Allá en la colina

Por Emmanuel Ochoa

El campo se torna gris, como si me encontrara en un sueño. Avanzamos entre risas y chistes. Cada paso nos acerca a la cima de estas grandes colinas. Las hemos recorrido tantas veces, más de dos veces por año. Compré ropa nueva para mí y mi novio, nuevas zapatillas deportivas con mayor agarre en el tobillo para evitar torceduras, camisetas más cálidas para el frío y un par de mochilas grandes donde pudiéramos guardar más cosas. Mientras tanto, miro adelante, hacia donde la cima de la colina se alza. Allá arriba seguramente todo estará bien.

Hace calor, ¿por qué hace calor? Aquí es frío, hay viento, hay lluvia, hay brisas y neblinas. Estoy sudando. Y aparece una mosca, me zumba en el oído. Quiero golpearla, apartarla de mí. Miro adelante. Mis compañeros también tienen moscas volando sobre sus cabezas. ¿Por qué hay moscas? ¡Aquí no pertenecen! Ni mosquitos, ni arañas, ni moscas, ni cucarachas… ¿Por qué hay cucarachas en la tierra? ¡Las veo, las veo! Son docenas de ellas bajo mis pies, se escabullen en el césped, corren de un lado a otro. Las piso, escucho como crujen, pero las moscas siguen zumbando, y el calor aumenta. Debemos avanzar. La cima de la colina está más cerca. Necesitamos llegar. Necesito llegar. Allá arriba seguramente todo estará bien.

La noche se aproxima. Pronto, las estrellas se alzarán en un cielo oscuro, iluminando cada sendero. Veremos las luces titilar, las constelaciones asomándose, cada galaxia testigo de nuestra excursión. No obstante, cuando el sol se ocultó detrás del horizonte, una luna demacrada aparece en el cielo. Es imposible comprenderla. Se ve destruida, llena de grietas, decadente, deshaciéndose en miles de trozos, el polvo lunar invadiéndonos. Y la noche, ¡oh dios mío, la noche! ¡El cielo rojo se cierne sobre nosotros! Miro arriba, donde se alcanzan a vislumbrar miles de astros, todos sobre un campo carmesí, y las sombras arremolinándose cerca de la luna, moviéndose cual tentáculos por todo el cenit.

¡Debe ser una pesadilla! ¡Debo despertar!

Miro de nuevo hacia abajo, al frente, donde mi novio y amigos siguen caminando. Pero mi visión se torna gris, como si en un sueño estuviera. Puedo tratar de calmarme, pues eso debe ser, nada más que un sueño… una pesadilla. Sigo dormida. Pero, ¿por qué se siente tan real? Cada paso sobre el césped, cada chasquido de un insecto tronándose bajo ms pies, cada brisa del viento caliente en mi rostro, cada rasguño en mis piernas, cada gota de sudor, cada dolor en mis piernas y brazos, y corazón y alma. ¿Por qué no despierto? ¡Ya sé! Seguramente necesito llegar a la cima de la colina. Cuando llegue arriba, todo estará bien.

Bajo los ojos de la luna destruida y del cielo carmesí sigo caminando. No hay marcha atrás. No puedo volver. Me queda solo el camino enfrente. Toco el hombro de mi novio, necesito su apoyo, necesito su compañía. Pero justo cuando siento su cuerpo, un ruido me interrumpe, quito mi mano y caigo.

Una vibración en el aire. Un ruido que poco a poco toma ritmo lento, grave, profundo. Es un canto. Sí, sí. ¡Alguien está cantando! ¿Qué está diciendo?

Sin embargo, el camino parece alargarse mientras más pasos damos. El cabello se me pega en la piel. El dolor en los pies es insoportable. ¿Para qué viene? ¿Qué estamos haciendo aquí? ¡Quiero volver! ¡Necesito estar en casa!

Un sonido retumba en mi cabeza. Distingo una voz, palabras. No sé qué dice, pero alguien habla. No, no habla. Es un canto, Tiene su melodía. Sin compás, sin claridad, tan solo una canción que suena cada paso que doy. ¡Tambores! ¡Más voces! ¡Más música!

