Tuercas Locas va a la escuela

Por Nicte G. Yuen

Tuercas Locas era un robot de recién cumplidos ocho años, su cuerpo apenas alcanzaba el metro de estatura, estaba formado por materiales reciclados de distintos colores y texturas. Vivía en una casa oxidada, carcomida y con un persistente olor a aceite quemado en el lado norte de la ciudad, zona donde habitaban todos aquellos robots disfuncionales. Tenía un papá y cinco hermanos de nueve, diez, once, doce y trece años respectivamente; mamá había tenido un corto circuito cuando él había nacido y el único recuerdo que tenía de ella, era gracias a los viejos videos que papá aún conservaba. Sus abuelos hacía muchas décadas que se habían jubilado de esta existencia, heredándoles la casa, el carro y un montón de deudas o, al menos, eso contaba papá.

Eran la familia más pobre, no sólo de la calle donde vivían, sino de toda la ciudad; esto dificultaba algunas actividades e impedía muchas otras, como, por ejemplo, el asistir a la escuela. De hecho, ninguno había tomado clases y eso incluía a papá y mamá. Con el paso de los años la familia Locas había terminado siendo tan, pero tan obsoleta y pasada de moda que ya nadie les dirigía la palabra. Algunos robots de última generación incluso preferían cruzarse la calle y caminar por la acera de enfrente antes que topárselos cara a cara.

Afortunadamente, para el más pequeño de los Locas, tenía un papá ultra divertido y amoroso, amante de los musicales y de las leyendas sobre los tiempos antiguos cuando los humanos poblaron la Tierra. Todos los domingos, sin faltar ninguno, él y sus hermanos se reunían alrededor de la chimenea artificial, herencia del abuelo, para escuchar historias sobre “El apocalipsis y la extinción de los hombres”. La parte favorita de Tuercas era cuando su papá hacía toda clase de sonidos raros para ambientar el final de la historia cuando la radiación aniquiló a todos los seres vivos. Papá, papá, cuéntalo otra vez, pero hazlo más despacio; rogaba el pequeño robot, retorciéndose los dedos de la emoción. Sus hermanos hacían muecas y bizcos para burlarse de él; pero papá siempre terminaba por volver a contar la historia. ¿Había árboles, flores y perritos antes del apocalipsis radioactivo?, ¿había niños y niñas que enfermaban y morían?, ¿entonces no eran como yo?, ¿cómo eran?, ¿como mis hermanos o como los ricos de la ciudad? Papá mantenía la promesa de que algún día los llevaría al museo para que pudieran observar algunos restos humanos; sin embargo, pagar las entradas a ese tipo de lugares estaba fuera de las posibilidades monetarias de los Locas.

Todos los miembros de la familia habían trabajado durante generaciones en el negocio del reciclaje, recorriendo tierras inhóspitas en busca de materiales que pudieran ser reutilizados. Las grandes fábricas 3R solían pagar poco, aunque, en meses recientes, los precios habían disminuido aún más. Papá lo que más deseaba era tener los medios económicos necesarios para mandar a todos sus hijos a la escuela, para que en el futuro no hubiera ningún otro Locas reciclador; sin embargo, el único con la esperanza de matricularse era Tuercas, quien gracias a su desbordante ingenio podía ganar una beca escolar.

En la parte sur de la ciudad existía la única escuela que cada año otorgaba becas a robots de escasos recursos, esto mediante un complicadísimo examen de conocimientos generales. Los afortunados ganadores, obtenían veinte años con todos los gastos cubiertos para que pudieran estudiar y titularse. Ganar una de esas becas era la cosa más peleada, no solo de la ciudad sino del país entero. Papá Locas había inscrito a Tuercas al concurso desde un mes atrás, sabía que aún era pequeño; pero confiaba en sus capacidades, ahora sólo tenía que contarles la noticia a sus hijos.

