¿A dónde te fuiste mamá?

Por José Ricardo Contreras Sánchez

La noche estaba pariendo a la mañana cuando los gallos comenzaron a cantar. Con sus uñas, ella abrió su propio vientre, el viento sudaba el color rojo, en aquel junio del ochenta y tres. La vida sucedió tras unos pujidos, un torrente de líquidos provenientes de sí misma inundó la cocina entre los alimentos que estaban pintando la frente del viento con sus aromas a carne machaca con vida nueva, la mía. Así fue de breve el instante, y fui convertido en un varón.

Madre me tomó entre sus manos, me observó fijamente. Pensó en llamarme Javier, así se llamaba papá, quien se fue hacía algunas semanas con las palabras de unos labios mentirosos tras la firma de volver de los Estados Unidos. Mamá no sabe, pero él murió en el desierto de Sonora en su intento por cruzar al vecino país sin nombre. Ella piensa si tal vez él se ha conseguido otra mujer, pues no le habla, ni se comunica, ni razón tiene de su paradero.

Mientras me observa, su cabeza comienza a volar en supernova. Imagina en cómo iré a la escuela, en ese primer día de clases al acudir a preescolar y me deje, y de las lágrimas futuras de sus ojos de india yaqui pasado el hecho. Luego, vendrá la primaria, yo aprenderé a leer, a escribir, sin embargo en el camino, iré dejando los vestigios del rencor cual piltrafas del corazón, por haber crecido sin un padre.

Mamá piensa si acaso yo la culparé por el abandono al momento de entrar a la secundaria, pues lo mismo sucedió en su casa, su progenitor la dejó a ella, a sus dos hermanos y a su madre, tras una escena violenta donde casi asesina a golpes a mi ahora abuela. Mamá cree en mí como un futuro rebelde, claro, si soy yaqui; conseguiré amigos, tendré novias por montones como papá. Al habernos mudado a la capital del estado para conseguir una vida mejor, alguien me presentará las drogas, la curiosidad me orillará a probarlas. Mamá se aterroriza en sus pensamientos. Seré un delincuente. Al crecer en un ambiente lleno de carencias, optaré por ser ladrón de poca monta. A los diecisiete años, seré un cholo lleno de tatuajes, con varios de ellos en forma de lágrimas en mis ojos, en la representación simbólica de los hombres a quienes habré quitado la vida; habré querido ser capaz de poseer ese bien tan preciado.

Al cumplir los veinte, tendré al menos tres mujeres con las cuales engendraré hijos pero me irán dejando una a una por mi carácter amargo como el wareque violento con los puños incendiados; yo las molería a golpes contra la pared. Así, a los veintiún años, yo asesinaría a mi propio hijo. Iría a prisión. Ella tendría el deber abnegado, sufrido, de llevarme comida todos los domingos de visita donde pasaría por las constantes revisiones invasivas de las celadoras las cuales, serían lesbianas, y la manosearían indebidamente siempre, interrumpiendo el pudor de mi progenitora.

Mamá nunca se volvería a casar, viviría únicamente para servirme a mí. A los treinta años, saldría de la cárcel; mamá, me tendría para entonces, un traje de besos, caricias, aceptación y amor incondicional. Yo la rechazaría por irme nuevamente con mis amigos, los malandros en la Coahuila de Tijuana. Mamá viviría cada día con el alma en un hilo de pensar en el daño que yo haría o me hiciera alguien más.

La conciencia regresó al momento. Ahora estoy en sus brazos. Me arropa suavemente la frente con la palma de sus manos. Toma la placenta, unos trapos arrumbados en el rincón… Me envuelve. Me abraza. Siento el sabor de sus abrazos. ¡Qué delicia! Un par de lágrimas caen de sus ojos sobre mi rostro. Ella sonríe. Enjuga sus lágrimas. Salimos de la casa. Llegamos a un lugar repleto de choyas, etchos, cachoras y un calor inmenso. Sus brazos me alejan de su cuerpo; el mío, cae estrepitoso por el barranco. Hay peñascos, cortan mi piel… Cuando por fin termino de caer, mamá corre de regreso; a casa, supongo, mientras yo, ahora floto en el aire, me elevo; ella cada vez es más pequeña. Ya casi no la veo… ahora todo es luz.

¿A dónde te fuiste mamá?