Las sombras se alargan en el cielo rojo, el césped se quema

A mí alrededor aparecen unas figuras inhumanas. Torsos gruesos, brazos y piernas alargadas pero huesudas; utilizan unas largas capuchas blancas con adornos negros de distintas formas. Ojos imposibles de ver, y sin embargo, es claro que sus miradas están posadas en nosotros. Se ríen y comienzan a moverse lentamente. La música se incrementa. Las figuras bailan con pequeños pasos, apenas moviendo sus pies. Luego alzan sus brazos, las mangas cayendo y revelando unos brazos llenos de cicatrices, sangrantes, pieles muertas llenas de moscas. Las risas continúan cuando se toman entre ellos, brazos, cinturas, cuellos, e inician su danza en círculos. Cambian de parejas, aplauden cada compás nuevo, un pie arriba y el otro los hace dar vueltas. 

Veo al frente, mis compañeros del viaje se unen al baile de las criaturas. Poco a poco, la línea de personas delante de mí se ha movido a los lados. Criaturas se acercan a ellos, colocándoles encima capuchas como las que usan. Al ponérselas, parecen verse más grandes y de sus cabezas sobresalen dos grandes ojos; más brazos, más piernas; y entonces me percato que las capuchas están hechas de piel humana, los pliegues colgándoles hasta el suelo, aún hay sangre escurriéndoles.

Mi mente se quiebra. Sigo pensando en ese abrazo de mis papás, ¿pueden salvarme de esta nueva pesadilla? ¿Pueden venir por mí, recogerme como cuando era chica y tenía miedo en casa de alguna amiga? ¿O cuándo despertaba gritando en la noche por un sueño horrible? ¿Podía irme a dormir a su cuarto?

No, no pueden. Estoy caminando hasta el último lugar donde me queda una esperanza, a la cima de la colina, donde todo saldrá bien.

Me detengo justo a los pies de la última parte de la colina, antes de llegar a lo más alto. Hay unos rayos del sol rojo detrás de ahí. Una silueta surge caminando, elevándose hacia el cielo. Apenas me atrevo a levantar la mirada. Arriba de la colina hay una mujer desnuda, sin ninguna capucha de piel encima, llena de cicatrices y marcas oscuras.

Mueve su cuerpo con un ritmo distinto al resto. Lento, pausado, al mismo tiempo caótico. Sus ojos comienzan a brillar con un verde intenso. Sus labios se tornan más rojos. Me doy cuenta de que camino sola, sin nadie alrededor. Giro el rostro, veo una aldea llena de hogueras y cuerpos colgados en árboles; riachuelos de sangre corren por los lados, y sus danzas continúan. El fuego se expande de las hogueras hasta todo el campo antes verde.

El olor a carne quemada, azufre y deshechos humanos flota en el aire. Sin haberme dado cuenta, he subido hasta la cima de la colina, donde todo debería estar bien. Pero se encuentra la mujer desnuda. Sus ojos amarillos hundidos en un rostro cubierto de cicatrices, y una sonrisa lasciva. Habla, mas no escucho palabra alguna. Tan solo la veo mover los labios. Y sin embargo, asiento. Su cabello negro cae hasta los hombros, se ve húmedo, pero el viento consigue levantarlo, revelando huesos deformes debajo de su cuello. Levanta uno de sus brazos y coloca suavemente su mano sobre mi mejilla. Su caricia comienza áspera, pero conforme pasan los segundos, se torna cálida, tersa, cariñosa.

Cierro los ojos, dejándome llevar por una ensoñación que ha caído sobre mí. Su piel se siente tan dulce, tan deliciosa. De pronto, separa su mano y abro los ojos de golpe. La mujer sonríe. Retrocede dos pasos. Su cuerpo ahora parece tan hermoso, escultural, seductor. Anhelo lanzarme a ella. Mi interior hierve, las llamas me consumen. Lo disfruto.

La mujer levanta su dedo, me indica que me acerque, sin dejar de sonreírme. La música y los cánticos vuelven a escucharse. Con la luna roja detrás de nosotras, aquella mujer, ahora con dos gigantescos cuernos sobresaliendo de su cabeza, me ofrece su mano. La tomo y nos alejamos juntas hacia un horizonte oscuro.

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