. No hay notificaciones, ni llamadas perdidas, ni mensajes.

     —¿Señor Morgan?

Él sube corriendo, con la boca seca y el corazón acelerado. El interior del apartamento sigue inmutable, con la cama matrimonial sin tender, el dentífrico sin tapa, las dos tazas con restos de café sobre la mesa, el tic tac del reloj en la sala, el olor a libros viejos, la copa a medias sobre el escritorio, la computadora con el procesador de textos abierto en la pantalla…

Empezó a oler el café. El cursor intermitente lo retó a continuar, pero el vino había hecho que su concentración no fuera la misma. Luchó entre la urgencia de terminar el trabajo y el antojo de unos tacos al pastor.

    —¿Quieres tacos?

    —Ok —dijo la esposa, quien debía seguir flotando entre burbujas.

    —Ahora vuelvo, cariño.

    Caminó bajo la llovizna. El aire estaba fresco, agradable. La caminata trajo a su mente algunos episodios sin orden para su historia y divagó en diferentes desenlaces. Sonó el celular. Urge tu borrador para mañana. Antes de las 11:00. Su editor lo presionó, ya no tendría más prórrogas. Llegó al puesto ambulante y pidió la cena.

    —Me pones en un plato dos de pastor y dos de bistec. Y en otro cuatro de pastor. Salsas aparte, por favor. Son para llevar.

    —¡Ok, güero! Pero va a tardar un poquito el bistec, apenas lo estamos preparando.

    Sacó de su chamarra una pequeña libreta y bolígrafo. Escribió para no perder detalles. Ahí mismo corrigió, en medio del olor a carne asada y la cebolla frita.

De ella no hay rastro. Una llamada sacude su bolsillo.

     —Elisa, ¿dónde estás? No has llegado a dormir…

     —¿Qué pasa contigo, Morgan? Te dije que iría a bailar con mis amigas y pasaría la noche en casa de Tina. ¿Estás bien, Morg…?

     —¿Elisa? ¡Bueno! ¡Bueno! ¡Elisa, carajo! ¡Bueno! ¡Pinche teléfono!

Morgan. Recuerda lo de Tina, que irían a donde ella saliendo de la oficina. Recuerda el vino tinto en el punto ideal de temperatura, las notas de jazz en el aire, la copa en su mano y la última frase escrita en el texto de su computadora. El celular conectado a la carga reinicia funciones. Marca el número de Elisa. Su llamada será transferida al buzón. Revisa los mensajes:

     —Te espero en casa de Tina. No tardes.

De nuevo las náuseas, las arcadas y el llanto. Sentado en la sala decide el destino de Elisa y su amante. Va a la cocina, elije el cuchillo recién afilado. Lo oculta en la bolsa interna de su chamarra de piel. Afuera hace frío.

     —¡Taxi! A Calle Suipacha 1951.

A través del vidrio empañado, Morgan reconoce la figura de Elisa. La nota impaciente. A la distancia logra distinguir sus labios carmín. Está envuelta en un chal afelpado. Espera. Son cien con cincuenta. Quédese con el cambio. Una paz momentánea llega a él, se convence que en la borrachera confundió las cosas. La ansiedad en su garganta se disipa. La ama más que en ningún otro tiempo y contempla su fragilidad en medio del ajetreo citadino. Ella parece buscarlo, luce impaciente. Una sonrisa aparece en su rostro, su mirada apunta al final de la calle, y ahí está aquel hombre, el de la noche anterior, con su chamarra de piel. La abraza y la besa. Toman un taxi. Decide no bajarse y pide al chofer que continúe.

     —¡Siga a ese auto!

Minutos más tarde la pareja se apea del coche. Avenida del Parque. Morgan palpa el cuchillo en su chamarra. Desciende. La puerta de entrada del edificio se cierra, Morgan apresura el paso y con el pie se permite la entrada. Las risas de ambos retumban en lo alto de las escaleras. Con sigilo, Morgan escala los mismos pisos. La puerta del apartamento apaga la festiva conversación de los amantes. Morgan se acerca prudente al umbral, pega su oído y trata de escuchar lo que sucede al interior. Solo hay murmullos. Morgan revisa el picaporte, está abierto, empuña su cuchillo y abre suavemente…

    Caminó de regreso, cargando los tacos y pensando en un buen cierre para su historia. Subió las escaleras. Entró.

    —Ya llegué, cariño.

    —Ahora salgo, nada más me enjuago.

    Dejó la cena en la cocina y se sirvió café. Activó la calefacción, eso le agradaba a su esposa después de la ducha. Caminó hacia la computadora, las notas de jazz flotaron en el aire. El cursor intermitente esperaba impaciente en la pantalla. Continuo escribiendo el final de su historia…

El aroma del café inunda el lugar. La calefacción está puesta. Desde el estudio, algunos acordes con música de Thelonius Monk suenan potentes. En el baño el agua de la regadera corre. Elisa tararea la misma canción. Despacio Morgan se escurre al interior.

     —¿Qué haces, cariño? ¿Te quieres bañar conmigo? Hace mucho que no lo haces.

Elisa se enjuaga el jabón en el rostro y se sorprende al ver el cuchillo en las manos de Morgan.

     —¿Qué haces, Morgan? ¿Qué te pasa? ¡No, que haces!

Morgan tapa su boca para evitar que los gritos alerten al hombre. Hunde una y otra vez el cuchillo en el cuerpo desnudo de Elisa. La sangre tiñe el agua de rojo. Mira sus manos temblorosas. No está arrepentido. Respira profundo, debe calmarse, ahora debe matar al hombre. Morgan camina por el pasillo, hacia el estudio, con las manos cargadas de sangre y furia. Sigiloso se asoma y se da cuenta que el amante de su esposa está sentado en el escritorio, escribiendo en su computadora. Morgan empuña el cuchillo y lo alza detrás de aquel hombre, que sigue escribiendo una historia que pronto será interrumpida.

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