La voz del segundo piso

Fotografía cortesía Pexels.
Instagram: @maxartbovich_photography

Por Missael Mireles

Decidí salir a caminar de noche. Mi mente necesitaba descanso, y confié en que la brisa nocturna me ayudaría. Cometí un error grave y ahora es cuando me siento mucho más vulnerable. Alguien comenzó a seguirme, alguien con una habilidad impresionante para acechar desde la oscuridad de las calles sin siquiera poder escuchar sus pasos, pero sentía su presencia muy cercana a mí. Logré escapar, entre sollozos y una inhumana adrenalina. No estoy seguro si sentí alivio al llegar a casa o no, durante varios minutos estuve atento a lo que sucedía afuera, asomándome con cuidado a través de la ventana de mi sala. Sólo pude ver a un gato gris deambulando en la banqueta con el típico andar de un felino, tuve miedo por él. Pobre animal, ruego a Dios que esté a salvo.

No me es posible actuar, ni razonar con claridad. Me siento en el sofá junto a la entrada principal, con el pulso acelerado; las palmas de las manos me sudan. Hay un peligro inminente. Escucho un estruendo en la penumbra de la sala, como el de un objeto pesado cayendo al suelo. Una cabeza humana rodó hacia mí, con sus muertos ojos abiertos fijos en mi mirada. La luz proveniente del nicho en la pared de la escalera me permitió ver los rastros de sangre en el piso.

-Hay alguien aquí -dijo una voz proveniente del segundo piso. -Sube si quieres sobrevivir. Hazlo con calma, y ten mucho cuidado. No veas hacia la oscuridad.

Obedecí por mero impulso, sin cuestionarme sobre lo que estaba pasando. Caminé hacia la escalera mientras esquivaba la cabeza cercenada y los rastros de sangre. Resistí la tentación de mirar constantemente hacia atrás. Nunca antes me había sentido tan indeciso en mi vida; ¿debía vigilar si alguien estaba detrás de mí?, ¿o estaría muerto si lo hacía?

-Aquí, en tu habitación. Entra ya- obedecí a la voz. Cerré con seguro y prendí la lámpara del buró. No había nadie ahí.

-¿Quién eres? ¿sigues aquí?
-Sí, pero no hables, ahora no puedo darte explicaciones, sólo escúchame, corres peligro y tienes que hacer lo que te diga para salir vivo. Necesito que confíes en mí, y que mantengas la calma. Puedes hablar conmigo por medio de tus pensamientos.
-Bueno, está bien -podía escuchar el tono de mi propia voz en mi mente.

-¿Me puedes explicar qué pasa?, ¿o quién está en mi casa?
-No sabría explicarte, pero tenías razón, te estaba siguiendo.
-Pero, ¿quién es?
-No lo sé, sólo te pido que trates de vigilar constantemente y con mucho cuidado. No salgas de aquí para nada.

Escuché pasos afuera de la habitación. Me quedé mirando la puerta; era obvio que esa persona, o lo que fuese, estaba a punto de entrar. Después, no oí nada. Me acerqué a la perilla casi arrastrando los pies y con las manos empapadas en sudor.

-No, espérate- me dijo la voz. -Está justo afuera, no abras todavía.

Volví a quedarme quieto, y me preparé para defenderme, si era necesario. No podía huir de la casa, no en esa circunstancia, salvo que la voz me indicara lo contrario. Otra vez los pasos afuera de la habitación, eran cortos y lentos. Después, una respiración acompañada de un gruñido. Entonces entré en pánico; aquel sonido no me pareció humano. Estaba convencido de no ser capaz de combatir a ese ser y visualicé una escena brutal en la que caía presa de un ataque suyo. No había forma de pedir ayuda.

– ¡Ya no aguanto! – grité dentro de mí.
– ¡No! ¡Entiende! Todavía no puedes hacer nada, no te asomes, tienes que hacer lo que te diga.

Ignoré la voz. Volví a acercar mi mano a la perilla, después de limpiarme el sudor de las palmas.

-¡Si haces eso, vas a morir! ¡No hagas estupideces! ¡Escúchame!

Abrí la puerta muy lentamente, con el sigilo de un depredador, hasta dejar una abertura que me permitiera vigilar hacia el segundo piso. Entonces lo vi. El Ser estaba parado ahí, justo afuera de la habitación. Me estaba vigilando; pude vislumbrar unos ojos tan oscuros como el petróleo y con la boca manchada de sangre. Ahí estaba, avanzando hacia mi aposento, hacia mí. Me aparté, volví a cerrar la puerta, y de nuevo caí presa del pánico. Me dejé caer al suelo.

-¡Lárgate!- exclamé entre sollozos, hasta que el llanto me venció. Me esperaba una muerte fatal y dolorosa. No volví a escuchar a la voz que trató de ayudarme. Lloré como nunca antes lo había hecho en mi vida; ni siquiera cuando era niño. La puerta no se abría, pero el Ser seguía de pie afuera, su fuerte respiración y sus gruñidos me lo indicaban. Resistí el impulso de tratar de enfrentarlo y huir, la cabeza cercenada en la sala me recordó que no tenía ninguna oportunidad contra él. Después de eso, no supe de mí.

Supuse que me había desmayado, el cuerpo me pesaba cuando reaccioné. Mi corazón comenzó a palpitar con fuerza, no escuché ningún sonido más salvo el de mis latidos. Me levanté del suelo, abrí con calma la puerta de la habitación. No había señal del Ser. Salí de mi cuarto, quizás con demasiada confianza de que se había ido y por fin me encontraba a salvo. Bajé a la sala, la cabeza cercenada y los rastros de sangre habían desaparecido. Mi pulso no había disminuido, a pesar de la aparente calma de mi hogar. Me recargué en la pared, cerré los ojos y respiré varias veces hasta que mis latidos se normalizaron. Por segunda vez sentí ganas de llorar, aunque de una forma más suave, como de alguien dándose por vencido. Me dirigí a la cocina y me tomé la respectiva dosis de mi medicamento.

Me senté en el sillón, pensativo y asustado. No había peligro alguno a mi alrededor, pero no estaba del todo a salvo. Permanecí ahí por varios minutos, entre la quietud de la sala y la noche. De nuevo el llanto. Tenía la mente envenenada. No sé cómo voy a soportar las torturas provocadas por este trastorno.

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