Aquella tarde de verano, con un espléndido cielo despejado y altísimas temperaturas, sin pronóstico de lluvias o torbellinos; papá convocó a todos sus hijos frente al destartalado carro rojo para dar un paseo. Tuercas notó de inmediato que su papá estaba más animado y sonriente de lo habitual, lo cual le intrigó en el acto, sabía que algo se traía entre manos, de hecho, ya ni recordaba la última vez que habían usado el carro del abuelo, más bien, se había convertido en la cama de su cachorro motorizado.

Papá condujo por una carretera recta, cuyo paisaje rocoso era una delicia en aquella época del año, mientras sus hijos apretujados en los asientos traseros cantaban antiguas canciones humanas. Durante la segunda hora del viaje, el carro tuvo la genial idea de descomponerse y, lo hizo, justo en el lugar más incómodo y carente de medios para solucionar el desperfecto ocurrido. Los primeros minutos posteriores al fallo del vehículo, papá se quedó con las manos pegadas al volante sin hablar ni moverse, como si tuviera la esperanza de que volvería a funcionar en cualquier momento y así continuar con el paseo. Media hora después se resignó y abrió la portezuela del carro.

—¡Todo el mundo abajo! —gritó papá sin dejar de mirar el humo que había comenzado a salirle al vehículo —Creo que tendremos que regresar a casa caminando —murmuró llevándose ambas manos a la cabeza.

Tuercas abrazó a papá apenas bajó del vehículo, le sonrió e intentó darle unas palmaditas en el hombro, esperaba que sus actos sirvieran para al menos disminuir la mueca que había en la boca de su padre. No te preocupes por el carro, mejor cuéntanos, por qué nos trajiste de paseo. Estoy seguro de que es alguna buena historia. La mirada de Tuercas se encontró con la de su papá y a ambos se les iluminaron los ojos. ¡Ya sé! ¿Será que nos llevarás al museo? ¡Sí, sí, iremos al museo a ver restos humanos!

Los hermanos de Tuercas también bajaron del carro, y se apresuraron a rodear a papá, comenzando a aplaudir y echar gritos para motivarlo.

—Cuéntanos, papá —dijo el mayor de los hermanos alzando las manos —. Estoy seguro de que nos escondes un secreto, hoy saliste a pasear al perro sin perro ―anunció alzando aún más la voz.

—Sííííííííííííííííííí ―gritaron en coro el resto de los hermanos —, todos te vimos hasta el perro.

Papá Locas se sentó en una roca cercana al carro atrofiado, soltó varios suspiros retorciéndose los dedos, miró de uno en uno a sus hijos, recorriendo sus cuerpos de arriba abajo y de abajo hacia arriba, lanzó más suspiros, miró el cielo y por fin abrió la boca.

—Mamá, los abuelos y yo mismo, o sea, todos los Locas, siempre hemos anhelado la oportunidad de ir a la escuela; pero como ustedes ya saben, nunca hemos tenido los recursos para darnos semejante lujo. Mi más grande sueño es poder enviarlos a la escuela, para que tengan mejores empleos y su futuro sea tan increíble…

Tuercas tomó la mano derecha de papá entre las suyas.

—Yo qué más quisiera que los vecinos al menos nos dieran los buenos días, las buenas noches, algo; pero como no tenemos para pagar las actualizaciones que van saliendo cada semana, hemos terminado en el olvido. Somos un montón de robots inservibles…

Papá Locas se levantó y caminó hacia el carro, agachó la cabeza mientras la mueca en su boca se agrandaba. A su mente acudieron todos los kilómetros que tendrían que caminar de vuelta a casa, seguramente no llegarían antes del anochecer. De pronto, la idea de un paseo familiar resultó terriblemente mala.

—¡Te queremos! —dijeron sus seis hijos en coro.

Varios dedos se retorcieron un poco más.

—Aquí va… Inscribí a Tuercas al concurso anual para becas escolares —les confesó dándoles la espalda.

