
Por Maik Granados
Don apretó con fuerza el volante de su viejo Chevrolet. El rugido del aire acondicionado lo adormeció mientras la aguja del velocímetro oscilaba entre los 80 y los 120 kilómetros por hora. En el exterior, las gotas de lluvia se estrellaban en el parabrisas, antes de ser barridas por el frenético ritmo de los limpiadores. En la radio sonaba suave una bossa nova.
Los ojos de Don se humedecieron gracias a la lenta sucesión de recuerdos en su cabeza. Los años que pasó enamorado de Blanca detonaron su tristeza. Rememoró la juventud de ambos, la inexperiencia de las caricias compartidas en las clandestinas sombras del cinema, las comidas sencillas con ellos tumbados en el césped de algún parque, los besos tiernos en las despedidas al umbral de la puerta en casa de ella, y el rostro de Blanca salpicado de pequeñas pecas, con los ojos muy abiertos cuando estaban cerca. Todos esos recuerdos anegaron la mirada de Don, sumergiendo la idealización de Blanca en un profundo odio.
Las llantas del auto se aferraban al asfalto a pesar de la lluvia y los bruscos volantazos en las curvas de la carretera. Don sintió que, a cada metro recorrido en aquel camino, crecía la angustia en la garganta, una inflamación invisible que le robaba el aire y la paz interna.
Los recuerdos de sus hijos adolescentes llenaron sus pensamientos, ellos dolían más. Las lágrimas de Don abundaron con las reminiscencias de bebés llorando, risas traviesas y primeras palabras. Había dado la vida por ellos, y ahora quería quitársela para fulminar el dolor a causa del divorcio y las restricciones judiciales para convivir con sus hijos.
Varios insultos salieron de los cláxones de los vehículos en el carril de contraflujo, indiferente, Don continuó con el manejo temerario. Los relámpagos y truenos adornaron el escenario suicida.
Don se imaginó flotando, por un instante, en el interior del auto, feliz de no sentir la gravedad por algunas milésimas de segundo, mientras era engullido por el vacío en la siguiente curva, y que su alma quedaría exonerada por la conflagración del carro estampado en el suelo rocoso de la montaña, purgando sus pecados. Los pecados del padre.
El viejo Chevrolet seguía en el asfalto, cada vez más y más rápido, esquivando a otros en sentido contrario, con la bossa nova en la radio y Don buscando la curva perfecta para salir volando.
Así se fue en caída libre, hacia el fondo de un escenario montañoso libre de pinos, para que las autoridades pudieran localizar los restos del bólido lo más pronto posible, sin dudas para la compañía de seguros por la falta de visibilidad en medio de la tormenta.
El auto salió disparado en la cima del voladero, mientras el celular de Don, conectado al bluetooth leía con la voz del asistente virtual el último mensaje recibido: “Te extraño papá… ¿Cuándo vienes a vernos? (emoji de corazón)”.

👍🏻👍🏻👍🏻
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como siempre Mike, sorprendiendo con tus cuentos…
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Hola soy esteban el tapatio
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