—¿A mí? —preguntó Tuercas retrocediendo, se llevó los dedos a la frente como si necesitara rascarse —¿Por qué yo?

—Pues claro, si me manda a mí al concurso perdemos la beca —dijo el mayor de los hermanos dándole una palmada en la espalda —; pero sin presión Tuercas, sólo te convertirás en el primer Locas en ir a la escuela.

Tuercas quiso mirarse al espejo para buscar eso que su padre y sus hermanos estaban seguros de que él poseía.

—Si no quieres presentarte al concurso, yo lo entenderé…

—¿Ustedes creen que yo puedo quedarme con una de esas becas? —preguntó Tuercas a falta de un espejo de cuerpo entero.

Los hermanos de Tuercas se abalanzaron sobre él para darle un abrazo grupal que viniera a responder la duda del más pequeño de la familia. Papá miró a sus hijos a la distancia, con todas sus esperanzas puestas en aquel concurso; aunque, al mismo tiempo, dudaba si estaba haciendo lo correcto. Al final de cuentas la responsabilidad de proveer a sus hijos de educación era sólo suya. Durante la última década se había esforzado por encontrar otro trabajo, pero estaba tan oxidado que nadie le daba la oportunidad. Entre negativas, los años fueron pasando y la situación financiera de los Locas se volvió terrible. Quizá mamá no hubiera tenido ese corto circuito si hubieran contado con recursos para proporcionarles mejores oportunidades a sus hijos.

—¡Lo haré!, ¡lo haré!, ¡lo haré! ―exclamó Tuercas alzando los manos, luego comenzó a brincar entre sus hermanos —¡Voy a ir a la escuela! Tendré una maestra, o muchas maestras… compañeros y muchas clases… ¡Ya me vi! ¡Iré a la escuela! —sonrió a mitad de una carrera en busca de un nuevo abrazo de papá.

El carro rojo, herencia invaluable del abuelo, se negó a funcionar por más intentos que hizo papá; por lo que regresar a casa caminando fue la única opción. Sin embargo, se mantuvieron animados charlando sobre los preparativos que harían para el concurso de becas escolares. Si todos apoyaban a Tuercas, seguramente tendría más posibilidades de saberse las respuestas del examen.

—¿Seré el robot más pequeño? —preguntó a papá antes de irse a la cama —¡Eso no me gustaría! ¡Qué miedo!

El concurso estaba programado para dentro de dos meses. Dos meses que transcurrieron en un parpadeo. Tuercas se quejó de la velocidad del tiempo la noche anterior al concurso, mientras veía los viejos videos donde mamá y papá se iban de vacaciones. Todos sus hermanos le dieron palmadas en los hombros y una tonelada de palabras motivacionales; y aunque Tuercas sonreía agradecido, lo que más deseaba, era salir ya de ese examen, no le importaba si el resultado era favorable o no, tan solo quería responder la última pregunta.

Ingresar a ese auditorio repleto de robots que habían viajado de todas partes del país, fue lo más increíble que le había sucedido en sus ocho años de existencia. Y comprendió que el simple hecho de estar ahí sentado entre tantos robots que tampoco habían asistido nunca a una escuela, ya era ganancia, porque por primera vez los vio como sus iguales.

El examen estaba organizado en cinco secciones: matemáticas, lenguajes, ciencias, tecnología y artes, cada sección con una duración de dos horas. Tuercas había escuchado hasta en sueños las palabras de papá diciéndole que no se preocupará, que él y sus hermanos siempre lo amarían, con beca escolar o sin ella. No obstante, cuando en la pantalla apareció la frase: “Iniciar primera sección”, tuvo la impresión de colapsar por dentro.

Tembloroso y más, estuvo ahí sentado diez horas, mirando fijamente aquella pantalla. Cada que terminaba una sección se sentía un poco mejor, como más ligero y alegre; hasta que apareció la leyenda: “Concluyó satisfactoriamente este examen”, entonces pegó un brinco de su asiento y corrió hacia la puerta. No tendría que volver a aquel auditorio hasta dentro de otros dos meses, cuando anunciarían a los ganadores de las becas escolares.

Tuercas Locas tuvo la impresión de que aquellas fueron las ocho semanas más largas y aburridas del universo. Cada mañana, sin faltar ninguna, preguntó: ¿Qué día es hoy?, ¿cuánto falta?, ¿será que si gané? Y cada mañana sin faltar ninguna, papá respondió con un abrazo.

Pero, como se decía en los tiempos antiguos, cuando el planeta era habitado por humanos: No hay día que no llegue, ni plazo que no se cumpla. Tuercas Locas tuvo que volver al auditorio donde había presentado el examen para escuchar los resultados. 

—Aquí estaremos —dijo papá visiblemente más nervioso que cualquiera de sus hijos —y con beca o sin ella vamos a festejar.

Todos los robots que habían presentado el examen debían tomar un folio y formarse para ingresar con el director de la escuela, quien era el encargado de dar las becas a los ganadores. Tuercas sacó el folio 547, por lo que la espera se alargaría hasta la tarde. Mientras esperaba y esperaba y esperaba su turno, hizo lo que cualquiera de sus hermanos hubiera hecho en su lugar, cantar y mover los pies al ritmo de la música en su cabeza.

546 robots después, ingresó a la oficina del director. Encima del escritorio se encontraba un sobre con su nombre escrito en letras doradas. Tuercas ya había escuchado la voz del director diciéndole que podía abrirlo, pero tenía su cuerpo paralizado, seguramente algo en su interior había colapsado al momento de ingresar a la oficina.

—No hay otra manera para conocer el resultado del examen, debes abrir el sobre y enterarte si eres el afortunado ganador de una de las veinte becas que este año estamos ofreciendo —dijo el director incorporándose de su asiento —. ¿Tuercas? ―insistió —¿Tuercas Locas? ¿Me estás escuchando?

—¿Sí? —alcanzó a balbucear aún sin moverse

—Creo que seré yo quien abra este sobre —murmuró el director rompiendo el sello —, eres el robot más…

El director se interrumpió.

—Déjeme ver —dijo Tuercas alcanzando a reaccionar y estirando la mano para tomar el sobre. El rostro de su padre parecía danzar frente a él, llenándolo de una calidez reconfortante.

—¡Felicidades, Tuercas! —exclamó el director luego de ver que el pobre no se movía de la impresión —¡Ganaste una beca para tus próximos veinte años de estudios! ¿Tuercas? ¿Me escuchaste?

—Sí, yo eh… Disculpe, señor… ¿Puedo decir algo? —preguntó Tuercas sin dejar de mirar el contenido del sobre —Es una historia sobre mi papá y la familia Locas.

—Procura que sea una historia breve que el tiempo apremia.

Tuercas pasó los siguientes veinte minutos contándole al director sobre los incontables esfuerzos que habían hecho sus padres para que él y sus hermanos tuvieran la oportunidad de asistir a una escuela, pues el oficio de reciclador era muy mal pagado, y aunque los abuelos y bisabuelos Locas habían trabajado para las fábricas 3R, ellos no querían esa clase de futuro para sus hijos.

—Ya he escuchado toda la historia, ¿cuál es tu petición?

—Quiero pasar esta beca a mi papá para que pueda estudiar y así pueda conseguir otro empleo… Yo apenas tengo ocho años, si espero un poco más por una maestra, compañeros y clases, no pasa nada; pero mi papá ya ha esperado bastante, lo suyo urge más… ¿No cree señor director?

—Bien, Tuercas Locas, yo creo que este año otorgaremos veintiún becas escolares… Dale las felicitaciones a tu padre de mi parte.

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